Azul y blanco y negro

Fco. Javier SANCHO MAS

Miércoles 2 de junio de 2021

Ese día, 30 de mayo, de 2018, salimos en grupo, con amigos y familia, a acompañar a las madres que habían perdido a sus hijos por culpa de la represión gubernamental. Nos unimos casi por la rotonda de la Centroamérica. Nunca vi en el país una concentración tan multitudinaria bajo una única bandera azul y blanco. No había colores de partidos ni de organizaciones ni de otros intereses o grupos. Solo el negro de luto que vestían las madres. Azul y blanco, y negro.

Por supuesto, oíamos las amenazas de que la marcha podía mancharse de sangre al llegar la noche, pero al ver ese ambiente esperanzador de frases nuevas, de ideas nuevas, de abrazos nuevos, quién iba a pensar o creer que eso pudiera suceder. El doctor Gustavo Porras había lanzado el mensaje a gritos de “tomarse las calles”, en cumplimiento de las órdenes de Murillo y Ortega. Un llamado que para fanáticos significa violencia. No pudieron ante la avalancha pacífica, azul y blanco de luto que inesperadamente inundó la Carretera a Masaya.

Quién iba a atreverse a disparar, desde posiciones elevadas con armas de gran calibre a esa cantidad de gente de conciencia libre. Pero se atrevieron. Solo puede disparar así quien no da un peso por la vida de los otros ni por la suya propia, sencillamente porque ninguna forma de vida tiene valor para él.

Cuando llegamos a la rotonda de Metrocentro, pensamos que era mejor salirse de la manifestación para no entrar en la zona más estrecha, frente al portón de la UCA. Un muchacho se subió por el mástil de la gran Bandera de Nicaragua de aquella rotonda y la dejó a media asta. Al poco tiempo, sonaron las primeras ráfagas. Nos aturdieron los parlantes de una camioneta que ampliaba en directo la señal de una estación de radio. Todo el mundo se tiró al suelo o buscó un hueco donde ocultar a los suyos.

Poco después, de noche ya, nos vimos dentro del predio de la Catedral donde se refugiaron cientos de personas, muchas venidas desde comunidades remotas. A un lado y otro pasaban vehículos que dispararon ráfagas sobre nuestras cabezas. Y otra vez nos tuvimos que tirar al suelo. Las ambulancias entraban y salían para llevar heridos a los hospitales.

En medio del caos, pudimos salir de allí. Pasamos junto a las instalaciones de la Policía de Plaza El Sol, justo cuando salían varias furgonetas repletas de antimotines, que todavía no habían acabado de ponerse el uniforme. Llevaban el miedo en la cara. Y eso los hacía aún más peligrosos. No hicimos ningún gesto que lo justificara, pero uno de aquellos nos apuntó a la cabeza y pusimos nuestras manos en la nuca. Por fortuna, el vehículo siguió adelante y aquel antimotín decidió no disparar. Si lo hubiera hecho, estoy seguro que habría quedado impune. Fue su decisión. Quizá no quiso malgastar munición o quizá fue realmente una decisión de conciencia. No lo sabré. Pero aquel policía que durante un segundo (que fue un siglo) tuvo nuestras cabezas en la mira de su arma se ha quedado en esta memoria de uno de los días que no podrá olvidar el país.

Así que por mucho que las fuerzas del régimen se empeñen en inventar un relato que trastorne los hechos y la realidad, no podrán hacer olvidar que decenas de miles de personas estuvimos ahí, de pie, contra el suelo, o con las manos en la nuca.

El fracaso absoluto de un liderazgo es cuando no puede resolver los problemas si no es con el derramamiento de sangre. La pregunta para los policías y parapolicías que todavía dudan de aquello es si valió la pena. ¿Valió la pena matar a tantos jóvenes para que el régimen siguiera en el poder?

Mancharon de sangre el Día de las Madres, atacaron y profanaron iglesias, encarcelaron, asesinaron y mandaron al exilio a miles. No hay marcha atrás, aunque quieran normalizar el régimen con unas elecciones, como si no hubiera pasado nada. Presentarse a esas elecciones manchadas de sangre, también sería actuar como si no hubiera pasado nada.

¿Qué cuento me vas a contar esta noche?

Los cuentos infantiles (en español) no cruzan el Atlántico

¿Con qué cuentos se duermen las niñas y niños de un lado y otro del Atlántico? ¿De quién es la voz que se los lee? Si bien la literatura de adultos, escrita en español, viaja bien entre ambas orillas, no ocurre lo mismo con la infantil. Al parecer, los libros del género escritos en América Latina se quedan en América, y los de España en España. ¿Son los padres y madres quienes buscan referentes más próximos? ¿Es cuestión de la lengua o de la falta de promoción de historias y autores entre América Latina y España?

¡Ojo!, sólo hablamos de los cuentos infantiles de autores hispanos porque, al contrario que estos, los anglosajones sí se mueven bien entre la península ibérica y el continente americano. Y tampoco hablamos de la literatura juvenil, que es otra historia, puesto que youtubers e influecers son referencias compartidas en ambas orillas. Todo ello contribuye al buen momento de la literatura infantil y juvenil, que supera el 12% del total del mercado del libro.

Para saber lo que pasa, he acudido a dos expertas en el tema, Laia Zamarrón, editora de Alfaguara infantil, y Miriam Tirado, autora de cuentos de éxito y consultora de crianza. Hablamos para el programa Efecto Doppler de Radio 3 que se puede escuchar en el podcast. Una de las principales conclusiones, según Laia Zamarrón, es algo sencillo que, en realidad, debería de decirse del resto de los géneros: lo que prima son las historias y los personajes, por encima de los nombres de autores.

Para escuchar el programa completo, pulsa el icono de radio 3

Cuesta encontrar personajes en español que estén en el imaginario infantil de ambas orillas, más allá de Mafalda, o El Chavo del Ocho, aunque este último gracias a la televisión. No es ese el caso de algunas series de cuentos con personajes anglosajones, como Isidora Moon, esa niña mitad hada, mitad vampira, que tiene tantos lectores a un lado y otro, a los que no les interesa ni saben que su creadora se llama Harriet Muncaster.

Madres y padres mueven ficha en este curioso tablero de la literatura infantil. Muchas buscan tramas y temas con los que poder hablar con los más pequeños. Por eso, dentro del boom que vive la literatura infantil, hay otro boom interno de libros que abordan temas complejos, como la pérdida, por ejemplo. Se trata de “cuentos con causa”, que podrían tener un paralelo en los libros de autoayuda para adultos, con el ingrediente de la ficción. Si ello va o no en detrimento de la calidad literaria de los cuentos es un tema sobre el que también hemos hablado con las expertas. Lo que es indudable es que, hoy, la lectura de Caperucita, así como la de algunos clásicos, ha cambiado para siempre. La balanza entre un propósito exclusivamente literario y otro ético o moral, entre el estilo y la moraleja, actualmente, está posiblemente inclinada hacia lo segundo.

El desafío es abordar el tema con calidad literaria. Nura, la protagonista de El hilo invisible, un cuento con el éxito de varias tiradas en el último año, le pregunta a su madre para qué sirve el ombligo. Esa pregunta despliega una historia que apunta a preparar a la niña para la pérdida de sus seres queridos, sin que ello signifique cortar los lazos para siempre. Miriam Tirado, su autora, defiende este género que, además, es muy útil para los padres a la hora de explicar ciertas cosas a los niños. Lo ideal no es utilizar el libro como un guion cerrado, sino que les sirva a los dos, adultos y niños, para recrearlo.

Las voces de la madre, el padre, la abuela, la cuidadora… están asociadas al acto de leer un cuento a los más pequeños. No hace muchos años, esas voces solían contar las historias de memoria, o las recreaban constantemente. La mayoría de las veces, sin libros de por medio. El de los elefantes que ayudaban a unos piratas a desencallar su barco de la playa era uno de mis cuentos favoritos cuando me encontraba enfermo. No sé dónde lo aprendió mi madre, pero recuerdo que le añadía ingredientes o variaba la trama. Lo hacía nuevo en cada una de mis fiebres altas. Y lo mismo mi padre con unos aventureros, Masai y Pedrillo, de los que le había hablado mi abuelo.

Durante algún tiempo, mientras he viajado como periodista por países de África (por las mismas tierras que exploraban Masai y Pedrillo en la voz de mi padre) y América Latina, principalmente, he preguntado a hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sobre los cuentos que recordaban y los que leían. Lo que he observado es que se ha roto, en gran medida, la memoria de la transmisión oral.

Madres y padres jóvenes se han quedado sin cuentos en la memoria. Sin cuentos que contar a sus hijos, acuden cuando pueden a los libros o a las pantallas, o a nada, hasta que el niño se duerma. Se trata, simplemente, de un hecho de nuestro tiempo. Así que no es de extrañar que a algunos les entre el pánico si un niño, antes de dormir, les pide que les cuente un cuento.

Si es tu caso, esta misma noche, aquí van tres sugerencias que hizo Laia Zamarrón para, al menos, tres niñas o niños diferentes. Para uno, con miedo a la noche: Un monstruo en mi armario; para uno con mal genio: Julieta estate quieta; y para otro que haya perdido a un ser querido, además del ya mencionado: El zorro y la estrella.

Las letras de los cuentos infantiles necesitan la voz con la misma urgencia que las de las canciones. Dependen de la voz para que habiten la memoria y se recreen. Es maravilloso poder ser alguna vez esa voz.

12 Libros de 2020 contados en un minuto. Ideas para regalar.

Play: Audio completo Efecto Doppler. Sección Carátula y Más

Aquí llega el segundo lote de 6 recomendaciones de la revista carátula y Efecto Doppler de Radio 3, para quien quisiera regalar algo por navidad, que aún nos queda Reyes por delante, así que continuamos nuestro repaso del año por los 12 libros que han elegido nuestros prescriptores invitados.

Se trata de libros de diferentes géneros que han llamado la atención, bien por el tema, o porque han devuelto la mirada hacia la obra de esos autores, o porque ha hecho vibrar algo íntimo en quienes lo leyeron.

Por eso, les hemos pedido a los prescriptores que nos hagan contraportadas de voz. Como si entrásemos a cualquier librería y al coger un libro, y darle la vuelta, su contraportada nos hablase, en no más de un minuto, para contarnos de qué va.

Una casa lejos de casa. Clara Obligado. Comentado por Javier Serena

Y aquí va la primera, recomendada por el autor y crítico Javier Serena. Una casa lejos de casa, es su título de la autora hispano-argentina Clara Obligado, publicado por la editorial valenciana Contrabando. Ojo al fragmento sobre la identidad y la libertad que nos lee Javier al final.

Contra de voz por J.Serena.

Mi vida y el palacio. Helena Urán. Comentado por Laura Restrepo

Nos vamos a Colombia. Siempre regresamos a Colombia, que es un amor. Y lo hacemos con la autora de Delirio, de Hotsur, o de Errantes, Laura Restrepo. Y nos invita a acercarnos al relato testimonio de Helena Urán, cuyo padre fue víctima de un hecho que marcó una parte de la historia de Colombia.

Contra de voz por L.Restrepo

Residencia de Estudiantes. Susana Martín Segarra. Comentado por Patricia Simón

Y ahora, en este puente aéreo que nos acerca a espacios y tiempos compartidos entre ambos lados del Atlántico, llegamos a Madrid, a un lugar muy especial que, aunque hoy sigue en pie. Parece en sí mismo un viaje en el tiempo, a un tiempo muy específico, y a unos seres de luz muy específicos también, sólo con mencionarlo: Residencia de Estudiantes. La contraportada la pone la periodista Patricia Simón.

Contra de voz por P.Simón

Voyager. Nona Fernández. Comentado por Fco. Javier Rodríguez Marcos

Ahora nos vamos a dejar llevar por una viajera especial al desierto de Atacama, en Chile. Voyager es el título que nos recomienda el poeta y periodista Fco. Javier Rodríguez Marcos. De la autora Nona Fernández.

Contra de voz por Fco. J. Rodríguez Marcos

Cuaderno de faros. Jazmina Barrera. Comentado por Javier Serena

Y hablando de ensayos narrativos, Javier Serena nos invita a leer la obra de una autora mexicana interesante, Jazmina Barrera, y nos trae una reseña sobre ella en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Contra de voz por J. Serena

La extraña tribu de las manos limpias. Diario de un confinamiento. Xuan Cándano. Comentado por Patricia Simón

Y una peculiar sugerencia más de Patricia Simón, con esta pregunta: ¿Y si miramos el lado positivo que hubo también en esta pandemia de 2020? De algún modo,  supuso reencuentros con lo esencial, ¿no?. Aquí Lo hace el asturiano Xuan Cándano en un diario muy particular, publicado en “La última canana de Pancho Villa” donde encontraremos “besos con arroz”.

Contra de voz por P. Simón

Espero tengan suficiente donde elegir libros para regalar en estos días de besos “con arroz” o con uvas

12 libros para regalar. Literatura iberoamericana 2020.

Podcast Carátula y Mas. Efecto Doppler Radio 3

Una contraportada audible. En un minuto escucharás la recomendación de prescriptores de lujo sobre 12 obras de autores iberoamericanos publicados este año. Autoras, periodistas, editoras y críticos nos ayudan a elaborar una breve contraportada audible para ayudarte a decidir un regalo. Si algo bueno trajo este annus horribilis fue que mucha gente se reencontró con la lectura. De entre los libros publicados, entre noviembre 2019 y noviembre 2020, escucharás las 6 primeras sugerencias para regalos de Navidad, San Esteban o el amigo invisible. Serán las voces de Pilar Reyes, Laura Restrepo, Fco. Javier Rodríguez Marcos, Patricia Simón y Javier Serena. Para todos los públicos y para todos los gustos de género. El 24 de diciembre daremos otras seis recomendaciones para aquellos que quieran regalarlos en el día de Reyes Magos.

Poeta chileno de Alejandro Zambra

(comentada por Javier Serena)

Prueben las primeras frases de cualquier fragmento de Zambra. Prueben su primer bocado. Nos lee el autor y crítico Javier Serena: “Era el tiempo de las zafradas…”

Boulder, de Eva Baltasar

(comentada por Laura Restrepo)

Desde su refugio en la montaña gerundense, la escritora colombiana se ha fijado en esta novela de la catalana Eva Baltasar, la segunda de una trilogía sobre mujeres. Y viene calentita.

La mujer que quiso saltar una valle de seis metros, de Amanda Andrades (ilustraciones de Amelia Celaya)

(Comentada por Patricia Simón)

La periodista de La Marea, Patricia Simón, lectora empedernida entre los ratos libres de sus coberturas, nos trae una obra sobre un tema que nos toca por dentro a un lado y otro del Atlántico, y en este caso en la frontera con el Mediterráneo.

Las Voladoras, de Mónica Ojeda

(Comentada por Javier Serena)

No podía faltar uno de los libros y autoras del momento. Elegido por Javier Serena, nos vamos a los Andes de Ecuador, donde también habita lo gótico en forma de relatos sobre mujeres extraordinarias y terribles.

Ensayo sobre lo que no se ve, de Enrique Lynch

(Comentado por Fco. Javier Rodríguez Marcos)

El poeta y periodista cultural Francisco Javier Rodríguez Marcos (Babelia, El País), se queda con la última obra de Enrique Lynch, un magnífico ensayista argentino, afincado en Barcelona, donde era catedrático de Estética. Nos dejó muy recientemente, en el mes de noviembre de este 2020, poco después de publicar su última obra sobre cómo opera la imagen en nosotros y en nuestra cultura.

Daniel, voces en duelo, de Chantal Maillot y Piedad Bonet.

(Comentado por Pilar Reyes)

Y nos detenemos por un momento con la recomendación de Pilar Reyes, editora de Alfaguara. Un libro al que es necesario entrar con el corazón abierto y con cierta solemnidad. Dos poetas, dos madres, una española y otra colombiana, que pierden a sus hijos en similares circunstancias. De ellas surge un diálogo y un libro de poesía. Como asegura Reyes, es uno de los más emocionantes del año.

Y próximamente, otras seis lecturas más, que nos dejó este 2020 para no olvidar, regalándolas.

VINDICTAS. LA VOZ DE NUESTRAS MADRES LITERARIAS

Por Fco. Javier SANCHO MAS

Escuchar Podcast Carátula y Mas en Efecto Doppler Radio 3:

Ayer, Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, decía que leer, editar, y escribir es un acto político. Lo decía por la colección de relatos de autoras del ámbito iberoamericano que escribieron al margen del boom, y que se publican en la antología Vindictas, coeditada con la UNAM de México, donde surgió la iniciativa coordinada por Socorro Vanegas.

Pero otras veces, digo, el fragmento de una obra viene a auxiliarte, como para darle nombre a una pena, a un dolor, o a la dimensión de un vacío. Y otras, explota con una palabra olvidada que ilumina un recuerdo, y trae la felicidad esponjada en una magdalena. Me sucedió al leer un fragmento de María Luisa Elío, una de esas mujeres, de obra breve y vida fascinante, que es parte de la historia del exilio español en América. Fue pionera en llevar al cine la experiencia del exilio español con la película Balcones vacíos. A ella le dedicó García Márquez Cien años de soledad. Vindictas es fruto del esfuerzo de Socorro y Juan, que le han robado horas al sueño. Y yo les agradezco el esfuerzo, al menos por lo que me ocurrió ayer.

Llevaba unos días tratando de escuchar en mi cabeza la voz de mi padre. La echaba de menos. Su voz. Volver a oír la modulación de sus respuestas, o de sus provocaciones. Tenía una voz bonita. Declamaba con voz de trueno y sabía dirigirla hacia la cuerda afectiva que indicaba la palabra. Pero se me había olvidado un poco. Y quise escucharla, su voz, la de él. No pude recrearla. Y me sentí más solo, como cuando me dijeron, al volver de clase, aquella vez, que se lo habían llevado en una ambulancia al hospital. Como entonces.

Ayer, leí el texto de María Luisa Elío, titulado “Locura”. Ella tratando de recuperar la voz de su madre y yo la de mi padre. Y al final descubrí porque no la pude, o no la quise encontrar donde yo sabía que estaba.

En el podcast de la entrevista en Efecto Doppler de Radio 3, en la sección de Carátula y Más, se puede escuchar ese fragmento, así como a la propia Elío hablando de su experiencia de imposible retorno tras un largo exilio.

Hoy, a nadie se le ocurriría hacer una antología de literatura actual sin que hubiera una cierta paridad entre el número de autores y de autoras (y estas últimas seguro ganarían). Pero hace muy pocos años, las voces de ellas estaban escondidas. Y algunas fueron silenciadas.

Vindictas, ahora, nos las trae de vueltas, como a esas madres o abuelas que no habíamos conocido, salvo por los relatos de terceros. Es una sensación extraña saber que estas madres literarias estuvieron esperando tanto tiempo para que las conociéramos. Se siente algo extraño al abrirles la puerta y decirles: “pasa madre”. Es extraño que a la primera lectura, sin mediar el tiempo, te toquen de improviso las entrañas y te muestren un hilo para el laberinto de los recuerdos.

El sueño de un joven. Y una revista para siempre

PODCAST. Carátula y más… Efecto Doppler. Radio 3. RTVE

Si no hubiera sido por ellos, nada de esto habría sido posible. Sin esas mujeres y hombres que desde la trinchera de la cultura fueron abriendo las puertas de un país cerrado a gran parte del mundo. Sin los Seix Barrall o Carmne Balcells que refrescaron a la península con la forma de narrar y protestar de la otra orilla. Y sin revistas, como Cuadernos Hispanoamericanos e Ínsula, las decanas de las publicaciones culturales de España.

La intrahistoria de Cuadernos Hispanoamericanos con Juan Malpartida

Juan Malpartida

A pesar de que Cuadernos nació bajo el franquismo y con influencia falangista, sus directores y colaboradores contribuyeron a una transición que también se hizo y escribió, letra a letra, desde la literatura y la cultura en general. De hecho, su origen se debe, en parte, al nacimiento de otra revista fundada por exiliados españoles en México (Cuadernos americanos). Durante muchos años, para un autor, verse publicado en Cuadernos, ha sido como una especie de consagración.

Hablamos en la sección “Carátula y más”, de Efecto Doppler (en Radio 3, Radio Nacional de España) con el director actual de Cuadernos, el escritor Juan Malpartida, que está de enhorabuena por haber publicado una novela, Señora del mundo, (editada por Trea). Repasamos con él la rica historia de una revista en transición y tránsito constante entre un lado y otro del Atlántico. Rememoramos figuras como las de Luis Rosales u Octavio Paz, y hasta las de sor Juana Inés de la Cruz.

De lo que es para siempre a lo que casi empieza. El ganador del VIII premio Carátula.

Y en el vuelo imaginario de la sección, nos fuimos hasta Honduras, en cuyo contexto se basa el relato ganador del VIII premio de la revista Carátula de cuento breve. Lo otorga, cada año, la propia revista, la fundación Luisa Mercado, el festival Centroamérica Cuenta (CACUENTA) y la Fundación Ubantu, en colaboración con la Universidad de Nuevo León, México, en el marco del festival CACUENTA, presidido por Sergio Ramírez, que este año se desarrolla virtualmente. El jurado estuvo compuesto por Claudia Neira y Sergio Ramírez (del festival, en Nicaragua), Socorro Vanegas (de la UNAM, en México) y Juan Casamayor (de Páginas de Espuma, en España).

Hablamos por teléfono con Luis Lezama Bárcenas, el joven autor del relato ganador “Ni hermosos ni buenos” . Este hondureño de Cartago estudia periodismo y literatura en Buenos Aires, por los azares y las manos amigas que ayudan a tejer el destino de cada uno. Fue una oportunidad para acercarnos mínimamente a la realidad cultural de Honduras, un país al que vale la pena atender a través de las recomendaciones literarias que nos hace Lezama en la entrevista, así como a través de las letras y la música de Nelson Padilla, que también nos acompañó.

En el relato, que también podría haberse titulado “Formas de matar a un perro” asistimos a los albores del encuentro con la violencia de un grupo de jóvenes. El diablo está en el detalle y (añadiría) en los primeros momentos de lo sin ruido. Son esos instantes no contados los que encierran las pistas del devenir de muchos jóvenes en América Central. El relato de Lezama nos lleva a una anécdota, aparentemente sin mucha importancia, pero que pronto le robará el sueño a sus protagonistas. Y ya sabemos, desde Macbeth, lo que pasa si se matan los sueños.

Sobre sueños rotos, tras una separación amorosa, también avanza la novela de Juan Malpartida, Señora del mundo, donde, como en cada ruptura, se abre una oportunidad para cuestionar e indagar acerca de la identidad. Parece que la pandemia se ha cobrado muchas separaciones, y por qué no, este puede ser un buen momento para leer una novela que explora. Estas palabras se escriben solo tras haber leído las primeras páginas, así que habrá tiempo para degustarla y comentarla.

Si toda escritura nace de una frustración, la de Luis Lezama fue no la de no ser cantante. Su primer público le advirtió que lo suyo eran las letras, pero no la voz. Y ahora, según dijo más tarde, su sueño es, precisamente, aparecer como otros autores con obra amplia, en Cuadernos Hispanoamericanos.

Es siempre emocionante navegar entre lo clásico y lo que casi empieza. No sabemos qué le depara el destino a Luis Lezama y si su obra se consolidará o no. Tampoco sabemos, si el narrador y protagonista de su cuento, después de haber sido copartícipe, por primera vez, de la violencia, torcerá su destino hacia un lado u otro de esa frontera roja.

Lo bueno en la literatura, y a veces en la vida, es que todo puede recomenzar y hasta colaborar en abrir túneles de libertad y de grandes cambios, se venga de donde se venga.

LOS FRUTOS EXTRAÑOS DE LEILA GUERRIERO

Podcast. Entrevista en Radio3. Efecto Doppler. Carátula y Más.

No permitía que la distrajéramos ni un segundo. Cuando ella estaba entrevistando a alguien. Toda su concentración estaba en la mujer que le hablaba. Estábamos en Zimbawe para un reportaje. Le acompañábamos el fotógrafo Juan Carlos Tomasi y yo. Y hubo alguna ocasión que nos pidió que saliéramos para dejarla sola con la mujer que había perdido un hijo, víctima del sida.

Eso nos cayó mal. Que fuese tan seria en su trabajo. Como si una entrevista fuese una cirugía a corazón abierto. Luego, la vi salir, grabadora en mano, hablando sola. Iba describiendo cada cosa que había visto en una choza donde no había nada. Sólo aquella mujer y el dolor. Leila Guerriero no tomaba notas. Sólo utilizaba, y sigue utilizando, como nos confirmó en la entrevista que reproducimos más abajo (en podcast) un grabador. Lo hace para no perder la mirada, para no dejar de fijarse en los ojos.

Y luego, viene el resto del trabajo. El combate con las palabras. Hay quien para escribir se pone guantes de boxeo, se calza zapatillas y se sube a un ring. Empezar un texto, encontrar la palabra, la frase justa (si es que existe tal cosa), a veces, cuesta sangre, sudor y lágrimas. Otras, llega en vuelo, como dada. Pero, en general, suele ser producto de un martilleo constante. De ese combate nos habla Leila Guerriero al inicio de Frutos extraños, recientemente reeditada por Alfaguara, donde compila algunas de sus crónicas y perfiles de las dos últimas décadas.

Ese texto de inicio se titula “Mi diablo”, y es su testimonio acerca de cómo se le metió la escritura en las venas. En esta entrevista desentrañamos con ella el arte de la escritura periodística, labrada con el mismo esmero que se dedica a la alta literatura. Es una maestra de la crónica. Nos corrió de aquella choza porque le desconcentrábamos. No olvidaré la vergüenza y el respeto que me hizo sentir ese día por el oficio de contar.

Julieta Laso. Martingala. “Fantasmas”

Dos amantes suicidas

Las hermanas López-Baralt ahondan en la conexión metafísica entre el puertorriqueño Luis Palés Matos y el español Pedro Salinas.

La quería tanto. La quería toda. Más allá de la carne. Pedro Salinas el autor de La Voz a ti debida, ansiaba eternizar a su amada y amante (hoy ya sabemos su nombre, Katherine Reding, después de que la hispanista norteamericana lo confesara al final de su vida). El poeta español (1881-1951), que pasó muchos años en el exilio, entre Estados Unidos y Puerto Rico, le dedicaría sus versos más encendidas con la voluntad de despojarle de la mortalidad de la carne. Y eso pasaba por matarla. “Me estoy labrando tu sombra”, le dirá; “Te mato el paso”, le dirá.

Pedro Salinas (España, (1881-1951)

Un recurso al fin de corte neoplatónico que no sorprende tanto en Salinas, que busca confundirse en la esencia del amor. Pero sí sorprende el influjo que pudo ejercer en el mayor poeta puertorriqueño del siglo XX: Luís Palés Matos (1858 – 1959). Fue más conocido por su ciclo de poesía afroantillana y por el “diepalismo”, ese estilo que imponía el ritmo y los sonidos onomatopéyicos del caribe sobre el verso. Una sensualidad que encantó a García Lorca, por ejemplo, que solía recitarlo. Es menos conocido por su poesía metafísica de madurez, que como recientemente alumbraron las hermanas y filólogas boricuas (Mercedes y Luce) López-Baralt, dialoga con la de Salinas. Y fue a tanto ese diálogo, que Palés Matos se convirtió en cómplice del homicidio poético al que le instigó Salinas. (Un favor en este punto: eviten si pueden interpretaciones de lecturas de género o a connotaciones crueles. Estamos hablando sólo de poesía. Y aunque la poesía no sea inocente, permitan un margen a otra mirada).

El mayor poeta puertorriqueño del siglo XX: Luís Palés Matos (1858 – 1959).

El cuerpo muere y el verso vuela: La poesía metafísica de Pedro Salinas y Luis Palés Matos, es un ensayo literario que tiende un nueve puente entre ambas orillas del Atlántico. Y en ese puente, si físicamente fuera posible, debería lucir una placa en reconocimiento al trabajo de las López-Baralt. Mercedes, más experta en Palés; y Luce, más ducha en Salinas, emprendieron esta aventura de descubrirnos el más que posible diálogo poético entre ambos autores. Y lo más relevador, por supuesto, lo encontraron en sus obras.

Las fuentes documentales eran escasas. Así que las López-Baralt indagaron en archivos y testimonios diversos para extraer la inevitable relación que establecieron ambos poetas. Salinas fue profesor invitado en la universidad de Puerto Rico. Palés era un poeta residente. Hay recuerdos de quien los vio caminando por San Juan, platicando extasiados, olvidados de todo.

“(Los puertorriqueños) somos un enigma”

Para Luce López-Baralt, uno de los propósitos adicionales de este nuevo ensayo es “el de devolver a Palés a los lectores de España y de otros países para un mejor conocimiento del mayor poeta, sin duda, de Puerto Rico”.

Luce tuvo la atención de dedicar unos comentarios a Carátula, a su paso por Madrid, el año pasado, antes de que la pandemia trastocase los planes del mundo entero. Esta plática se quedó rezagada en su publicación y además no pudo contar con la voz de la coautora, Mercedes, a causa de un pequeño accidente que le impidió asistir a la presentación de la obra editada por Mandala.

Palés, cuya vida, desde su nacimiento en el 98, está ligada a la historia de Puerto Rico, ha sufrido también el olvido de ese territorio de la cultura hispana tan especial. “La literatura puertorriqueña viaja mal”, afirma Luce. “No la conocen en Estados Unidos, no la conocen en España. Un editor me decía: ‘Si tú firmas una novela, y pones en tu biografía ‘Ciudad de México, Nueva York o Buenos Aires’, te leen con más interés que si pones ‘San Juan de Puerto Rico’. Somos un enigma. A eso se añade que no tenemos embajada, ni instituciones de promoción cultural, aunque tengamos una cultura constituida”.

El ciclo dedicado a “Filí-Melé” (el seudónimo que utiliza Pales Matos para su amada, al contrario que la innombrada de Salinas) apunta hacia el mismo destino irreversible que resolvió su colega español. “Yo te maté, Filí-Melé”, le dirá. Ambos, Salinas y Palés, no renuncian a la belleza de la piel. No quieren hacerlo. Tampoco a la esencia espiritual de sus amadas. Lo quieren todo, junto, al mismo tiempo, y rechazan el destino de la muerte. Por eso las esculpen en versos, para tener la ilusión de inmortalizarlas. Renuncian incluso al goce y al dolor de no sentirlas cerca.

Que la obra de Palés Matos no fuese tan conocida como hubiera merecido en su tiempo también puede deberse a que el autor viajó poco. “Nunca fue a España. Sin embargo, la generación del 27 lo conoció bien”, afirma Luce, que ha indagado en las resonancias de la obra de su compatriota. “Vicente Aleixandre escribió páginas preciosas sobre él, al igual que Alberti; García Lorca lo recitaba, después de que conociera su poesía en La Habana, especialmente la del ciclo negroide. Y lo declaró el maestro del ritmo en lengua española. En 1930, durante un evento de recaudación de fondos para los presos políticos de América Latina, recitó la Danza Negra de Palés. Y le pedían que lo repitiese. Lo conté en la Residencia de Estudiantes, de Madrid, y casi nadie conocía la anécdota”.

“Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Poo”.

Esos versos de Palés Matos quedan lejos de cualquier parecido con la obra de Salinas. Donde los autores se encuentran es en la poesía metafísica que el puertorriqueño desarrolla al final de su vida. ¿En qué momento entran en contacto? Luce nos da algunos detalles: “Se conocieron en la universidad. Palés era residente en la universidad. No hay demasiada información porque no se han conservado muchos documentos al respecto. Pero sí sabemos que eran amigos, que Palés asistía a la lectura de las obras de teatro de Salinas, la mayoría escritas en Puerto Rico. Hemos conocido a grandes amigos de Palés. Su hija recuerda que, una vez, Salinas y su padre caminaban dialogando con tal concentración e intensidad que ella se quedó unos pasos detrás, sin atreverse a interrumpirles. Lamentablemente, muchos de los que conocieron a ambos poetas ya no están vivos. Conocimos a gran parte de ellos, antes de albergar la idea de escribir este libro. Sin embargo, hicimos una investigación exhaustiva para poner a dialogar de nuevo a estos dos poetas en el libro.

Quién fue la amante de Palés Matos.

Si bien acabamos conociendo a la amante de Pedro Salinas, la destinataria de La Voz a ti debida, Katherine Reding, no sabemos quién fue Filí-Melé. Pero Las López-Baralt sí tienen esa información:

“¿Filí-Melé? Sí, la conocimos”, afirma Luce. “Mi hermana y yo le pedimos que hablase sobre Palés, y prefirió no hacerlo. No revelamos su nombre por respeto a su decisión. Nos dijo que ella no había escrito literatura puertorriqueña, pero la había protagonizado. Palés Matos la asesina en su célebre poema:

“Yo te maté, Filí-Melé: tan leve
tu esencia, tan aérea tu pisada,
que apenas ibas nube ya eras nieve,
apenas ibas nieve ya eras nada.

Cambio de forma en tránsito constante,
habida y transfugada a sueño, a bruma…
Agua-luz lagrimándose en diamante,
diamante sollozándose en espuma…

En cuanto a Salinas, parece ser que Katherine Reding decidió acabar con la relación amorosa al enterarse de que la esposa del poeta había intentado suicidarse. Las cartas que se conservaron son una versión en prosa apasionada de La Voz a ti debida. En ella se inspiró la autora Julieta Soria para escribir una pieza teatral: Amor, amor, catástrofe, que se estrenó en 2019.

El acto homicida de los poetas, explica Luce, “no es algo que va contra la mujer, sino un gesto de amor para eternizar a la amada en la poesía. Lucrecio decía que la carne es separadora. Los poetas querían renunciar a las amadas para escribirlas. Es una reflexión sobre el hecho literario”.

Este nuevo ensayo de las López-Baralt arroja un desafío a la investigación literaria: el enorme campo de estudio que hay sobre la influencia de los poetas españoles de la generación del 27 que se exiliaron en América.

“Una de las grandes preguntas que se hacen los críticos es qué dejaron tantos poetas del 27, como Lorca, Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, en América. Eso no se ha estudiado tanto. Esperamos que este libro sea una contribución para ello. En Puerto Rico, al menos, sabemos que Salinas, además de sobre Palés Matos, influyó en Julia de Burgos o en Matos Paoli. El contemplado de ese grandísimo poema de Salinas es el mar de Puerto Rico frente al que está enterrado.

Queda el guante echado por las hermanas y académicas López-Baralt para quienes deseen recogerlo. Mientras, tanto, algunos, como el que esto escribe, hemos tenido la suerte de bucear por primera vez en la obra de Palés Matos, un autor que empezó escribiendo bajo la influencia de Darío o Lugones, desencadenó los versos poniéndolos a bailar al ritmo del Caribe, y acabó siendo coautor y cómplice de la mejor poesía amorosa y metafísica de todos los tiempos.

El milagro secreto

El tiempo de los sueños. Borges con un joven Vargas Llosa

Javier SANCHO MAS

En uno de los mejores relatos de Borges, El milagro secreto, Jaromir Hladík es detenido en Praga por las tropas alemanas. Corre el mes de marzo de 1943. Hládic es condenado a muerte por ser escritor y judío. Su ejecución se fija el 29 de marzo a las 9 a.m. Además del pánico a la muerte, Hladík lamenta que su vida, enteramente dedicada a la literatura, terminará sin haber podido concluir un drama en verso que justificaría y daría sentido a su existencia. Si tal concepto existe (el sentido de la existencia) y si Dios existe, piensa Hladík, no puedo morir sin concluir esa obra. Calcula que necesitaría un año de tiempo. Le pide a Dios que se lo conceda, de la manera que Él pueda. Si los milagros existen estos pueden deconstruir el tiempo y el espacio que limita la materia.

Una noche de noviembre, en la carretera hacia Boma, al oeste del Congo, Juan Carlos Tomasi y yo íbamos bombardeando a preguntas a Vargas Llosa. Desde Kinshasa era un viaje largo. Estábamos en medio de un reportaje con escritores sobre emergencias en las que trabajaba Médicos Sin Fronteras. Vargas Llosa fue el primero en apuntarse para, a su vez, tomar notas para su próxima novela sobre Roger Casement (El Sueño del Celta). Durante el camino, nos iba contando cómo le atenazaban los nervios en sus primeros años de París, cuando se acercaba a conocer a los autores que más admiraba. Con Neruda, por ejemplo, fue tan fuerte la impresión que se quedó sin voz ante el poeta chileno. A Borges lo conoció en 1963, con motivo de una entrevista para la radio francesa. El joven periodista Vargas Llosa le abordó lleno de miedo a no estar a la altura. Pero se encontró con un Borges muy sencillo y accesible, cuando para el mundo Borges aún no era Borges. Eso nos cuenta en Medio siglo con Borges, publicado este año por Alfaguara y también en las anécdotas que nos compartió en la sección Carátula y más en el programa Efecto Doppler de Radio 3.

Pudimos rescatar algunos fragmentos del programa de Panamericana TV, de Perú, en el que, en 1981, Vargas Llosa presentaba un programa dominical. Para ello acudió al apartamento de Borges en Buenos Aires y allí le entrevistó. Después publicó un artículo recreando esa visita y enfatizando la austeridad en la que vivía el sabio ciego. Se fijó en las humedades. Y eso enfadó mucho a Borges, que ya, al parecer, nunca más quiso hablarle.

La magia del tiempo y de la voz nos permitió viajar hasta ese momento. Aquí se pueden escuchar fragmentos de la entrevista

El boom latinoamericano removió muchas cosas en el mundo de las ideas, la imaginación y las letras en español. Y también alumbró a autores que podrían haber quedado injustamente en el olvido. Debemos a ello que podamos disfrutar de Borges, que sin duda, se ha adueñado y puesto nombre a algunos de nuestros sueños, como lo hicieron los clásicos.

Medio siglo con Borges contiene entrevistas y artículos del último gran representante vivo del Boom sobre el maestro argentino. Aunque sus obras difieren en gran medida, ambos construyeron relatos sobre planos de tiempo paralelos e hicieron posible que asistiéramos a muchas historias al mismo tiempo.

Y hablando de desdoblar el tiempo, ¿qué le ocurre a Hladík, el protagonista de El milagro secreto. ¿Se le concede su petición finalmente?

Los días y noches avanzan hacia la mañana del 29. Hladík imaginó miles de muertes. Y la noche antes de la ejecución, soñó que se ocultaba en una de las naves de la impresionante biblioteca del Clementinum, hoy biblioteca nacional de Praga. “Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: “¿Qué busca?”. Hladík le replicó: “Busco a Dios”. El bibliotecario le dijo: “Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola.”

Al despertar, Hladík fue llevado al paredón. El pelotón cargó sus armas y cuando iban a dispararle, el universo físico se detuvo y, por tanto, el tiempo. Tras algunas comprobaciones, Hladík comprendió que un año le había sido concedido. Se puso de inmediato a elaborar la obra en su cabeza. A completar su existencia.

Borges creaba ilusiones con palabras, experiencia que sólo son posibles en los sueños lúcidos. El Aleph, por ejemplo, bebe y se emparente con leyendas como la de la mesa de Salomón que se albergó en Toledo, en la que el rey podía observar todos los secretos del Universo, entre los que estaba el nombre secreto de Dios que sólo es pronunciable para crear, o para morir.

Conocí el libro de Vargas Llosa sobre Borges en una edición que encontré en París, publicada por L’Herne, en 2004, así que es una alegría que en este pandémico 2020, Alfaguara lo haya publicado en español y nos permita viajar en el tiempo con estos dos autores.

Vargas Llosa, más allá de las controversias políticas que generen sus posicionamientos, contribuye a modernizar la literatura y el modo de pensar literario. Y ha estimulado el conocimiento de otros autores imprescindibles como Onetti, García Márquez, o el propio Borges.

En un encuentro, con motivo del medio siglo de la editorial, que sostuvieron Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte, junto a Pilar Reyes, se produjo un momento inolvidable en que

Pérez Reverte le pregunta a Vargas Llosa qué se siente siendo el que cerrará la puerta y apagará la luz de un período histórico de la literatura. Está a partir de 1:11:42.

Todos los Cortázar, Borges, García Márquez, Fuentes o Roa Bastos, creyeron con el autor de Conversación en la Catedral que la literatura, la palabra “es fuego”. Tal vez vayan quedando lejos, pero aún queda vivo uno que lo recuerda. Peco de injusticia al decirlo, pero siento la falta de ese mismo ímpetu y valentía en la literatura actual para sacar las palabras y las historias a la calle. Enfrentarlas desde la imaginación al poder. Tener la ilusión de que las palabras se convierten en seres humanos. Ponerlas a remover la imaginación y las ideas, ponerlas a caminar con la gente, hasta habitar los sueños.

Y sí, a Hladík le fue concedido el tiempo necesario, un año, para concluir su obra, nos cuenta Borges. Cuando la acabó, el universo volvió a ponerse en movimiento. Una “gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hládik murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”. Dos minutos de la vida humana, un año en el tiempo de Dios, que es el de los sueños.

Ensayos de Toni Morrison – Efecto Doppler, Radio 3 por Fco. Javier Sancho Mas

El pasado jueves, 3 de septiembre hablamos en efecto Doppler, de radio 3, @efectodopplerR3 del último libro, editado en español, de Toni Morrison, La fuente de la autoestima, una recopilación de ensayos, artículos o discursos. La sección en la que colaboro con Esther Ferrero está dedicada a la literatura iberoamericana sin fronteras. Tanto sin fronteras que empezamos hablando de una vecina del norte, que nos dejó en 2019. Aquí el podcast del programa y también lo que escribí sobre ella en la obra Cien novelas para siempre del siglo XX.

Toni Morrison. The Bluest Eye (1970)

Las Cien Novelas Para Siempre. De Fco. Javier Sancho Mas

Ahora soy consciente del riesgo que corro en decirles lo que les voy a decir. No sé si acabaré arrepintiéndome de intentar explicar lo que no se puede explicar en una crítica literaria. Les pido tengan paciencia y sepan perdonar mis pocas luces para llegar al meollo. Y les pido la colaboración y el beneficio de no tomar en cuenta mis palabras al pie de la letra, sino lo que ellas, con mi torpeza, quieren decir.

Comenzaré por advertir que en esta novela se encuentra una de las escenas más impactantes que haya podido leer nunca, que es en la que se narra la violación de la niña protagonista por su propio padre. Como resultado, la niña queda embarazada y el final del bebé es previsible. Seguiré comentando que esa escena contiene elementos de violencia, desesperación, que son siempre parte de un hecho criminal como este, pero también de ternura. Y de una compasión que escapa a todo prejuicio que se forme en un tiempo y lugar diferentes a los que concurren cuando se produce el hecho tan imaginario como real.

El padre pasa de cuestionarse la culpabilidad por la infelicidad de su hija a tener deseos de violarla, sin hacerle “demasiado daño”, como si fueran compatibles la mezcla de lástima, furia, lujuria y ternura, un remolino que lo está volviendo loco. Así mismo, terminaré asegurando que, en esa escena, por extraño que parezca, encontré mi propio argumento para explicar esta vocación de compartir parte de la vida con la literatura, tanto al leer como al escribir. En ella se halla contenido el sentido de esta artesanía y oficio de palabras: si de algo sirve es precisamente para contar aquello que no se puede decir de otra manera.

Descubrí a Toni Morrison hará más de veinte años, cuando estaba en el culmen de su carrera literaria, después de que le hubieran otorgado el premio Nobel. La primera mujer afroamericana de Estados Unidos en obtenerlo. Leí entonces su primera novela y después, no dejé de volver a ella, como la fuente de toda su esencia.

Toni Morrison recogió y expandió la tradición, ambiente y evolución de la cultura negra norteamericana desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Y aunque nos dejó en 2019, quedó como un tótem de la literatura afroamericana para siempre. Habría que buscar muchos otros antecedentes que fueron glorias más efímeras, como el poeta Paul Laurence Dunbar, tal vez el primer escritor de color que se ganó la vida con la literatura, o contemporáneas como Maya Angelou.

Las bases de esa tradición literaria están en el dolor, en la herencia de la esclavitud y la opresión a la comunidad afro. Pero la voz para contarlo había estado principalmente en boca de blancos, como Harriet Beecher Stowe y su Cabaña del Tío Tom, o Mark Twain, por ejemplo, con Mark Twain o Huckleberry Finn, ambas causantes de controversias aún en nuestros días, pero de un valor indudable en cuanto a retrato vívido de la relación de los afroamericanos con el resto de la sociedad estadounidense de la segunda mitad del XIX.

Imagino que el Premio Nobel otorgado a nuestra escritora llevaba consigo más nombres: el de todos los autores de su país que habían puesta la imaginación y la voz para contar la epopeya negra de Norteamérica, trasladando al papel la expresión de un largo sufrimiento.

La Nobel Morrison tuvo el acierto de tocar la médula de los conflictos raciales (aunque ella rechazaba la categoría de “razas”, al solo existir una raza, la humana), que vuelven y se revuelven, como estamos viendo en estos días de la era Trump.

Morrison escribió sobre los resentimientos que quedan por las formas grotescas de relación entre las comunidades blanca y negra. Hoy, la comunidad latina ha superado en número a la comunidad afro nacida en Estados Unidos. Figuras literarias como Julia Álvarez han trazado ya un camino al que le queda mucho por asfaltar hasta llegar a la potencia de la literatura negra. Ambas comunidades, aun mirándose con recelo, comparten en gran medida la marginalización de muchos de sus vecindarios, los nombres de los soldados muertos en combate muy lejos del país, los nombres y números de los internos en las prisiones de EE.UU., o muchos de los caídos en las Torres Gemelas.

En las novelas de Morrison se despliega una cultura plagada de complejos, de risas, de lazos indisolubles, de pasiones, de pastores adornados con sus collares de oro macizo influenciando políticamente a la comunidad a través de la religión; veremos las supersticiones y las creencias mágicas heredadas de los ancestros del otro lado del Atlántico. Y algunos momentos nos olerán a realismo mágico (por esa sintonía que se estableció entre la literatura sureña, sobre todo Faulkner, y el latir de los García Márquez o Isabel Allende). En Beloved se sentirá algunos aires que recuerdan a la Casa de los espíritus.

Veremos en Morrison violencia, mucha violencia, que no ha dejado de acompañar a esta institucionalización de la marginalidad en que ha vivido esta otra cultura en EE.UUU. Pero lo que Morrison destaca y saca a la luz no es precisamente el conflicto anglosajón-afroamericano, sino los conflictos internos de su comunidad, la búsqueda desesperada de la identidad entre los mismos negros (“Hay que quitarse ese hombrecito blanco que te acompaña por encima del hombro”, solía decir).

Y es ahí, donde la obra de Morrison se convierte, paradójicamente, ya no en una representación de la cultura negra, sino que tiene un alcance mucho más amplio. Habla de todos nosotros y nosotras. Su escritura parece nacer de un vientre materno, repleto de historia. Morrison denuncia con la misma fuerza las cadenas foráneas y las propias. Y contiene en sus obras la justa ambigüedad, que es la característica común de las obras literarias que valen la pena. Sula; Beloved; Jazz; Paraíso, en todas estas novelas vamos a encontrar la misma raíz de una obra que no se puede reducir a una sola novela.

Yo creo que es en la primera, The bluest eye, donde Morrison expone con más frescura y naturalidad la sensación de incomprensión, de vacío, confusión, frustración, mutilación e inocencia de una humanidad que viene al mundo y es desechada desde el principio, sin ninguna explicación. Una humanidad que tiene que ponerse a caminar donde nadie le acepta. Esta humanidad está contenida en la pequeña Peccola, en su historia, en su familia rota, en sus vecinas: las tres inolvidables prostitutas que hacen las veces de maestras de vida un tanto peculiares.

En sus oraciones y deseos de tener ojos azules, para que así la gente la mirara, la quisiera, como a Shirley Temple, hemos estado todos algunas veces. Todos hemos sido Peccola. Es fácil verla ahí, en medio de la calle, en algún semáforo con la mirada perdida, bajo el vacío inmenso de un cielo que es el único lugar que queda al que dirigir la pregunta: ¿por qué vivir en un mundo que te rechaza sin razón lógica y aparente? ¿Por qué vivir para sufrir las deudas de un lugar y un tiempo anterior?

La voz narradora de Claudia, la niña que cuenta la historia de Peccola, dice que al no poder enfrentarse y entender el porqué de los hechos, es mejor buscar refugio en el cómo. Tal vez en el relato, en el proceso de contar, se encuentran algunas respuestas.

Cuando releía The Bluest Eye, yo estaba en Managua, ciudad en la que entonces vivía. Mi novia era residente en un hospital al que había llegado una niña que acababan de encontrar junto al lago. La habían violado. Quisieron los doctores hacer un regalo. Al preguntarle, expresó que su deseo era tener una muñeca con el mismo color de su pelo, “y que fuera nueva”, sin ninguna mancha o arruga en el vestido. Tenía siete años. Fui a comprarle la muñeca y a llevársela. Me incliné sobre la cama donde estaba para darle un beso en la mejilla. Hasta ese instante no caí en la cuenta de que aquel gesto podría haberle producido una reacción de espanto.

Al contrario, la niña se abrazó a la muñeca y no se asustó. Como decía al principio, no sé cómo explicarlo. Siempre se fracasa con las palabras. Sentí que la novela de Morrison seguía escribiéndose con la misma crudeza de una realidad latente que nos deja atónitos, pero también con la sorprendente aparición de la ternura, que es el único traje con el que a veces se viste la esperanza.