La crueldad y la clemencia

“En el último segundo, lo miré a los ojos”. Un superviviente de una ejecución relató así cómo se salvó del tiro de gracia. Seguro que muchas veces, esa estrategia desesperada ha fallado. Pero, por algo será, los verdugos suelen preferir que sus víctimas estén de espaldas.

La tendencia, en cambio, suele ser la de dirigir nuestra mirada con espanto hacia el que está armado, como hacia un monstruo. Reducirlo, cosificarlo, animalizarlo en un concepto, un insulto, una palabra, un hashtag que los deshumanice ¿para siempre? en redes sociales y en nuestra conciencia.

¿Cómo no sentir esa tentación ante la incomprensible crueldad del régimen Ortega-Murillo con las familias de los presos políticos? Después de tantos días de encarcelamiento, no se tiene señal del más mínimo gesto de misericordia.  La furia desatada contra personas de pensamiento libre, sin importar edad ni condición, implica la tortura psicológica contra sus familiares que, a diferencia de los de cualquier otro reo, se ven privados del derecho a ver y saber de los suyos. Algo que supone un principio humanitario elemental, y debería concederse, al menos, a las hijas, hijos, padres y madres, parientes que padecen enfermedades graves, más expuestos al deterioro precipitado de la salud por estos sufrimientos.

Es complicado dirigir la mirada a los ojos de quienes conducen un régimen violento, como hacen algunas víctimas ante su verdugo. Nos expondría a ver algo poco digerible. Veríamos, no monstruos, sino seres humanos haciendo daño a otros seres humanos.

Pero salgamos al aire fresco. Aquí se siente todo tan sofocante y oscuro. Viajemos por un momento con la imaginación. Elijamos un libro. Este mismo. Se titula El mercader de Venecia. Nos servirá para el viaje. Lo abrimos en una de las escenas más interesantes. El judío Shylock se encuentra en medio de un juicio reclamando el pago de la deuda contraída por Antonio. Según habían dejado sellado en un contrato, en caso de impago, Shylock podría cobrarse una libra de carne del propio cuerpo de Antonio. Prácticamente, herirlo de muerte. Por extraño que parezca, la ley de esa Venecia del siglo XVI amparaba el derecho de Shylock. Ya en el juicio, el prestamista es inmune a los ruegos por hacerle desistir de su empeño en cobrarse la carne de Antonio.

El tipo tiene sus motivos. Acumula tanto rencor, tanto daño moral, envidias e injurias que, aunque ahora es una persona con mucho dinero, jamás ha conseguido sacudirse el complejo de paria de su tiempo. Ahora tiene la oportunidad de vengarse, amparado por una ley que parece favorecerlo. Argumenta que las emociones desatan las pasiones y confiesa que él siente un profundo odio, visceral, contra Antonio, y no puede evitarlo. El rencor mata a la verdad y la justicia. Estrecha la entrada de la acción humanitaria.

El mejor momento es cuando una mujer, Porcia, disfrazada de juez experto, se presenta y le dice a Shylock que, en lugar de cobrarse la carne, hay algo que él, sólo él, puede conceder en ese instante: la clemencia, cualidad que se otorga sin obligación y desde la libertad de quien tiene el poder de concederla. Otros traducen del inglés “misericordia”.

Shylock no da “ni un paso atrás”. Vuelve a reclamar la carne de su víctima, su vida. Por suerte para Antonio, el buen juez precisa que el contrato no hace mención a un detalle importante. No incluye la sangre. Si al cortar la carne de Antonio, Shylock provoca una sola gota de sangre, la deuda queda invalidada. Con esta argucia legal, Antonio se salva y Shylock se desespera. El punto es que ha tenido la ocasión de volver a la humanidad y la ha desperdiciado.

Mirar a los ojos, buscar la humanidad que nos vincula no siempre da resultado. Pero no se trata sólo de una estrategia de última hora. Es una opción, como la de una protesta pacífica y no armada. Un modo de esperar hasta el fin. ¿Esperar a qué? En medio de esta raya, pues, sobre la que nos movemos y existimos, a un lado y a otro de la violencia, quizá sea esperar a que la puerta de los ojos del otro se abra. Y una vez allí, buscarnos adentro.   

Este artículo se publicó el miércoles 11 de agosto en La Prensa, dos días antes de que el diario tuviera que suspender la edición en papel por la intervención del régimen de Nicaragua. Es el último periódico independiente e impreso que queda en el país.

Un ruso libre

En 1970, Alexandr Solzhenitsyn no acudió a recibir el Premio Nobel de Literatura que le habían otorgado. A casi nadie le extrañó. Hay personas a las que la vida parece someterlas a sufrimientos intensos sólo para extraer de ellos nuevas palabras con las que contar esos espacios donde aún no se han posado los nombres.

Una de esas palabras es “Archipiélago Gulag”, el título del testimonio de este autor ruso sobre la experiencia de un encierro forzoso, precisamente por pensar y expresar sus opiniones libremente. Alexandr, si me permiten llamarlo así, pues seguro acabo por comerme alguna letra de su apellido, era un hombre de paz, pero también un hombre libre. Luchó en el ejército ruso contra los nazis, pero al final de la guerra, Stalin se la tenía guardada. Habían descubierto cartas personales en las que expresaba sus opiniones críticas sobre el dictador del bigote poblado, de gestos lentos, taimado, y con la mirada miope de un criminal. Envió a Alexandr, durante 8 años a esa red de campos de internamiento forzosos a los que sobrevivió, con el compromiso vital de reescribir aquel sufrimiento compartido con muchos compañeros que no tuvieron la misma suerte.

Su liberación del gulag no supuso el fin de las amenazas ni de las condenas de largos destierros, ni, finalmente, del exilio. Cada vez que el poder soviético se enteraba que algún libro o artículo crítico de Alexandr se publicaba en el exterior, lo volvían a condenar. Sólo hasta después de la Perestroika se le concedió volver a su patria, en la que murió en 2008. Había nacido 90 años antes. Su vida y sus libros, que ahora leo con más atención, son un monumento, no sólo del siglo XX, sino de esta parte del XXI, que tiene el afán de repetir lo peor de su antecesor en tantas partes del mundo.

“No olvidemos”, escribió Alexandr Solzhenitsyn , “que la violencia no puede perdurar a solas: necesita la complicidad de la mentira. Las unen naturalmente los lazos más íntimos y profundos. El único amparo de la violencia es la mentira, y el único apoyo de la mentira es la violencia”.

Además de sus obras, Alexandr nos dejó otro texto literario hermoso: ese discurso que no pudo dar de viva voz por el Nobel de literatura. Los discursos del Nobel son también un género literario. En él, como buen ruso, explora la identidad y el papel del escritor, con frecuentes citas a Dostoievski. Entre otros fragmentos, pongo el ojo en este, sobre lo que pueden o no pueden hacer las palabras frente a los golpes de la violencia sistemática: “No olvidemos”, escribió, “que la violencia no puede perdurar a solas: necesita la complicidad de la mentira. Las unen naturalmente los lazos más íntimos y profundos. El único amparo de la violencia es la mentira, y el único apoyo de la mentira es la violencia. Cualquier hombre que haya adoptado alguna vez a la violencia como MÉTODO, tiene que elegir inexorablemente a la mentira como PRINCIPIO (copio mayúsculas del discurso). En sus orígenes, la violencia se ejerce abiertamente, incluso con orgullo. Pero tan pronto como se establece con fuerza, empieza a percibir la rarefacción del aire a su alrededor y no puede mantenerse sin caer a una niebla de mentiras, que se disimula a veces con un discurso dulzón. No es que siempre necesite apretar los cuellos directamente; lo más habitual es que se limite a exigir a sus súbditos un juramento de complicidad y adhesión a la mentira”.

Alexandr creía que el paso sencillo y valiente que alguien puede dar ante la violencia es no tomar parte en la mentira ni apoyar acciones falsas. Una actitud que puede traducirse como: “Tómense el mundo entero si quieren, pero no con mi ayuda”. Sin embargo, a los artesanos de la palabra, tanto a escritoras, como periodistas o comunicadores, Alexandr les exigía algo más: conquistar el terreno ocupado por la mentira, que jamás pervive ante la palabra verdadera del arte y la justicia.

“Una vez dispersada la mentira, la violencia se queda desnuda, en toda su fealdad, y decrépita ya, acaba por caer”. Alexandr sabía de lo que hablaba. Quizá por ello, se opuso inteligentemente a la mentira. Por ejemplo, nunca se declaró inocente de nada. Al contrario, era consciente de ser culpable por pensar y opinar sobre lo que estaba prohibido en ese momento. Era un ruso libre.

(Este artículo se publicó en laprensa.com.ni el 28 de julio de 2021)

La vida alegre de mi barrio en América

(Sobre la novela de Daniel Centeno)

Podcast Carátula y Mas. Con Daniel Centeno, Esther Ferrero y Javier Sancho Mas. EfectoDoppler Radio3

Gran parte de lo mejor de la literatura iberoamericana se escribe fuera de la patria. De la grande y de la chica. Es una seña de identidad: la escritura desde lejos. Las autoras y autores que han salido de su país, por voluntad propia, o por la situación sociopolítica, suelen cruzarse en segundas patrias: tan a menudo México, España o Estados Unidos. Reescriben su experiencia o a sus propios países desde esa otra distancia, no solo espacial. Últimamente, ha habido una cierta explosión de obras venezolanas, como las de Karina Sainz Borgo, quien no cree en literaturas nacionales, sino en un relato universal, que se engendra y vive, como sus obras, en lo particular y lo local.

Esos textos suelen ritmarse con la melancolía, pero a veces, muy pocas veces, esa añoranza se convierte en humor, parodia y esperpento. Y cuando ocurre, esas pocas veces, suele convertirse en una gran obra literaria.

Karina Sainz Borgo sobre las literaturas nacionales, o “la literatura”.

Ojo a esta “ida de olla” (como dirían en España) de Daniel Centeno, autor venezolano, que reside en Houston. Ojo porque les va a llevar de la mano de dos entrañables amigos, una vieja gloria de la canción romántica, y un joven rockero frustrado, en busca de una última oportunidad. Ojo a las idas y venidas por esa América que se resiste al tiempo, de tugurios, cantinas y rockolas con boleros de Daniel Santos, Juan Gabriel o los ritmos de La Sonora Matancera. Quien haya vivido apegado a los barrios de América Latina, da igual dónde, porque cualquier barrio de América Latina es el corazón de América, asentirá cuando vea reflejadas en estas páginas las contradicciones de lo “violentamente dulce” con que se vive en ellos. Copio palabras de Cortázar sobre un país y una revolución que nunca fue.  

Centeno se ha forjado literariamente con varios libros de ensayos, creación y perfiles como Postmodernidad en el cine (Premio Carlos Eduardo Frías, 1999), Periodismo a ras del boom (Universidad Autónoma de Nuevo León/Universidad de Los  Andes, 2007), Retratos hablados (Debate, Random House, 2010) y Ogros ejemplares (Lugar Común, 2015).  Fue finalista del XV Premio Internacional de Relato Breve Julio Cortázar y del Juan Rulfo. Actualmente dirige la revista cultural caratula.net.

La vida alegre se publica con el sello de Alfaguara en México. Y en ella nos reencontramos con esas músicas criollas edulcoradas, intensas y medio falsas, afectadas y medio verdaderas, como las aventuras de Poli, el rockero, y Sandalio, el viejo Ruiseñor de las Américas.

Labrar frases para el humor es un arte más difícil que la tragedia. Por eso, la novela de Centeno rezuma mucho trabajo de pulido. No de otro modo se explica que, a pesar de lo esperpéntico de los personajes, ni las frases ni las escenas lleguen al límite del artificio. Con un tono quijotesco, cada línea va medida con una fina intuición para que la realidad nos haga sonreír, al retorcerla con naturalidad. La risa no se provoca describiendo las reacciones de los personajes, sino a través de la interacción de las cosas con ellos. Hasta un punto en que es la realidad la que parece absurda, y no la curiosa compañía de Poli y El Ruiseñor.

Las aventuras de los protagonistas se enmarcan en la vivencia intensa y musical, desde un barrio caraqueño, que es como cualquiera de cualquier municipio del continente. Tenía la tentación de decir que se trata de un adiós a un mundo, con una sonrisa. Pero no. El mundo sigue ahí. Y harían bien Alfaguara en editar, también en España, esta novela en papel, no sólo en México, para acercar a los lectores la verdadera esencia de lo real imaginario que aún es el pan nuestro de cada día en la otra orilla hermana.

Un compatriota de Centeno, Rodrigo Blanco, describe bien el contexto de esta novela:  “Ese mundo ralentizado de canciones viejas que narraban amores desgraciados…; ese mundo donde el destino sólo podía tornarse favorable con grandes cantidades de dinero obtenidas de forma ilícita o azarosa; ese mundo, decía, siguió existiendo. Y existe todavía hoy, ajeno a Internet, el #MeToo y las Bitcoins, como un charquito de humedad cruel y sensiblera que nunca termina de secarse”.

No se puede ir contra la sangre. Y menos contra la que corre por un continente contagioso de boleros que se bailan muy pegados, en lugares donde sólo es posible creer que un cielo en el infierno cabe. Si no, ojo a esta novela hasta el final.

En la entrevista que grabamos en Efecto Doppler, de Radio3, le pedimos a Daniel varias recomendaciones de autoras y autores venezolanos, que escriben, como decía Sainz Borgo, su porción de literatura universal desde el recuerdo de lo local. Nos dio una buena lista para buscar y leer para acercarnos a ese querido país que ha sido un poco el de todos los que hablamos en español. Nos habló, entre otros, de Victoria De Stefano, Elisa Lerner, Yolanda Pantin, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, Rodrigo Blanco.

Y si desean leer La vida alegre con música de fondo, aquí una sugerencia: Rubén Blades, que también ha leído esta novela. El tema es la historia cantada de, cómo no, un cantante.  

Azul y blanco y negro

Fco. Javier SANCHO MAS

Miércoles 2 de junio de 2021

Ese día, 30 de mayo, de 2018, salimos en grupo, con amigos y familia, a acompañar a las madres que habían perdido a sus hijos por culpa de la represión gubernamental. Nos unimos casi por la rotonda de la Centroamérica. Nunca vi en el país una concentración tan multitudinaria bajo una única bandera azul y blanco. No había colores de partidos ni de organizaciones ni de otros intereses o grupos. Solo el negro de luto que vestían las madres. Azul y blanco, y negro.

Por supuesto, oíamos las amenazas de que la marcha podía mancharse de sangre al llegar la noche, pero al ver ese ambiente esperanzador de frases nuevas, de ideas nuevas, de abrazos nuevos, quién iba a pensar o creer que eso pudiera suceder. El doctor Gustavo Porras había lanzado el mensaje a gritos de “tomarse las calles”, en cumplimiento de las órdenes de Murillo y Ortega. Un llamado que para fanáticos significa violencia. No pudieron ante la avalancha pacífica, azul y blanco de luto que inesperadamente inundó la Carretera a Masaya.

Quién iba a atreverse a disparar, desde posiciones elevadas con armas de gran calibre a esa cantidad de gente de conciencia libre. Pero se atrevieron. Solo puede disparar así quien no da un peso por la vida de los otros ni por la suya propia, sencillamente porque ninguna forma de vida tiene valor para él.

Cuando llegamos a la rotonda de Metrocentro, pensamos que era mejor salirse de la manifestación para no entrar en la zona más estrecha, frente al portón de la UCA. Un muchacho se subió por el mástil de la gran Bandera de Nicaragua de aquella rotonda y la dejó a media asta. Al poco tiempo, sonaron las primeras ráfagas. Nos aturdieron los parlantes de una camioneta que ampliaba en directo la señal de una estación de radio. Todo el mundo se tiró al suelo o buscó un hueco donde ocultar a los suyos.

Poco después, de noche ya, nos vimos dentro del predio de la Catedral donde se refugiaron cientos de personas, muchas venidas desde comunidades remotas. A un lado y otro pasaban vehículos que dispararon ráfagas sobre nuestras cabezas. Y otra vez nos tuvimos que tirar al suelo. Las ambulancias entraban y salían para llevar heridos a los hospitales.

En medio del caos, pudimos salir de allí. Pasamos junto a las instalaciones de la Policía de Plaza El Sol, justo cuando salían varias furgonetas repletas de antimotines, que todavía no habían acabado de ponerse el uniforme. Llevaban el miedo en la cara. Y eso los hacía aún más peligrosos. No hicimos ningún gesto que lo justificara, pero uno de aquellos nos apuntó a la cabeza y pusimos nuestras manos en la nuca. Por fortuna, el vehículo siguió adelante y aquel antimotín decidió no disparar. Si lo hubiera hecho, estoy seguro que habría quedado impune. Fue su decisión. Quizá no quiso malgastar munición o quizá fue realmente una decisión de conciencia. No lo sabré. Pero aquel policía que durante un segundo (que fue un siglo) tuvo nuestras cabezas en la mira de su arma se ha quedado en esta memoria de uno de los días que no podrá olvidar el país.

Así que por mucho que las fuerzas del régimen se empeñen en inventar un relato que trastorne los hechos y la realidad, no podrán hacer olvidar que decenas de miles de personas estuvimos ahí, de pie, contra el suelo, o con las manos en la nuca.

El fracaso absoluto de un liderazgo es cuando no puede resolver los problemas si no es con el derramamiento de sangre. La pregunta para los policías y parapolicías que todavía dudan de aquello es si valió la pena. ¿Valió la pena matar a tantos jóvenes para que el régimen siguiera en el poder?

Mancharon de sangre el Día de las Madres, atacaron y profanaron iglesias, encarcelaron, asesinaron y mandaron al exilio a miles. No hay marcha atrás, aunque quieran normalizar el régimen con unas elecciones, como si no hubiera pasado nada. Presentarse a esas elecciones manchadas de sangre, también sería actuar como si no hubiera pasado nada.

Oxígeno. Más oxígeno

El doctor Philippe Duneton, director ejecutivo de UNITAID, examina los esfuerzos para priorizar esta herramienta simple y compleja al tiempo. Asegura que las vacunas no son suficientes contra la pandemia, la lucha debe ser integral.

Medio millón de personas necesitan oxígeno medicinal a diario, según la OMS. Más de un millón de bombonas son esenciales cada día.La pandemia de la covid-19 ha exacerbado una de las necesidades más simples y complejas de los sistemas de salud. Ya antes de la crisis sanitaria global suponía una de las principales herramientas para tratar, por ejemplo, la enfermedad infecciosa más letal del mundo, que se cobra 800.000 vidas de niños anualmente: la neumonía.

El doctor Philippe Duneton atiende la entrevista desde la sede de UNITAID que dirige, hospedada por la OMS, en Ginebra. UNITAID se creó en 2006 para acelerar el acceso a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades como el VIH-sida, la malaria y la tuberculosis, así como otras coinfecciones. Con modelos de financiación innovadores, cuenta con el apoyo de varios países como Francia, Brasil, Reino Unido, Chile o España, entre otros, además de la Fundación Bill y Melinda Gates. Actualmente, la organización está ofreciendo su experiencia para atender las necesidades que despierta la covid-19 en los países con menos recursos, y es socio del grupo Acelerador del acceso a las herramientas contra la COVID-19 (ACT). Un mensaje que deja claro el doctor Duneton es que el acceso depende de poner la mirada y el poder de decisión “en manos de las poblaciones afectadas”.

Pregunta. UNITAID se creó para atender a las tres grandes enfermedades: sida, malaria y tuberculosis. Y ahora, ¿oxígeno?

Respuesta. Ya antes de la pandemia, UNITAID había ampliado su horizonte de trabajo más allá de lo estrictamente relacionado con las tres enfermedades. Estamos atendiendo, por ejemplo, desafíos de salud maternoinfantil o apoyamos el acceso a formulaciones pediátricas. Pero necesitábamos hacer más. Por eso, nos interesamos por la neumonía infantil y por el acceso al oxígeno, que es un asunto sencillo y complejo a la vez. Nos vimos en la necesidad de actuar, por tratarse de una demanda de las poblaciones con las que trabajamos.

P. ¿Por qué es sencillo y complejo a la vez?

R. Sabemos que el acceso a oxígeno es una necesidad crítica desde antes de la pandemia, y que se ha exacerbado más ahora. Sin embargo, muy pocos países contaban con planes o estrategias nacionales de acceso sostenible. No era ni la prioridad ni gozaba de la inversión suficiente. La complejidad del acceso al oxígeno reside en tres factores fundamentalmente: las fuentes de producción (hay una variedad a nivel global y también local que se puede aprovechar); la distribución, que se vuelve un problema si el país no cuenta con la capacidad logística suficiente; y la capacidad técnica y de personal para poder utilizar el oxígeno medicinal. Parece sencillo, pero cuando tienes una emergencia encima, la situación del acceso se vuelve muy complicada a la hora de llegar a todos.

P. ¿La clave está en fortalecer los sistemas sanitarios?

R. En salud global, solemos repetir mucho esa frase, pero de nada sirve si no se pone el poder y las capacidades en las manos de las personas, en los lugares más afectados y con menos recursos.

P. La imagen de la gente desesperada por respirar, en la India, ha levantado todas las alarmas. Y eso que se trata de un país con capacidad de producción de oxígeno.

R. Sin duda. Cualquier sistema de salud se ve debilitado cuando se enfrenta a un gran incremento de casos. Ello nos da una idea de la complejidad de contar con acceso a oxígeno. Pero no existe ni una solución única, ni un solo país que pueda contener el virus por sí solo. En la India, por ejemplo, vemos que se enfrentan a grandes dificultades a pesar de tener una gran capacidad de producción de oxígeno industrial. Esa capacidad podría adaptarse para la producción de oxígeno medicinal, que no es fácil, pero se puede hacer. Una vez conseguido, está el reto de la distribución. La complejidad del oxígeno hace que todos los componentes sean claves: producción, distribución y un sistema sanitario con capacidad para utilizarlo.

P. La OMS estimó recientemente que se necesitan con urgencia unos 90 millones de dólares (73 millones de euros) para atender la emergencia de oxígeno en 20 países de ingresos bajos y medios. A nivel global la demanda es de 1.600 millones de dólares (1.300 millones de euros), ¿Qué está haciendo UNITAID ante este llamamiento?

R. UNITAID y Wellcome han contribuido con una primera partida de 20 millones de dólares (16.450.400 millones de euros) para los países con menos recursos. Pero la efectividad de dicha ayuda depende no solo de financiación sino de un trabajo coordinado y conjunto. El Fondo Global dispone de 3.700 millones de dólares (3.000 millones de euros) para atender la emergencia mundial de la covid-19, y seguramente se podrán disponer de más fondos. Pero además de infraestructura, inversión y recursos humanos, se deben habilitar espacios en los que quienes decidan y elaboren la demanda sean las propias poblaciones y países afectados. Por eso trabajamos asistiendo a los países en evaluar las necesidades y respuestas adaptadas. La situación en la India puede expandirse a Pakistán o Bangladés, así como al este de África, pues se trata de una zona en la que hay muchas conexiones con países como Etiopía o Kenia, por ejemplo. Tenemos que atender también lo que ocurre en América Latina. Hemos visto situaciones muy graves en Brasil o en Perú, por ejemplo.Además de infraestructura, inversión y recursos humanos, se deben habilitar espacios en los que quienes decidan y elaboren la demanda sean las propias poblaciones y países afectados

P. ¿Cree que la atención prioritaria puesta en las vacunas ha disminuido los recursos y esfuerzos para acceder al oxígeno?

R. Las vacunas no son suficientes. Las herramientas actuales contra la pandemia no se pueden usar por separado. Es una lucha integral. Las medidas de prevención, junto con la detección y atención de casos, así como la inmunización o la atención médica a las personas afectadas son parte de un todo. El primer nivel de respuesta es detener o reducir la transmisión y en paralelo va el acceso a vacunas.La lucha tiene que hacerse a nivel global y, al mismo tiempo, adaptada a cada país.

P. Para el caso de las personas que requieren tratamiento médico, ¿son suficientes las herramientas actuales?

R. Lo que se ha demostrado en estos meses es que, con acceso a oxígeno, corticoides y anticoagulantes, se puede reducir hasta la mitad, aproximadamente, la mortalidad por covid-19. Se trata de herramientas sencillas y todos los países deberían tener garantizado el acceso a ellas.

P. ¿Qué hace falta ahora?

R. Tenemos que conseguir ir por delante del virus, no detrás. Necesitamos tratamientos para curarlo o detener su avance antes de que se agrave. No los tenemos todavía. Esperamos contar con antivirales a finales de año que funcionen con la mayoría de las variantes. Eso va a ayudar muchísimo para evitar el agravamiento de los pacientes y el colapso de los sistemas de salud. Tenemos que estar seguros de tener las soluciones de producción para todos los países que lo necesitan en África, en primer lugar. Sin perder la atención en Asia y América Latina.

P. Teniendo en cuenta lo que ocurre en la India y la complejidad asociada al acceso a oxígeno, ¿no cree que todo ello puede desincentivar a los posibles financiadores?

R. No, porque si inviertes en ayuda al acceso a oxígeno, no te arrepentirás. La pandemia pasará, pero la necesidad de oxígeno no se detendrá. Es necesario para problemas de salud graves como la neumonía, la tuberculosis, o las hemorragias posparto, por citar algunos ejemplos.Cambiamos el enfoque: de una visión muy técnica y científica (incluyendo la hospitalaria), a un manejo a nivel comunitario

P. Como médico, con 25 años de experiencia en el campo de las enfermedades infecciosas, ¿ha vivido alguna experiencia en el pasado que le haya ayudado a afrontar la pandemia?

R. Yo empecé como médico cuando vino la pandemia de VIH. La gente de mi edad, en aquel momento, estaba muriendo y no teníamos tratamientos. Con la llegada, en 1996, de las primeras noticias de antiretrovirales (ARV), pasamos al siguiente reto que fue el acceso. Yo fui parte del equipo del primer centro de acceso al tratamiento en Dakar. La enseñanza entonces fue la misma que ahora: necesitamos nuevas herramientas, pero tienen que ser accesibles, de modo que la capacidad esté en las manos de las personas en los países donde se necesitan. Cambiamos el enfoque: de una visión muy técnica y científica (incluyendo la hospitalaria), a un manejo a nivel comunitario.

P. ¿Qué resultados se obtiene con ese cambio de enfoque?

R. Por ejemplo, llegar a pruebas de diagnóstico que se pueden hacer a sí mismas las personas, en lugares sin estructuras de salud. O llegar a reducir las dosis de tratamiento para facilitar el acceso y la adherencia. Cuando empezamos con los ARV en VIH, a veces, teníamos que administrar hasta 24 pastillas al día a una persona, lo que incluso en países desarrollados era ya difícil. Simplificarlo a una pastilla al día hizo la diferencia. Eso es lo que significa pensar, no solo en y desde los sistemas de salud, sino en y desde las personas. Soluciones que pueden implementarse a niveles descentralizados.La lucha es importante pero también lo es el espíritu con que luchamos

P. ¿Cuál es el valor añadido que aporta el modelo de trabajo de UNITAID?

R. Trabajamos en soluciones que funcionan para cientos de millones de personas que padecen de VIH, malaria o tuberculosis, además de coinfecciones y comorbilidades como el cáncer cervical o la hepatitis C. Tratamos de acelerar las respuestas para la prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades con las que trabajamos alienados con el Fondo Global y con los países más afectados. Hemos apoyado a encontrar soluciones más rápidas, baratas y efectivas, como el modelo de diagnóstico y tratamiento temprano del cáncer de cérvix por menos de un dólar por mujer. En salud pública, una pequeña inversión puede producir beneficios masivos. Ahora, estamos aplicando nuestra experiencia en responder a los desafíos de nuevas terapias y diagnósticos para la pandemia , como miembros del ACT. Pero lo mejor de todo es encontrar a personas con una gran voluntad de ayudar en todo el mundo. Eso te hace tener esperanzas. La lucha es importante, pero también lo es el espíritu con que luchamos.

Publicado en El Pais.

Personas de palabras sin fronteras

@jsanchomas

Hay gente que parece haber nacido para achicar distancias y transitar fronteras con el salvoconducto de la simpatía (en el sentido literal de la palabra). Personas para quienes las raíces no son un tesoro escondido sino una riqueza a compartir y mezclar, a sabiendas de que sólo en la mezcla las cosas buscan su origen.

Otras personas cercan su mundo. Por reivindicar tanto la singularidad o diferencia, por agrandar lo inmediato y próximo, por loar tanto su ombligo, terminan por aislar y secar hasta la raíz lo que nació de la riqueza de darse y confundirse.

Con la lengua pasa algo parecido. Y de eso sabe mucho Fernando Iwasaki, un tipo del primer tipo, que aglutina en su mirada y su lengua los dos mundos que me tocan igualmente: un trocito grande de América y un una franja de la Andalucía occidental.

Este peruano-español, autor de Neguijón o de la Palabras primas es un explorador de la historia y la lengua de sus dos patrias. Afincado en San José de la Rinconada, Sevilla, desde hace muchos años, ha vuelto con sus libros a la Lima colonial, así como a la capital andaluza de aquellos tiempos en que empezó a coserse este traje de la lengua de todos.

Iwasaki acaba de participar en una publicación del Instituto Cervantes, Lo uno y lo diverso, que aborda aquellas palabras que generan equívocos o singularidades en la lengua común de casi 500 millones de personas. 21 autores eligen sus palabras, algunas sin parangón en otros países, y otras nacidas de la propia idiosincrasia cultural, como la “cabanga”, esa nostalgia nicaragüense, esa “saudade” que queda en el alma y en los ojos cuando te deja alguien o pierdes algo precioso, como explica Sergio Ramírez.

Álex Grijelmo comenta que el español goza de una unidad de entendimiento poco común, ya que en un 98% se trata de un léxico compartido. Sólo un 2% de todas las palabras se circunscriben a un zona muy delimitada. Y ese 2% es el que genera tantos matices y anécdotas curiosas y divertidas. ¿Por ejemplo, sabe alguien fuera de la zona de Huelva, qué es un gañafote?

Una prima mía, de Nicaragua, que en aquel momento residía en Barcelona, le dijo, de broma, a un compañero de estudios: “te me estás corriendo”. El compañero español la miró con los ojos como platos, y luego se miró al pantalón por si había alguna mancha que no había detectado. Y eso que en España ese tipo de expresiones ha llegado a través de las novelas, el cine o la música.

En Lo uno y lo diverso encontramos algunas referencias a estos pequeños equívocos. Como Iwasaki, la chilena Carla Guelfenbein se fija en los “huevos y huevas” que, al igual que todas las referencias a los genitales, tanto juego han dado y siguen dando a la lengua de las dos orillas (entiéndase bien… o entiéndase como se quiera). Y así, también el libro permite algunos localismos del español hablado en la península, y que, a día de hoy, siguen despertando curiosidad o, en el peor de los casos, encontronazos.

En un ensayo anterior de Fernando Iwasaki, Las palabras primas, el autor limeño-sevillano se fijó en los recelos y enfados que causaban en España la coexistencia de lenguas diferentes, algo inusual en América Latina, donde las lenguas indígenas u otras cohabitan sin fricciones apenas. ¿Siempre fue así en España? Desde luego que no, y el botón de muestra lo encuentra Iwasaki en el Quijote, donde sus personajes, incluido el hidalgo transitan y se entienden con españoles de lenguas diferentes. La geografía del Quijote se nutre de la riqueza de aquellas diferencias del siglo XVI y XVII. El español, cualquier español del siglo de oro, como me aseguró un día Jiménez Lozano, poseía una riqueza lingüística muchísimo mayor que la nuestra de hoy, aunque fuese analfabeto. Las lenguas múltiples no suponían problema porque al final todo el mundo se entendía, sin hacer tantos espavientos, sin google translator ni tecnología. Y de hecho, Cervantes inventa algo plausible: que el primer manuscrito del Quijote no fue más que una traducción de una historia encontrada en la plaza de Zocodover de Toledo, compuesta en un español aljamiado, cuyo autor se llamaría Cide Hamete Bennegeli.

Al otro lado del Atlántico, los frailes de la península llegaron a enseñar y a aprender las lenguas indígenas en tiempo récord sin esos métodos fabulosos para dummies que tenemos hoy en día. Bien es cierto que, como señaló Antonio de Nebrija en su prólogo a la reina católica, “la lengua es compañera del imperio”. Una herramienta de dominio y unificación por supuesto, al estilo del latín, pero también, como el inglés de hoy, una forma de achicar fronteras y llegar a saber por qué nos amamos u odiamos.

Pero la suerte de dos lenguas comunes (el español para entendernos en nuestras geografías y el inglés para entendernos con buena parte del mundo) no resta ni un ápice el interés que tienen otras lenguas minoritarias que coexisten con el español. Por ejemplo, en España, es difícil comprender por qué en la enseñanza primaria no se les ha ofrecido a los niños nociones básicas de esas otras pocas lenguas oficiales en algunos territorios, aunque solo se para aprender a saludar en galego, euskera o catalán. Aunque sólo sea para caer en gracia, para insultar o para “ligar”. No hubiera estado mal abrirnos todos la mente, mezclar nuestra raíces para no llegar a este momento de suspicacias y manoseos políticos sobre lenguas que son patrimonio de todos. No hay lengua que permanezca sin dejarse contaminar por otras. Desaparecen o se transforman evolucionando, es el único camino.

La lengua que nació con la música es de ida y vuelta, como esa maravilla de los palos flamencos. Hoy contamos con cantoras como Rocío Márquez, de mi querida Huelva, cuya voz busca siempre emparentarse con otros sones, a sabiendas de su origen multicolor. Aquí una pequeña muestra de “colombianas”:

Me es inevitable pensar en Iwasaki y su obra sin la sonrisa. La felicidad de haber superado las fronteras mentales y de la lengua, contener mundos en chico, ser tan de un sitio como de otro, con raíces siempre dispuestas a emparentarse en ese gran territorio mítico de La Mancha, como llamó Carlos Fuentes a la patria común de la lengua. Es cuestión del sur, supongo, de lugares que tienen al mar en el horizonte, que huelen a sal, lugares de luz, donde yo también tengo la fortuna de abrir los ojos al amanecer de muchos días de mi vida. Y cuando no estoy en ellos, me los llevo guardados y los abro para mi y para quien conmigo va cuando cierros los ojos y los labios.

¿Qué cuento me vas a contar esta noche?

Los cuentos infantiles (en español) no cruzan el Atlántico

¿Con qué cuentos se duermen las niñas y niños de un lado y otro del Atlántico? ¿De quién es la voz que se los lee? Si bien la literatura de adultos, escrita en español, viaja bien entre ambas orillas, no ocurre lo mismo con la infantil. Al parecer, los libros del género escritos en América Latina se quedan en América, y los de España en España. ¿Son los padres y madres quienes buscan referentes más próximos? ¿Es cuestión de la lengua o de la falta de promoción de historias y autores entre América Latina y España?

¡Ojo!, sólo hablamos de los cuentos infantiles de autores hispanos porque, al contrario que estos, los anglosajones sí se mueven bien entre la península ibérica y el continente americano. Y tampoco hablamos de la literatura juvenil, que es otra historia, puesto que youtubers e influecers son referencias compartidas en ambas orillas. Todo ello contribuye al buen momento de la literatura infantil y juvenil, que supera el 12% del total del mercado del libro.

Para saber lo que pasa, he acudido a dos expertas en el tema, Laia Zamarrón, editora de Alfaguara infantil, y Miriam Tirado, autora de cuentos de éxito y consultora de crianza. Hablamos para el programa Efecto Doppler de Radio 3 que se puede escuchar en el podcast. Una de las principales conclusiones, según Laia Zamarrón, es algo sencillo que, en realidad, debería de decirse del resto de los géneros: lo que prima son las historias y los personajes, por encima de los nombres de autores.

Para escuchar el programa completo, pulsa el icono de radio 3

Cuesta encontrar personajes en español que estén en el imaginario infantil de ambas orillas, más allá de Mafalda, o El Chavo del Ocho, aunque este último gracias a la televisión. No es ese el caso de algunas series de cuentos con personajes anglosajones, como Isidora Moon, esa niña mitad hada, mitad vampira, que tiene tantos lectores a un lado y otro, a los que no les interesa ni saben que su creadora se llama Harriet Muncaster.

Madres y padres mueven ficha en este curioso tablero de la literatura infantil. Muchas buscan tramas y temas con los que poder hablar con los más pequeños. Por eso, dentro del boom que vive la literatura infantil, hay otro boom interno de libros que abordan temas complejos, como la pérdida, por ejemplo. Se trata de “cuentos con causa”, que podrían tener un paralelo en los libros de autoayuda para adultos, con el ingrediente de la ficción. Si ello va o no en detrimento de la calidad literaria de los cuentos es un tema sobre el que también hemos hablado con las expertas. Lo que es indudable es que, hoy, la lectura de Caperucita, así como la de algunos clásicos, ha cambiado para siempre. La balanza entre un propósito exclusivamente literario y otro ético o moral, entre el estilo y la moraleja, actualmente, está posiblemente inclinada hacia lo segundo.

El desafío es abordar el tema con calidad literaria. Nura, la protagonista de El hilo invisible, un cuento con el éxito de varias tiradas en el último año, le pregunta a su madre para qué sirve el ombligo. Esa pregunta despliega una historia que apunta a preparar a la niña para la pérdida de sus seres queridos, sin que ello signifique cortar los lazos para siempre. Miriam Tirado, su autora, defiende este género que, además, es muy útil para los padres a la hora de explicar ciertas cosas a los niños. Lo ideal no es utilizar el libro como un guion cerrado, sino que les sirva a los dos, adultos y niños, para recrearlo.

Las voces de la madre, el padre, la abuela, la cuidadora… están asociadas al acto de leer un cuento a los más pequeños. No hace muchos años, esas voces solían contar las historias de memoria, o las recreaban constantemente. La mayoría de las veces, sin libros de por medio. El de los elefantes que ayudaban a unos piratas a desencallar su barco de la playa era uno de mis cuentos favoritos cuando me encontraba enfermo. No sé dónde lo aprendió mi madre, pero recuerdo que le añadía ingredientes o variaba la trama. Lo hacía nuevo en cada una de mis fiebres altas. Y lo mismo mi padre con unos aventureros, Masai y Pedrillo, de los que le había hablado mi abuelo.

Durante algún tiempo, mientras he viajado como periodista por países de África (por las mismas tierras que exploraban Masai y Pedrillo en la voz de mi padre) y América Latina, principalmente, he preguntado a hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sobre los cuentos que recordaban y los que leían. Lo que he observado es que se ha roto, en gran medida, la memoria de la transmisión oral.

Madres y padres jóvenes se han quedado sin cuentos en la memoria. Sin cuentos que contar a sus hijos, acuden cuando pueden a los libros o a las pantallas, o a nada, hasta que el niño se duerma. Se trata, simplemente, de un hecho de nuestro tiempo. Así que no es de extrañar que a algunos les entre el pánico si un niño, antes de dormir, les pide que les cuente un cuento.

Si es tu caso, esta misma noche, aquí van tres sugerencias que hizo Laia Zamarrón para, al menos, tres niñas o niños diferentes. Para uno, con miedo a la noche: Un monstruo en mi armario; para uno con mal genio: Julieta estate quieta; y para otro que haya perdido a un ser querido, además del ya mencionado: El zorro y la estrella.

Las letras de los cuentos infantiles necesitan la voz con la misma urgencia que las de las canciones. Dependen de la voz para que habiten la memoria y se recreen. Es maravilloso poder ser alguna vez esa voz.

12 Libros de 2020 contados en un minuto. Ideas para regalar.

Play: Audio completo Efecto Doppler. Sección Carátula y Más

Aquí llega el segundo lote de 6 recomendaciones de la revista carátula y Efecto Doppler de Radio 3, para quien quisiera regalar algo por navidad, que aún nos queda Reyes por delante, así que continuamos nuestro repaso del año por los 12 libros que han elegido nuestros prescriptores invitados.

Se trata de libros de diferentes géneros que han llamado la atención, bien por el tema, o porque han devuelto la mirada hacia la obra de esos autores, o porque ha hecho vibrar algo íntimo en quienes lo leyeron.

Por eso, les hemos pedido a los prescriptores que nos hagan contraportadas de voz. Como si entrásemos a cualquier librería y al coger un libro, y darle la vuelta, su contraportada nos hablase, en no más de un minuto, para contarnos de qué va.

Una casa lejos de casa. Clara Obligado. Comentado por Javier Serena

Y aquí va la primera, recomendada por el autor y crítico Javier Serena. Una casa lejos de casa, es su título de la autora hispano-argentina Clara Obligado, publicado por la editorial valenciana Contrabando. Ojo al fragmento sobre la identidad y la libertad que nos lee Javier al final.

Contra de voz por J.Serena.

Mi vida y el palacio. Helena Urán. Comentado por Laura Restrepo

Nos vamos a Colombia. Siempre regresamos a Colombia, que es un amor. Y lo hacemos con la autora de Delirio, de Hotsur, o de Errantes, Laura Restrepo. Y nos invita a acercarnos al relato testimonio de Helena Urán, cuyo padre fue víctima de un hecho que marcó una parte de la historia de Colombia.

Contra de voz por L.Restrepo

Residencia de Estudiantes. Susana Martín Segarra. Comentado por Patricia Simón

Y ahora, en este puente aéreo que nos acerca a espacios y tiempos compartidos entre ambos lados del Atlántico, llegamos a Madrid, a un lugar muy especial que, aunque hoy sigue en pie. Parece en sí mismo un viaje en el tiempo, a un tiempo muy específico, y a unos seres de luz muy específicos también, sólo con mencionarlo: Residencia de Estudiantes. La contraportada la pone la periodista Patricia Simón.

Contra de voz por P.Simón

Voyager. Nona Fernández. Comentado por Fco. Javier Rodríguez Marcos

Ahora nos vamos a dejar llevar por una viajera especial al desierto de Atacama, en Chile. Voyager es el título que nos recomienda el poeta y periodista Fco. Javier Rodríguez Marcos. De la autora Nona Fernández.

Contra de voz por Fco. J. Rodríguez Marcos

Cuaderno de faros. Jazmina Barrera. Comentado por Javier Serena

Y hablando de ensayos narrativos, Javier Serena nos invita a leer la obra de una autora mexicana interesante, Jazmina Barrera, y nos trae una reseña sobre ella en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Contra de voz por J. Serena

La extraña tribu de las manos limpias. Diario de un confinamiento. Xuan Cándano. Comentado por Patricia Simón

Y una peculiar sugerencia más de Patricia Simón, con esta pregunta: ¿Y si miramos el lado positivo que hubo también en esta pandemia de 2020? De algún modo,  supuso reencuentros con lo esencial, ¿no?. Aquí Lo hace el asturiano Xuan Cándano en un diario muy particular, publicado en “La última canana de Pancho Villa” donde encontraremos “besos con arroz”.

Contra de voz por P. Simón

Espero tengan suficiente donde elegir libros para regalar en estos días de besos “con arroz” o con uvas

12 libros para regalar. Literatura iberoamericana 2020.

Podcast Carátula y Mas. Efecto Doppler Radio 3

Una contraportada audible. En un minuto escucharás la recomendación de prescriptores de lujo sobre 12 obras de autores iberoamericanos publicados este año. Autoras, periodistas, editoras y críticos nos ayudan a elaborar una breve contraportada audible para ayudarte a decidir un regalo. Si algo bueno trajo este annus horribilis fue que mucha gente se reencontró con la lectura. De entre los libros publicados, entre noviembre 2019 y noviembre 2020, escucharás las 6 primeras sugerencias para regalos de Navidad, San Esteban o el amigo invisible. Serán las voces de Pilar Reyes, Laura Restrepo, Fco. Javier Rodríguez Marcos, Patricia Simón y Javier Serena. Para todos los públicos y para todos los gustos de género. El 24 de diciembre daremos otras seis recomendaciones para aquellos que quieran regalarlos en el día de Reyes Magos.

Poeta chileno de Alejandro Zambra

(comentada por Javier Serena)

Prueben las primeras frases de cualquier fragmento de Zambra. Prueben su primer bocado. Nos lee el autor y crítico Javier Serena: “Era el tiempo de las zafradas…”

Boulder, de Eva Baltasar

(comentada por Laura Restrepo)

Desde su refugio en la montaña gerundense, la escritora colombiana se ha fijado en esta novela de la catalana Eva Baltasar, la segunda de una trilogía sobre mujeres. Y viene calentita.

La mujer que quiso saltar una valle de seis metros, de Amanda Andrades (ilustraciones de Amelia Celaya)

(Comentada por Patricia Simón)

La periodista de La Marea, Patricia Simón, lectora empedernida entre los ratos libres de sus coberturas, nos trae una obra sobre un tema que nos toca por dentro a un lado y otro del Atlántico, y en este caso en la frontera con el Mediterráneo.

Las Voladoras, de Mónica Ojeda

(Comentada por Javier Serena)

No podía faltar uno de los libros y autoras del momento. Elegido por Javier Serena, nos vamos a los Andes de Ecuador, donde también habita lo gótico en forma de relatos sobre mujeres extraordinarias y terribles.

Ensayo sobre lo que no se ve, de Enrique Lynch

(Comentado por Fco. Javier Rodríguez Marcos)

El poeta y periodista cultural Francisco Javier Rodríguez Marcos (Babelia, El País), se queda con la última obra de Enrique Lynch, un magnífico ensayista argentino, afincado en Barcelona, donde era catedrático de Estética. Nos dejó muy recientemente, en el mes de noviembre de este 2020, poco después de publicar su última obra sobre cómo opera la imagen en nosotros y en nuestra cultura.

Daniel, voces en duelo, de Chantal Maillot y Piedad Bonet.

(Comentado por Pilar Reyes)

Y nos detenemos por un momento con la recomendación de Pilar Reyes, editora de Alfaguara. Un libro al que es necesario entrar con el corazón abierto y con cierta solemnidad. Dos poetas, dos madres, una española y otra colombiana, que pierden a sus hijos en similares circunstancias. De ellas surge un diálogo y un libro de poesía. Como asegura Reyes, es uno de los más emocionantes del año.

Y próximamente, otras seis lecturas más, que nos dejó este 2020 para no olvidar, regalándolas.

VINDICTAS. LA VOZ DE NUESTRAS MADRES LITERARIAS

Por Fco. Javier SANCHO MAS

Escuchar Podcast Carátula y Mas en Efecto Doppler Radio 3:

Ayer, Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, decía que leer, editar, y escribir es un acto político. Lo decía por la colección de relatos de autoras del ámbito iberoamericano que escribieron al margen del boom, y que se publican en la antología Vindictas, coeditada con la UNAM de México, donde surgió la iniciativa coordinada por Socorro Vanegas.

Pero otras veces, digo, el fragmento de una obra viene a auxiliarte, como para darle nombre a una pena, a un dolor, o a la dimensión de un vacío. Y otras, explota con una palabra olvidada que ilumina un recuerdo, y trae la felicidad esponjada en una magdalena. Me sucedió al leer un fragmento de María Luisa Elío, una de esas mujeres, de obra breve y vida fascinante, que es parte de la historia del exilio español en América. Fue pionera en llevar al cine la experiencia del exilio español con la película Balcones vacíos. A ella le dedicó García Márquez Cien años de soledad. Vindictas es fruto del esfuerzo de Socorro y Juan, que le han robado horas al sueño. Y yo les agradezco el esfuerzo, al menos por lo que me ocurrió ayer.

Llevaba unos días tratando de escuchar en mi cabeza la voz de mi padre. La echaba de menos. Su voz. Volver a oír la modulación de sus respuestas, o de sus provocaciones. Tenía una voz bonita. Declamaba con voz de trueno y sabía dirigirla hacia la cuerda afectiva que indicaba la palabra. Pero se me había olvidado un poco. Y quise escucharla, su voz, la de él. No pude recrearla. Y me sentí más solo, como cuando me dijeron, al volver de clase, aquella vez, que se lo habían llevado en una ambulancia al hospital. Como entonces.

Ayer, leí el texto de María Luisa Elío, titulado “Locura”. Ella tratando de recuperar la voz de su madre y yo la de mi padre. Y al final descubrí porque no la pude, o no la quise encontrar donde yo sabía que estaba.

En el podcast de la entrevista en Efecto Doppler de Radio 3, en la sección de Carátula y Más, se puede escuchar ese fragmento, así como a la propia Elío hablando de su experiencia de imposible retorno tras un largo exilio.

Hoy, a nadie se le ocurriría hacer una antología de literatura actual sin que hubiera una cierta paridad entre el número de autores y de autoras (y estas últimas seguro ganarían). Pero hace muy pocos años, las voces de ellas estaban escondidas. Y algunas fueron silenciadas.

Vindictas, ahora, nos las trae de vueltas, como a esas madres o abuelas que no habíamos conocido, salvo por los relatos de terceros. Es una sensación extraña saber que estas madres literarias estuvieron esperando tanto tiempo para que las conociéramos. Se siente algo extraño al abrirles la puerta y decirles: “pasa madre”. Es extraño que a la primera lectura, sin mediar el tiempo, te toquen de improviso las entrañas y te muestren un hilo para el laberinto de los recuerdos.