El milagro secreto

El tiempo de los sueños. Borges con un joven Vargas Llosa

Javier SANCHO MAS

En uno de los mejores relatos de Borges, El milagro secreto, Jaromir Hladík es detenido en Praga por las tropas alemanas. Corre el mes de marzo de 1943. Hládic es condenado a muerte por ser escritor y judío. Su ejecución se fija el 29 de marzo a las 9 a.m. Además del pánico a la muerte, Hladík lamenta que su vida, enteramente dedicada a la literatura, terminará sin haber podido concluir un drama en verso que justificaría y daría sentido a su existencia. Si tal concepto existe (el sentido de la existencia) y si Dios existe, piensa Hladík, no puedo morir sin concluir esa obra. Calcula que necesitaría un año de tiempo. Le pide a Dios que se lo conceda, de la manera que Él pueda. Si los milagros existen estos pueden deconstruir el tiempo y el espacio que limita la materia.

Una noche de noviembre, en la carretera hacia Boma, al oeste del Congo, Juan Carlos Tomasi y yo íbamos bombardeando a preguntas a Vargas Llosa. Desde Kinshasa era un viaje largo. Estábamos en medio de un reportaje con escritores sobre emergencias en las que trabajaba Médicos Sin Fronteras. Vargas Llosa fue el primero en apuntarse para, a su vez, tomar notas para su próxima novela sobre Roger Casement (El Sueño del Celta). Durante el camino, nos iba contando cómo le atenazaban los nervios en sus primeros años de París, cuando se acercaba a conocer a los autores que más admiraba. Con Neruda, por ejemplo, fue tan fuerte la impresión que se quedó sin voz ante el poeta chileno. A Borges lo conoció en 1963, con motivo de una entrevista para la radio francesa. El joven periodista Vargas Llosa le abordó lleno de miedo a no estar a la altura. Pero se encontró con un Borges muy sencillo y accesible, cuando para el mundo Borges aún no era Borges. Eso nos cuenta en Medio siglo con Borges, publicado este año por Alfaguara y también en las anécdotas que nos compartió en la sección Carátula y más en el programa Efecto Doppler de Radio 3.

Pudimos rescatar algunos fragmentos del programa de Panamericana TV, de Perú, en el que, en 1981, Vargas Llosa presentaba un programa dominical. Para ello acudió al apartamento de Borges en Buenos Aires y allí le entrevistó. Después publicó un artículo recreando esa visita y enfatizando la austeridad en la que vivía el sabio ciego. Se fijó en las humedades. Y eso enfadó mucho a Borges, que ya, al parecer, nunca más quiso hablarle.

La magia del tiempo y de la voz nos permitió viajar hasta ese momento. Aquí se pueden escuchar fragmentos de la entrevista

El boom latinoamericano removió muchas cosas en el mundo de las ideas, la imaginación y las letras en español. Y también alumbró a autores que podrían haber quedado injustamente en el olvido. Debemos a ello que podamos disfrutar de Borges, que sin duda, se ha adueñado y puesto nombre a algunos de nuestros sueños, como lo hicieron los clásicos.

Medio siglo con Borges contiene entrevistas y artículos del último gran representante vivo del Boom sobre el maestro argentino. Aunque sus obras difieren en gran medida, ambos construyeron relatos sobre planos de tiempo paralelos e hicieron posible que asistiéramos a muchas historias al mismo tiempo.

Y hablando de desdoblar el tiempo, ¿qué le ocurre a Hladík, el protagonista de El milagro secreto. ¿Se le concede su petición finalmente?

Los días y noches avanzan hacia la mañana del 29. Hladík imaginó miles de muertes. Y la noche antes de la ejecución, soñó que se ocultaba en una de las naves de la impresionante biblioteca del Clementinum, hoy biblioteca nacional de Praga. “Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: “¿Qué busca?”. Hladík le replicó: “Busco a Dios”. El bibliotecario le dijo: “Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola.”

Al despertar, Hladík fue llevado al paredón. El pelotón cargó sus armas y cuando iban a dispararle, el universo físico se detuvo y, por tanto, el tiempo. Tras algunas comprobaciones, Hladík comprendió que un año le había sido concedido. Se puso de inmediato a elaborar la obra en su cabeza. A completar su existencia.

Borges creaba ilusiones con palabras, experiencia que sólo son posibles en los sueños lúcidos. El Aleph, por ejemplo, bebe y se emparente con leyendas como la de la mesa de Salomón que se albergó en Toledo, en la que el rey podía observar todos los secretos del Universo, entre los que estaba el nombre secreto de Dios que sólo es pronunciable para crear, o para morir.

Conocí el libro de Vargas Llosa sobre Borges en una edición que encontré en París, publicada por L’Herne, en 2004, así que es una alegría que en este pandémico 2020, Alfaguara lo haya publicado en español y nos permita viajar en el tiempo con estos dos autores.

Vargas Llosa, más allá de las controversias políticas que generen sus posicionamientos, contribuye a modernizar la literatura y el modo de pensar literario. Y ha estimulado el conocimiento de otros autores imprescindibles como Onetti, García Márquez, o el propio Borges.

En un encuentro, con motivo del medio siglo de la editorial, que sostuvieron Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte, junto a Pilar Reyes, se produjo un momento inolvidable en que

Pérez Reverte le pregunta a Vargas Llosa qué se siente siendo el que cerrará la puerta y apagará la luz de un período histórico de la literatura. Está a partir de 1:11:42.

Todos los Cortázar, Borges, García Márquez, Fuentes o Roa Bastos, creyeron con el autor de Conversación en la Catedral que la literatura, la palabra “es fuego”. Tal vez vayan quedando lejos, pero aún queda vivo uno que lo recuerda. Peco de injusticia al decirlo, pero siento la falta de ese mismo ímpetu y valentía en la literatura actual para sacar las palabras y las historias a la calle. Enfrentarlas desde la imaginación al poder. Tener la ilusión de que las palabras se convierten en seres humanos. Ponerlas a remover la imaginación y las ideas, ponerlas a caminar con la gente, hasta habitar los sueños.

Y sí, a Hladík le fue concedido el tiempo necesario, un año, para concluir su obra, nos cuenta Borges. Cuando la acabó, el universo volvió a ponerse en movimiento. Una “gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hládik murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”. Dos minutos de la vida humana, un año en el tiempo de Dios, que es el de los sueños.

Ensayos de Toni Morrison – Efecto Doppler, Radio 3 por Fco. Javier Sancho Mas

El pasado jueves, 3 de septiembre hablamos en efecto Doppler, de radio 3, @efectodopplerR3 del último libro, editado en español, de Toni Morrison, La fuente de la autoestima, una recopilación de ensayos, artículos o discursos. La sección en la que colaboro con Esther Ferrero está dedicada a la literatura iberoamericana sin fronteras. Tanto sin fronteras que empezamos hablando de una vecina del norte, que nos dejó en 2019. Aquí el podcast del programa y también lo que escribí sobre ella en la obra Cien novelas para siempre del siglo XX.

Toni Morrison. The Bluest Eye (1970)

Las Cien Novelas Para Siempre. De Fco. Javier Sancho Mas

Ahora soy consciente del riesgo que corro en decirles lo que les voy a decir. No sé si acabaré arrepintiéndome de intentar explicar lo que no se puede explicar en una crítica literaria. Les pido tengan paciencia y sepan perdonar mis pocas luces para llegar al meollo. Y les pido la colaboración y el beneficio de no tomar en cuenta mis palabras al pie de la letra, sino lo que ellas, con mi torpeza, quieren decir.

Comenzaré por advertir que en esta novela se encuentra una de las escenas más impactantes que haya podido leer nunca, que es en la que se narra la violación de la niña protagonista por su propio padre. Como resultado, la niña queda embarazada y el final del bebé es previsible. Seguiré comentando que esa escena contiene elementos de violencia, desesperación, que son siempre parte de un hecho criminal como este, pero también de ternura. Y de una compasión que escapa a todo prejuicio que se forme en un tiempo y lugar diferentes a los que concurren cuando se produce el hecho tan imaginario como real.

El padre pasa de cuestionarse la culpabilidad por la infelicidad de su hija a tener deseos de violarla, sin hacerle “demasiado daño”, como si fueran compatibles la mezcla de lástima, furia, lujuria y ternura, un remolino que lo está volviendo loco. Así mismo, terminaré asegurando que, en esa escena, por extraño que parezca, encontré mi propio argumento para explicar esta vocación de compartir parte de la vida con la literatura, tanto al leer como al escribir. En ella se halla contenido el sentido de esta artesanía y oficio de palabras: si de algo sirve es precisamente para contar aquello que no se puede decir de otra manera.

Descubrí a Toni Morrison hará más de veinte años, cuando estaba en el culmen de su carrera literaria, después de que le hubieran otorgado el premio Nobel. La primera mujer afroamericana de Estados Unidos en obtenerlo. Leí entonces su primera novela y después, no dejé de volver a ella, como la fuente de toda su esencia.

Toni Morrison recogió y expandió la tradición, ambiente y evolución de la cultura negra norteamericana desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Y aunque nos dejó en 2019, quedó como un tótem de la literatura afroamericana para siempre. Habría que buscar muchos otros antecedentes que fueron glorias más efímeras, como el poeta Paul Laurence Dunbar, tal vez el primer escritor de color que se ganó la vida con la literatura, o contemporáneas como Maya Angelou.

Las bases de esa tradición literaria están en el dolor, en la herencia de la esclavitud y la opresión a la comunidad afro. Pero la voz para contarlo había estado principalmente en boca de blancos, como Harriet Beecher Stowe y su Cabaña del Tío Tom, o Mark Twain, por ejemplo, con Mark Twain o Huckleberry Finn, ambas causantes de controversias aún en nuestros días, pero de un valor indudable en cuanto a retrato vívido de la relación de los afroamericanos con el resto de la sociedad estadounidense de la segunda mitad del XIX.

Imagino que el Premio Nobel otorgado a nuestra escritora llevaba consigo más nombres: el de todos los autores de su país que habían puesta la imaginación y la voz para contar la epopeya negra de Norteamérica, trasladando al papel la expresión de un largo sufrimiento.

La Nobel Morrison tuvo el acierto de tocar la médula de los conflictos raciales (aunque ella rechazaba la categoría de “razas”, al solo existir una raza, la humana), que vuelven y se revuelven, como estamos viendo en estos días de la era Trump.

Morrison escribió sobre los resentimientos que quedan por las formas grotescas de relación entre las comunidades blanca y negra. Hoy, la comunidad latina ha superado en número a la comunidad afro nacida en Estados Unidos. Figuras literarias como Julia Álvarez han trazado ya un camino al que le queda mucho por asfaltar hasta llegar a la potencia de la literatura negra. Ambas comunidades, aun mirándose con recelo, comparten en gran medida la marginalización de muchos de sus vecindarios, los nombres de los soldados muertos en combate muy lejos del país, los nombres y números de los internos en las prisiones de EE.UU., o muchos de los caídos en las Torres Gemelas.

En las novelas de Morrison se despliega una cultura plagada de complejos, de risas, de lazos indisolubles, de pasiones, de pastores adornados con sus collares de oro macizo influenciando políticamente a la comunidad a través de la religión; veremos las supersticiones y las creencias mágicas heredadas de los ancestros del otro lado del Atlántico. Y algunos momentos nos olerán a realismo mágico (por esa sintonía que se estableció entre la literatura sureña, sobre todo Faulkner, y el latir de los García Márquez o Isabel Allende). En Beloved se sentirá algunos aires que recuerdan a la Casa de los espíritus.

Veremos en Morrison violencia, mucha violencia, que no ha dejado de acompañar a esta institucionalización de la marginalidad en que ha vivido esta otra cultura en EE.UUU. Pero lo que Morrison destaca y saca a la luz no es precisamente el conflicto anglosajón-afroamericano, sino los conflictos internos de su comunidad, la búsqueda desesperada de la identidad entre los mismos negros (“Hay que quitarse ese hombrecito blanco que te acompaña por encima del hombro”, solía decir).

Y es ahí, donde la obra de Morrison se convierte, paradójicamente, ya no en una representación de la cultura negra, sino que tiene un alcance mucho más amplio. Habla de todos nosotros y nosotras. Su escritura parece nacer de un vientre materno, repleto de historia. Morrison denuncia con la misma fuerza las cadenas foráneas y las propias. Y contiene en sus obras la justa ambigüedad, que es la característica común de las obras literarias que valen la pena. Sula; Beloved; Jazz; Paraíso, en todas estas novelas vamos a encontrar la misma raíz de una obra que no se puede reducir a una sola novela.

Yo creo que es en la primera, The bluest eye, donde Morrison expone con más frescura y naturalidad la sensación de incomprensión, de vacío, confusión, frustración, mutilación e inocencia de una humanidad que viene al mundo y es desechada desde el principio, sin ninguna explicación. Una humanidad que tiene que ponerse a caminar donde nadie le acepta. Esta humanidad está contenida en la pequeña Peccola, en su historia, en su familia rota, en sus vecinas: las tres inolvidables prostitutas que hacen las veces de maestras de vida un tanto peculiares.

En sus oraciones y deseos de tener ojos azules, para que así la gente la mirara, la quisiera, como a Shirley Temple, hemos estado todos algunas veces. Todos hemos sido Peccola. Es fácil verla ahí, en medio de la calle, en algún semáforo con la mirada perdida, bajo el vacío inmenso de un cielo que es el único lugar que queda al que dirigir la pregunta: ¿por qué vivir en un mundo que te rechaza sin razón lógica y aparente? ¿Por qué vivir para sufrir las deudas de un lugar y un tiempo anterior?

La voz narradora de Claudia, la niña que cuenta la historia de Peccola, dice que al no poder enfrentarse y entender el porqué de los hechos, es mejor buscar refugio en el cómo. Tal vez en el relato, en el proceso de contar, se encuentran algunas respuestas.

Cuando releía The Bluest Eye, yo estaba en Managua, ciudad en la que entonces vivía. Mi novia era residente en un hospital al que había llegado una niña que acababan de encontrar junto al lago. La habían violado. Quisieron los doctores hacer un regalo. Al preguntarle, expresó que su deseo era tener una muñeca con el mismo color de su pelo, “y que fuera nueva”, sin ninguna mancha o arruga en el vestido. Tenía siete años. Fui a comprarle la muñeca y a llevársela. Me incliné sobre la cama donde estaba para darle un beso en la mejilla. Hasta ese instante no caí en la cuenta de que aquel gesto podría haberle producido una reacción de espanto.

Al contrario, la niña se abrazó a la muñeca y no se asustó. Como decía al principio, no sé cómo explicarlo. Siempre se fracasa con las palabras. Sentí que la novela de Morrison seguía escribiéndose con la misma crudeza de una realidad latente que nos deja atónitos, pero también con la sorprendente aparición de la ternura, que es el único traje con el que a veces se viste la esperanza.