La vida alegre de mi barrio en América

(Sobre la novela de Daniel Centeno)

Podcast Carátula y Mas. Con Daniel Centeno, Esther Ferrero y Javier Sancho Mas. EfectoDoppler Radio3

Gran parte de lo mejor de la literatura iberoamericana se escribe fuera de la patria. De la grande y de la chica. Es una seña de identidad: la escritura desde lejos. Las autoras y autores que han salido de su país, por voluntad propia, o por la situación sociopolítica, suelen cruzarse en segundas patrias: tan a menudo México, España o Estados Unidos. Reescriben su experiencia o a sus propios países desde esa otra distancia, no solo espacial. Últimamente, ha habido una cierta explosión de obras venezolanas, como las de Karina Sainz Borgo, quien no cree en literaturas nacionales, sino en un relato universal, que se engendra y vive, como sus obras, en lo particular y lo local.

Esos textos suelen ritmarse con la melancolía, pero a veces, muy pocas veces, esa añoranza se convierte en humor, parodia y esperpento. Y cuando ocurre, esas pocas veces, suele convertirse en una gran obra literaria.

Karina Sainz Borgo sobre las literaturas nacionales, o “la literatura”.

Ojo a esta “ida de olla” (como dirían en España) de Daniel Centeno, autor venezolano, que reside en Houston. Ojo porque les va a llevar de la mano de dos entrañables amigos, una vieja gloria de la canción romántica, y un joven rockero frustrado, en busca de una última oportunidad. Ojo a las idas y venidas por esa América que se resiste al tiempo, de tugurios, cantinas y rockolas con boleros de Daniel Santos, Juan Gabriel o los ritmos de La Sonora Matancera. Quien haya vivido apegado a los barrios de América Latina, da igual dónde, porque cualquier barrio de América Latina es el corazón de América, asentirá cuando vea reflejadas en estas páginas las contradicciones de lo “violentamente dulce” con que se vive en ellos. Copio palabras de Cortázar sobre un país y una revolución que nunca fue.  

Centeno se ha forjado literariamente con varios libros de ensayos, creación y perfiles como Postmodernidad en el cine (Premio Carlos Eduardo Frías, 1999), Periodismo a ras del boom (Universidad Autónoma de Nuevo León/Universidad de Los  Andes, 2007), Retratos hablados (Debate, Random House, 2010) y Ogros ejemplares (Lugar Común, 2015).  Fue finalista del XV Premio Internacional de Relato Breve Julio Cortázar y del Juan Rulfo. Actualmente dirige la revista cultural caratula.net.

La vida alegre se publica con el sello de Alfaguara en México. Y en ella nos reencontramos con esas músicas criollas edulcoradas, intensas y medio falsas, afectadas y medio verdaderas, como las aventuras de Poli, el rockero, y Sandalio, el viejo Ruiseñor de las Américas.

Labrar frases para el humor es un arte más difícil que la tragedia. Por eso, la novela de Centeno rezuma mucho trabajo de pulido. No de otro modo se explica que, a pesar de lo esperpéntico de los personajes, ni las frases ni las escenas lleguen al límite del artificio. Con un tono quijotesco, cada línea va medida con una fina intuición para que la realidad nos haga sonreír, al retorcerla con naturalidad. La risa no se provoca describiendo las reacciones de los personajes, sino a través de la interacción de las cosas con ellos. Hasta un punto en que es la realidad la que parece absurda, y no la curiosa compañía de Poli y El Ruiseñor.

Las aventuras de los protagonistas se enmarcan en la vivencia intensa y musical, desde un barrio caraqueño, que es como cualquiera de cualquier municipio del continente. Tenía la tentación de decir que se trata de un adiós a un mundo, con una sonrisa. Pero no. El mundo sigue ahí. Y harían bien Alfaguara en editar, también en España, esta novela en papel, no sólo en México, para acercar a los lectores la verdadera esencia de lo real imaginario que aún es el pan nuestro de cada día en la otra orilla hermana.

Un compatriota de Centeno, Rodrigo Blanco, describe bien el contexto de esta novela:  “Ese mundo ralentizado de canciones viejas que narraban amores desgraciados…; ese mundo donde el destino sólo podía tornarse favorable con grandes cantidades de dinero obtenidas de forma ilícita o azarosa; ese mundo, decía, siguió existiendo. Y existe todavía hoy, ajeno a Internet, el #MeToo y las Bitcoins, como un charquito de humedad cruel y sensiblera que nunca termina de secarse”.

No se puede ir contra la sangre. Y menos contra la que corre por un continente contagioso de boleros que se bailan muy pegados, en lugares donde sólo es posible creer que un cielo en el infierno cabe. Si no, ojo a esta novela hasta el final.

En la entrevista que grabamos en Efecto Doppler, de Radio3, le pedimos a Daniel varias recomendaciones de autoras y autores venezolanos, que escriben, como decía Sainz Borgo, su porción de literatura universal desde el recuerdo de lo local. Nos dio una buena lista para buscar y leer para acercarnos a ese querido país que ha sido un poco el de todos los que hablamos en español. Nos habló, entre otros, de Victoria De Stefano, Elisa Lerner, Yolanda Pantin, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, Rodrigo Blanco.

Y si desean leer La vida alegre con música de fondo, aquí una sugerencia: Rubén Blades, que también ha leído esta novela. El tema es la historia cantada de, cómo no, un cantante.  

¿Qué cuento me vas a contar esta noche?

Los cuentos infantiles (en español) no cruzan el Atlántico

¿Con qué cuentos se duermen las niñas y niños de un lado y otro del Atlántico? ¿De quién es la voz que se los lee? Si bien la literatura de adultos, escrita en español, viaja bien entre ambas orillas, no ocurre lo mismo con la infantil. Al parecer, los libros del género escritos en América Latina se quedan en América, y los de España en España. ¿Son los padres y madres quienes buscan referentes más próximos? ¿Es cuestión de la lengua o de la falta de promoción de historias y autores entre América Latina y España?

¡Ojo!, sólo hablamos de los cuentos infantiles de autores hispanos porque, al contrario que estos, los anglosajones sí se mueven bien entre la península ibérica y el continente americano. Y tampoco hablamos de la literatura juvenil, que es otra historia, puesto que youtubers e influecers son referencias compartidas en ambas orillas. Todo ello contribuye al buen momento de la literatura infantil y juvenil, que supera el 12% del total del mercado del libro.

Para saber lo que pasa, he acudido a dos expertas en el tema, Laia Zamarrón, editora de Alfaguara infantil, y Miriam Tirado, autora de cuentos de éxito y consultora de crianza. Hablamos para el programa Efecto Doppler de Radio 3 que se puede escuchar en el podcast. Una de las principales conclusiones, según Laia Zamarrón, es algo sencillo que, en realidad, debería de decirse del resto de los géneros: lo que prima son las historias y los personajes, por encima de los nombres de autores.

Para escuchar el programa completo, pulsa el icono de radio 3

Cuesta encontrar personajes en español que estén en el imaginario infantil de ambas orillas, más allá de Mafalda, o El Chavo del Ocho, aunque este último gracias a la televisión. No es ese el caso de algunas series de cuentos con personajes anglosajones, como Isidora Moon, esa niña mitad hada, mitad vampira, que tiene tantos lectores a un lado y otro, a los que no les interesa ni saben que su creadora se llama Harriet Muncaster.

Madres y padres mueven ficha en este curioso tablero de la literatura infantil. Muchas buscan tramas y temas con los que poder hablar con los más pequeños. Por eso, dentro del boom que vive la literatura infantil, hay otro boom interno de libros que abordan temas complejos, como la pérdida, por ejemplo. Se trata de “cuentos con causa”, que podrían tener un paralelo en los libros de autoayuda para adultos, con el ingrediente de la ficción. Si ello va o no en detrimento de la calidad literaria de los cuentos es un tema sobre el que también hemos hablado con las expertas. Lo que es indudable es que, hoy, la lectura de Caperucita, así como la de algunos clásicos, ha cambiado para siempre. La balanza entre un propósito exclusivamente literario y otro ético o moral, entre el estilo y la moraleja, actualmente, está posiblemente inclinada hacia lo segundo.

El desafío es abordar el tema con calidad literaria. Nura, la protagonista de El hilo invisible, un cuento con el éxito de varias tiradas en el último año, le pregunta a su madre para qué sirve el ombligo. Esa pregunta despliega una historia que apunta a preparar a la niña para la pérdida de sus seres queridos, sin que ello signifique cortar los lazos para siempre. Miriam Tirado, su autora, defiende este género que, además, es muy útil para los padres a la hora de explicar ciertas cosas a los niños. Lo ideal no es utilizar el libro como un guion cerrado, sino que les sirva a los dos, adultos y niños, para recrearlo.

Las voces de la madre, el padre, la abuela, la cuidadora… están asociadas al acto de leer un cuento a los más pequeños. No hace muchos años, esas voces solían contar las historias de memoria, o las recreaban constantemente. La mayoría de las veces, sin libros de por medio. El de los elefantes que ayudaban a unos piratas a desencallar su barco de la playa era uno de mis cuentos favoritos cuando me encontraba enfermo. No sé dónde lo aprendió mi madre, pero recuerdo que le añadía ingredientes o variaba la trama. Lo hacía nuevo en cada una de mis fiebres altas. Y lo mismo mi padre con unos aventureros, Masai y Pedrillo, de los que le había hablado mi abuelo.

Durante algún tiempo, mientras he viajado como periodista por países de África (por las mismas tierras que exploraban Masai y Pedrillo en la voz de mi padre) y América Latina, principalmente, he preguntado a hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sobre los cuentos que recordaban y los que leían. Lo que he observado es que se ha roto, en gran medida, la memoria de la transmisión oral.

Madres y padres jóvenes se han quedado sin cuentos en la memoria. Sin cuentos que contar a sus hijos, acuden cuando pueden a los libros o a las pantallas, o a nada, hasta que el niño se duerma. Se trata, simplemente, de un hecho de nuestro tiempo. Así que no es de extrañar que a algunos les entre el pánico si un niño, antes de dormir, les pide que les cuente un cuento.

Si es tu caso, esta misma noche, aquí van tres sugerencias que hizo Laia Zamarrón para, al menos, tres niñas o niños diferentes. Para uno, con miedo a la noche: Un monstruo en mi armario; para uno con mal genio: Julieta estate quieta; y para otro que haya perdido a un ser querido, además del ya mencionado: El zorro y la estrella.

Las letras de los cuentos infantiles necesitan la voz con la misma urgencia que las de las canciones. Dependen de la voz para que habiten la memoria y se recreen. Es maravilloso poder ser alguna vez esa voz.

12 Libros de 2020 contados en un minuto. Ideas para regalar.

Play: Audio completo Efecto Doppler. Sección Carátula y Más

Aquí llega el segundo lote de 6 recomendaciones de la revista carátula y Efecto Doppler de Radio 3, para quien quisiera regalar algo por navidad, que aún nos queda Reyes por delante, así que continuamos nuestro repaso del año por los 12 libros que han elegido nuestros prescriptores invitados.

Se trata de libros de diferentes géneros que han llamado la atención, bien por el tema, o porque han devuelto la mirada hacia la obra de esos autores, o porque ha hecho vibrar algo íntimo en quienes lo leyeron.

Por eso, les hemos pedido a los prescriptores que nos hagan contraportadas de voz. Como si entrásemos a cualquier librería y al coger un libro, y darle la vuelta, su contraportada nos hablase, en no más de un minuto, para contarnos de qué va.

Una casa lejos de casa. Clara Obligado. Comentado por Javier Serena

Y aquí va la primera, recomendada por el autor y crítico Javier Serena. Una casa lejos de casa, es su título de la autora hispano-argentina Clara Obligado, publicado por la editorial valenciana Contrabando. Ojo al fragmento sobre la identidad y la libertad que nos lee Javier al final.

Contra de voz por J.Serena.

Mi vida y el palacio. Helena Urán. Comentado por Laura Restrepo

Nos vamos a Colombia. Siempre regresamos a Colombia, que es un amor. Y lo hacemos con la autora de Delirio, de Hotsur, o de Errantes, Laura Restrepo. Y nos invita a acercarnos al relato testimonio de Helena Urán, cuyo padre fue víctima de un hecho que marcó una parte de la historia de Colombia.

Contra de voz por L.Restrepo

Residencia de Estudiantes. Susana Martín Segarra. Comentado por Patricia Simón

Y ahora, en este puente aéreo que nos acerca a espacios y tiempos compartidos entre ambos lados del Atlántico, llegamos a Madrid, a un lugar muy especial que, aunque hoy sigue en pie. Parece en sí mismo un viaje en el tiempo, a un tiempo muy específico, y a unos seres de luz muy específicos también, sólo con mencionarlo: Residencia de Estudiantes. La contraportada la pone la periodista Patricia Simón.

Contra de voz por P.Simón

Voyager. Nona Fernández. Comentado por Fco. Javier Rodríguez Marcos

Ahora nos vamos a dejar llevar por una viajera especial al desierto de Atacama, en Chile. Voyager es el título que nos recomienda el poeta y periodista Fco. Javier Rodríguez Marcos. De la autora Nona Fernández.

Contra de voz por Fco. J. Rodríguez Marcos

Cuaderno de faros. Jazmina Barrera. Comentado por Javier Serena

Y hablando de ensayos narrativos, Javier Serena nos invita a leer la obra de una autora mexicana interesante, Jazmina Barrera, y nos trae una reseña sobre ella en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Contra de voz por J. Serena

La extraña tribu de las manos limpias. Diario de un confinamiento. Xuan Cándano. Comentado por Patricia Simón

Y una peculiar sugerencia más de Patricia Simón, con esta pregunta: ¿Y si miramos el lado positivo que hubo también en esta pandemia de 2020? De algún modo,  supuso reencuentros con lo esencial, ¿no?. Aquí Lo hace el asturiano Xuan Cándano en un diario muy particular, publicado en “La última canana de Pancho Villa” donde encontraremos “besos con arroz”.

Contra de voz por P. Simón

Espero tengan suficiente donde elegir libros para regalar en estos días de besos “con arroz” o con uvas

#Reto100Novelas Para Siempre (3)

La Metamorfosis (Die Verwandlung.1916)

Franz Kafka (Praga. Rep. Checha. 1883-1924)

Justo ahí, en ese instante, cuando Grete decide cerrar con llave el cuarto de su hermano, convertido en cucaracha, para no verlo nunca más, es cuando

A través de la reclusión del personaje central de este relato largo, que aquí incluimos en la categoría de novela para siempre, Kafka abrió una puerta a nuestros agujeros negros, a los rincones íntimos más solitarios. Y es en ese personaje, Gregorio Samsa, convertido en monstruo (algo parecido a una enorme cucaracha de la noche a la mañana) donde nos hemos visto todos alguna vez como en un espejo. ¿Quién no ha sido ese bicho raro, incomprendido, aislado, marginado en su propio hogar, en su propio mundo, alguna vez en la vida?  ¿O toda ella? Historias espejo como estas alcanzan categoría de universal.

Si en las dos obras que le preceden en esta serie (Reto100Novelas) se requería de paciencia y de tiempo, ahora lo que se necesita es estar en sintonía con la intensidad de este relato. Y aunque se lee de una sentada, queda en la memoria y en los sueños toda la vida.

Pasados los tiempos románticos del nacionalismo del siglo XIX, del socialismo utópico, del orgullo victoriano, de las emancipaciones de todo tipo, el ser humano se encuentra frente a un siglo en el que empieza a sentirse abrumado por el vértigo de la tecnología. Un mundo que, a costa de hacerse más pequeño, nos hace cada vez más ajenos, y el resultado: un permanente sentimiento de inseguridad, de desolación, de abandono, de frustrante conciencia de la brecha entre nuestros anhelos y la realidad. Kafka le da forma a todo ello en una magnífica obra, no extensa, pero sí densa, que influirá tanto en la literatura como en la psicología, la educación u otras disciplinas que estructuran nuestra percepción y análisis de la realidad.

Samsa, un viajante comercial anodino, se despierta una mañana convertido en un insecto. A partir de aquí, asistimos a dos luchas: la de la familia, de clase media sin demasiados recursos que, tras unos comienzos desconcertantes, trata de adaptarse a la situación. Pero, al final, acaba por ignorar a su extraño miembro, a pesar de que está con ellos, dentro de la misma casa. La otra es la lucha del propio Gregorio en asimilar su situación y el rechazo de su familia.

Lo mágico de Kafka es lo que él ni siquiera pude vislumbrar: que su personaje se abrazase, a través del relato de su extraordinaria transformación, al sentimiento tangible y común de los parias de la tierra, los olvidados, los vagabundos, los explotados, las víctimas de discriminación, los genios, los solitarios, los locos, los rechazados, los visionarios incomprendidos. Todos aquellos que son denostados de alguna u otra manera cuando se salen de lo que otros conciben bajo un concepto peligroso y absolutamente falso: “Lo normal”, lo uniforme o el pensamiento único.

En el caso de Gregorio, hasta su hermana Grete, que, en un principio, es la única que mantiene el contacto y le lleva algo de comida, termina por rechazarle al comprobar que Gregorio no vuelve a la escala de la normalidad, sin comprender que él también está luchando consigo mismo.

Justo ahí, en ese instante, cuando Grete decide cerrar con llave el cuarto de su hermano, convertido en cucaracha, para no verlo nunca más, es cuando se cumple para siempre su destino de ostracismo. Y por ello resulta más estremecedora la pregunta que formula y que Grete no puede oír. Sólo puede hacerlo el lector, que es quien se queda con Samsa, pero ninguno de los dos se pueden ver: “¿Y ahora? – se dijo para sí Gregorio Samsa mirando alrededor la oscuridad”

Kafka es un creador de atmósferas oníricas. En ese ambiente, nos acerca a los temas universales de la búsqueda de la identidad y la propia aceptación, la lucha contra el poder o contra la sujeción a estructuras asfixiantes. Una pieza desgarradora y brutal como La Carta al padre exhibe la proporción del sentimiento de opresión que había sentido el autor frente a la figura paterna o a cualquier otra institución de poder. Dos novelas, El proceso y El castillo reflejan similares inquietudes.

Kafka, de padres judíos germanoparlantes, estudió Derecho y trabajó en una aseguradora en su Praga natal.  Y aunque era respetado y querido por sus compañeros, siempre menospreció esa tarea pues le quitaba tiempo de lo que era su verdadera vocación: escribir y liberar sus fantasmas y, de paso, los de todos nosotros.

Su fama no llegó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Parece que eso fue contra su voluntad, ya que un amigo, Max Brod quiso, gracias al cielo, contradecir la última palabra de Kafka. Había dado instrucciones para que, después de morir de tuberculosis, se quemaran todos sus escritos. Brod, salvó a Kafka de morir y nos lo regaló para siempre, pues como decíamos antes, quisiéramos que amigos como él estuvieran a nuestro lado, al despertar tras una noche en la que había creído ser insectos. Pero ya nos advertía el inolvidable Monterroso que los dinosaurios todavía siguen ahí, acechándonos al despertar.

Las ediciones de La Metamorfosis son numerosas y de gran calidad por lo general. Y al ser de poca extensión, estas ediciones se suelen completar con otros textos de Kafka que nos enriquecen aún más la lectura. Leer La Metamorfosis es justo y necesario, no para la gente “normal” del mundo de la “normalidad” donde todo lo diferente es peligroso, sino para esa otra inmensa mayoría que sostiene la misma lucha de Gregorio Samsa. No dejemos que pase más tiempo sin volver a ella. No dejemos de volver a nosotros mismos a través de este relato que fue escrito para siempre. Como lectores de esta historia, esperamos, siempre esperaremos, que Gregorio despierte, abra la puerta y le cuenta a Grete la extraña pesadilla que ha tenido. Y a medida que no vemos claro ese final, el mundo se vuelve una habitación cerrada, en cuyo interior, una criatura grita en forma de pregunta: “¿Y ahora?”. Pero no sabe que una lectora, o un lector, desde otra oscuridad, desde otra habitación cerrada, la está escuchando y la repite sin fin.

LOS FRUTOS EXTRAÑOS DE LEILA GUERRIERO

Podcast. Entrevista en Radio3. Efecto Doppler. Carátula y Más.

No permitía que la distrajéramos ni un segundo. Cuando ella estaba entrevistando a alguien. Toda su concentración estaba en la mujer que le hablaba. Estábamos en Zimbawe para un reportaje. Le acompañábamos el fotógrafo Juan Carlos Tomasi y yo. Y hubo alguna ocasión que nos pidió que saliéramos para dejarla sola con la mujer que había perdido un hijo, víctima del sida.

Eso nos cayó mal. Que fuese tan seria en su trabajo. Como si una entrevista fuese una cirugía a corazón abierto. Luego, la vi salir, grabadora en mano, hablando sola. Iba describiendo cada cosa que había visto en una choza donde no había nada. Sólo aquella mujer y el dolor. Leila Guerriero no tomaba notas. Sólo utilizaba, y sigue utilizando, como nos confirmó en la entrevista que reproducimos más abajo (en podcast) un grabador. Lo hace para no perder la mirada, para no dejar de fijarse en los ojos.

Y luego, viene el resto del trabajo. El combate con las palabras. Hay quien para escribir se pone guantes de boxeo, se calza zapatillas y se sube a un ring. Empezar un texto, encontrar la palabra, la frase justa (si es que existe tal cosa), a veces, cuesta sangre, sudor y lágrimas. Otras, llega en vuelo, como dada. Pero, en general, suele ser producto de un martilleo constante. De ese combate nos habla Leila Guerriero al inicio de Frutos extraños, recientemente reeditada por Alfaguara, donde compila algunas de sus crónicas y perfiles de las dos últimas décadas.

Ese texto de inicio se titula “Mi diablo”, y es su testimonio acerca de cómo se le metió la escritura en las venas. En esta entrevista desentrañamos con ella el arte de la escritura periodística, labrada con el mismo esmero que se dedica a la alta literatura. Es una maestra de la crónica. Nos corrió de aquella choza porque le desconcentrábamos. No olvidaré la vergüenza y el respeto que me hizo sentir ese día por el oficio de contar.

Julieta Laso. Martingala. “Fantasmas”

#Reto 100 Novelas Para Siempre (2)

M.Proust. En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swan (I) (A la recherche du temp perdu. Du coté de chez Swan. 1913)

“Pereceremos; pero nos llevaremos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parecerá menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable”.

Esta es la felicidad: anochece, y un niño en cama espera que suba la madre a su cuarto para darle el beso de buenas noches. El niño que espera es el adulto que después recordará esos momentos. Ambos tiempos son la felicidad. Ni siquiera el beso, sino la espera, el deseo del niño y, después, la recreación infinita del recuerdo en el adulto. No se trata de un beso, sino de las mil formas de felicidad en esperarla o recordarlo. Después de gozar así, ya nada importa que la realidad se parezca o no a lo que la memoria y la imaginación crean.

Tras el primer pico superado del Ulises de Joyce, ahora tocará el recorrido por uno de los grandes monumentos literarios del siglo XX, al que asisten con veneración y recogimiento muchísimos escritores y lectores de nuestro tiempo para bautizarse o confirmar su fe verdadera en el poder creador de la palabra. Decíamos que el Ulises de Joyce abría las puertas de un nuevo estilo, una manera de enfocar la realidad, y así lo hace también la otra gran obra que inaugura la literatura contemporánea, En Busca del Tiempo Perdido, serie formada de siete volúmenes publicados desde 1913 a 1927 del escritor francés Marcel Proust (París. 1871-1922).

La lectura de esta obra requiere de la misma paciencia y tiempo que un paseo con un amigo de toda la vida. A ese placer se le puede comparar porque es con un amigo o amiga en movimiento cuando se pueden, a veces, descubrir con él o ella lo que nos estuvo oculto durante mucho tiempo. Se pueden resolver algunos misterios y hasta despejar el sentido de los detalles pequeños. Esa es la maravillosa tarea que Proust se impuso antes que la muerte le llegara: aprehender el tiempo que nos pasa por dentro.

Para tal labor se requiere la técnica de la introspección con la consiguiente minuciosidad y vehemencia en querer siempre llegar más allá del interior, comprender hasta la médula la fragilidad del hombre y la mujer, y de todo lo que les rodea. A veces, el autor se vuelve hacia el lector utilizando el “nosotros” y nos invita a compararnos con lo que se está observando para continuar después con el relato como si asistiéramos a un teatro costumbrista de apariencia, pero que es mucho más que eso.

La obsesión de Proust es la fugacidad de todo, y la incapacidad congénita de gozar de los momentos en total plenitud, sin poder desterrar esa sensación perenne de que siempre nos falta algo. En su obra Proust halla la felicidad, no en los hechos que suponemos que nos la dan.

A Don Quijote no le importaba que Aldonza Lorenzo fuera una mujer ruda y vulgar sin nada de feminidad en sus atributos porque su memoria y su imaginación la creaban al estilo de Dulcinea del Toboso. Proust cree adivinar que probablemente la única realidad es la de la memoria, ya que en ella podemos recorrer lo que los límites de los espacios y los tiempos no nos permiten.

Comprender algunas cosas que nos pasaron puede otorgarnos la benevolencia y la ligereza de poder caminar sin mochilas pesadas a la espalda. En la primera de las novelas, Por el Camino de Swam, Proust halla al tiempo como algo recobrable; vence al olvido definiendo como nadie los sentimientos captados en momentos concretos. Nos describe con una bondad y una comprensión enormes las razones ocultas de un personaje enfermo de celos, las del amor verdadero y silencioso, las de las mentiras, y hasta ofrece una maravillosa exposición de un acto de sadismo envuelto en una atmósfera de necesidad de amor.

Dentro de la memoria con la que Proust vence al olvido y a la muerte, está el reino de las sensaciones del gusto y del olfato que guardan el pasado como describe en uno de esos momentos de la literatura para siempre: cuando al tomar una magdalena mojada en té, se le devuelve la infancia:

“Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”.

Para construir este enorme edificio de quince volúmenes, Proust luchó contra el asma que le trajo la muerte. Él no conoció el éxito hasta el final de su vida y fue gracias a un amigo Leon Daudet que le descubrió como escritor. Ganó el prestigioso premio Goncourt de novela, tres años antes de morir. Su personalidad era tremendamente sensible. Dicen que no podía salir de un café sin regalar propinas a todos los camareros, incluso aunque no le hubiesen servido porque no estaba en él soportar el figurarse que alguien podía sentirse marginado.

Debido a su enfermedad salía poco de los cuartos de su casa o de hotel donde escribía sin descanso. Admiraba la naturaleza en la distancia y tenía que ser apartado hasta de un ramillete de flores que le mandaran de regalo pues le incrementaba los ataques. Quizá por eso los paisajes campestres de su obra son tan idealizados, parecidos a los de los cuadros. Sus críticos le denuestan la visión unilateral de un mundo burgués que conocía muy bien, pero la realidad es que, no importa en qué mundo o universo se ubique el narrador, siempre que nos abra la puerta a ese otro mundo interior y compartido por todos. Kafka encontró la llave de esa puerta. Ello lo convierte en el escritor más influyente junto a Joyce, Kafka y Borges del Siglo XX.

Proust murió pensando que el amor de la gente le era vedado por su reclusión, igual que el amor de Dios “porque nadie le enseñó a conocerlo”. Sin embargo, su obra es una obra de amor a la humanidad a través de su pequeño mundo burgués.

El tiempo es relativo y al leer el primer volumen al menos, uno se descubre, hasta con pudor, por dentro y se quiere un poco más, y quiere recuperar lo que estaba perdido. Pero el Proust inconformista enfrenta, al final del primer volumen, un choque con la realidad al querer suplantarla por el recuerdo. De ese primer choque queda vencido. Y uno quiere seguir con él, presenciar cómo se levanta de la lona, saber si es posible vencer a la realidad cuando esta nos falla y hallar, como titula a su último volumen, El Tiempo Recobrado.

Advertíamos al principio que leer esta obra requiere tiempo, pero al final recompensa aprender a mirar nuestro pasado e incluso las horas muertas o el tiempo perdido. Qué maravilla recobrar esos paisajes de la infancia, que Saramago insistía en llevar con uno, y las sensaciones invisibles del arte y de la música que apresamos mientras con-vivimos. De esto nos da una idea, una frase feliz de la novela que invitamos a recorrer:

“Pereceremos; pero nos llevaremos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parecerá menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable”.

Recomendaremos de entre todas las ediciones, la traducida al español por el poeta Pedro Salinas (¿el mejor del 27?)

#Reto 100 Novelas Para Siempre (1)

ULISES (Ulysses 1922)

James Joyce. (Dublín. Irlanda 1882- Zürich. Suiza 1941)

No es de extrañar que después de abrir las páginas de esta novela y de las que vendrían después durante todo el siglo XX, los críticos más pesimistas, que gustan de frases con las que tirar la piedra de la polémica, dijeran que la novela había muerto. Y de hecho no es ocioso afirmar que después del Ulises, y de En Busca del Tiempo Perdido de Proust nada en la novela ni en la literatura sería igual.

Fijémonos en el año de su aparición: 1922, el mismo año en que Eliot publica su Tierra Baldía (Waste Land) que provoca un revuelo similar en poesía, aunque no de tanto alcance como la del Ulises. El mismo T.S.Eliot declara a Joyce “el mejor escritor de prosa vivo” de su tiempo, y en conversaciones privadas va más allá y dice que era el “único” escritor vivo de su tiempo. La admiración que Joyce obtuvo de Eliot le costó conseguirla de las editoriales y del público.

Estamos en una Europa que todavía trata de curar las heridas que dejó la Primera Guerra Mundial, y que después se volverán a abrir en una segunda. Hay una generación de talentosos escritores a la que se le llamó la generación perdida, precisamente por los estragos de una guerra y sus secuelas que vinieron a romper y despertar a un mundo que todavía dormía en un romanticismo antiguo. La psicología y la tecnología asaltan la vida del hombre para hacerse indispensables. Estados Unidos se erige como estandarte de un progreso en Occidente que al final de la década del Ulises, enseñará en su cara más cruel la

falacia del sueño americano, que saltaba desde las ventanas de Wall Street el fatídico Martes Negro.

Y en medio de ese mundo, surge Joyce, un irlandés con gafas gruesas (sufría de glaucoma), nacido de familia pobre y educado con el esmero y la rigidez de los jesuitas. Su lucha contra la pobreza no le abandonará nunca. Pero él se deja poseer por la incógnita y el caos de la vida del hombre y lo esboza en una novela, el Ulises, que fue después censurada en muchos países por observarse en ella obscenidades, sexo sin vestiduras (a como debe ser), insinuaciones que profanaban las tradiciones heredadas de la época victoriana.

Es un compendia de diatribas que nacen del monólogo interior y sincero de los personajes, una técnica, si no nueva, sí explorada hasta sus límites más lejanos por primera vez en esta novela. A través de ella, Joyce pudo afrontar muchos temas que, de otra forma, no hubieran podido expresarse sin caer en lo ñoño o caricaturesco.

Para construir la novela, Joyce se basa en sus recuerdos y en la ayuda de un hermano que le envía datos y planos sobre las calles de Dublín que los dos personajes centrales habrían de recorrer. El autor se despide y deja que sus personajes hablen y actúen como quieran.

A diferencia del Retrato del Joven Artista, en esta ocasión Joyce enfoca la novela desde tres ángulos, elaborando una continua emisión de monólogos, diálogos o reflexiones que se desarrollan en la mente de sus personajes, sin orden aparente, según le va pasando por la cabeza a medida que actúa. Es el reflejo del stream of consciosusness con que el cerebro recibe y emite esa mezcla de imágenes pertenecientes a la vida real o a la ilusoria que se imbrican en nuestra caja de recuerdos conscientes o inconscientes.

El primer personaje es Stephen Dedalus, que, de vuelta a su lugar de origen, Dublín, afronta nuevamente la vida de su círculo de amigos, y las estrecheces de su ambiente familiar. Su visión del mundo, de una intelectualidad refinada, se contrapone a la de Leopold Bloom, un judío dublinés mucho más apegado a las preocupaciones mundanas. Todas las acciones y expresiones de ambos se ven contrapuestas a las de un tercer personaje, Molly, esposa de Bloom. Ellos interrelacionan sus vidas con la cotidianeidad de Dublín en un único día: el 16 de Junio de 1904. Aparentemente, la novela reinventa el mito de la Odisea, siendo Bloom el Odiseo o Ulises que vuelve a Ítaca (vale Dublín), en la que Stephen es Telémaco, y Molly, Penélope. Esta última es la que menos se mueve en la novela, pues permanece en su cama en un constante monólogo interior o entreteniendo a un amante con el que le es infiel a Bloom después de un largo celibato.

Cuando Bloom y Stephen se encuentran, los dos han recorrido un largo camino por Dublín y por la vida. Ambos están borrachos y se reconocen

como peregrinos. Ambos han luchado interiormente, como cuando al contemplar un escaparte, emerge el sentimiento católico de la culpa. En Stephen, es el de no haber rezado ante el lecho de muerte de su propia madre. En Bloom, supone una mezcolanza de recuerdos de ritos y frases judías con la imagen un hijo muerto o con la rutina de la ciudad que le sirve de escenario.

La aceptación posterior que tuvo esta novela fue tal que ya forma parte de los símbolos del pueblo irlandés y, particularmente, de Dublín. La celebración del Bloomsday, atrae todos los años, en el mismo día en que se desarrolla la novela, a peregrinos cerveceros que procesionan religiosamente de pub en pub, reproduciendo el mismo itinerario de la novela.

Con esta obra, se puede decir con Castellet que ha llegado “la hora del lector”. El éxito de el Ulises y de las obras de Joyce, estriban en que requieren la atención y cooperación del lector. Apelan a su inteligencia o creatividad, sin la cual, no se puede reconstruir el universo propuesto por el autor, convirtiéndose así la novela en una obra abierta como exclama Umberto Eco.

Es necesario advertir que esta novela es más legible que comprensible. Para disfrutar realmente de ella se requiere de la eliminación de todo prejuicio racionalista que la quiera ordenar al modo tradicional. Se sucumbe ante ella o se acepta de ante mano que dejará muchas lagunas entre el absurdo y el misterio. Se trata de un ir y venir por los ingredientes que componen nuestra cultura occidental. No le falta la ironía más punzante, la violencia, el sarcasmo, la contradicción, el drama, el humor, la fantasía y el sentimentalismo, o la revisión subjetiva de la historia. En fin, es un tesoro a nuestro alcance, siempre y cuando nos dejemos llevar como de la mano de un mago y sepamos que estamos pagando para que nunca se nos revele el truco.

Siempre recomendable es avanzar con una traducción que les ayude a superar las trampas del lenguaje. Aunque es imposible su perfecta traslación a nuestra lengua, fue loable la titánica edición de José María Valverde. En cualquier caso, si le echan un ojo durante un tiempo prudencial, les prometo que es algo que no olvidarán. Todo lo demás, les parecerá un camino llano.

EL RETO DE LAS 100 NOVELAS PARA SIEMPRE

Por Francisco Javier SANCHO MÁS.

¿En qué consiste?

Leerse y comentar 100 novelas en dos años y un mes. Este reto surgió la década pasada, mientras vivía y trabajaba en Managua. Tuve la fortuna de que el suplemento cultural del Nuevo Diario me abriese la puerta y su director, el poeta Luis Rocha, lo acogiese. Durante 25 meses, cada sábado, publicaríamos una invitación o provocación a la lectura de una de las 100 novelas para siempre que se hubieran escrito en el siglo XX. Disponía de libertad de criterio para seleccionar las que debía leer, o releer en algunos casos. Fue un tiempo de felicidad casi absoluta. Muchas personas siguieron el reto, leyendo y releyendo con nosotros aquellas obras de las que hablaba en el suplemento. Finalmente, las 100 reseñas se publicaron en la editorial LEA. Ahora vuelvo a lanzar el reto, periódicamente, en este blog, esperando provocar el interés por dichas obras en alguna lectora o lector, y animarles a secundarlo y aportar sus variantes.

¿Por qué del siglo XX y por qué para siempre?

No ha habido otra centuria igual para la novela. Experimentó una revolución sólo comparada a la aparición del Quijote en el siglo XVII, o las novelas picarescas, o a la del Tristram Shandy en el XVIII. Y al mismo tiempo, como en toda época de cambio, muchos preconizaron su final. Otros prefirieron verlo como el comienzo de un nuevo caminar adaptado a la senda y el ritmo por el que evolucionaba la sociedad industrializada, en vertientes desconocidas y con una rapidez inusitada. La aparición frenética de innovaciones, durante finales del XIX y del primer cuarto del siglo XX, es un preludio espejo de nuestro primer cuarto del siglo XXI. El arribo de una nueva ciencia, la psicología, vino a hacer más compleja la forma de observar y percibir la experiencia vital del ser humano, y también a tratar de expresarla y entenderla de un modo más acorde con dicha complejidad.

La enorme vitalidad e impulso que se produjo en el período de entreguerras a nivel cultural y educativo desembocó en una experimentación constante en la forma de escribir, así como en el desarrollo de las diversas disciplinas artísticas. La irrupción de los diferentes ismos anticipaba un siglo de creatividad colosal. Esto no significa que en ese tiempo se escribieran grandes novelas, sino que se estaban sentado las bases de nuevas formas de expresión o traslación artísticas. Lamentablemente, la sucesión de diferentes conflictos (desde

la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial) y sus brutales y masivas consecuencias, mermaron, creo, las condiciones para el desarrollo de la cultura y del género novelesco. Sin embargo, en las décadas siguientes, la novela ha tenido ciclos de mucha altura dejando también obras para siempre (un “para siempre” que sólo es una mera ilusión).

¿Bajo qué criterio?

Estas obras son tan imprescindibles como lo pueden ser otras. No nos basamos sólo en la propia opinión o gusto, sino que nos dejamos guiar, en algunos casos, por el consenso de la crítica, o por las circunstancias en las que se publicaron en aquel tiempo y lugar. Pero principalmente elegimos aquellas que tenían algo en común: la capacidad de imprimirnos una sensación: la de que, “al final”, no estamos solos en medio del laberinto de nuestra existencia. Todas esas palabras que se vestían con el hábito del relato novelesco nos podían prestar un hilo de Ariadna para andar de noche por el laberinto.

Empezamos por lo más difícil. Luego, ya todo será más llano.

La literatura está para decir cosas que no se pueden decir ni explicar de otra manera. Desde la antigüedad, el relato oral y escrito ha sido nuestra herramienta más sofisticada. En el siglo XX, la novela se ha convertido en el espacio de libertad más absoluta para conocernos mejor, y de ese modo quizá amarnos, o salvarnos la vida, al decir de Sócrates. Empezamos con una novela muy difícil. Es más, les animo a saltársela, cambiarla por otra, o leer sólo algunos de sus fragmentos para darse una idea de la propuesta técnica y estética que supuso. El Ulises de Joyce no retribuye con placer inmediato, a no ser que seamos un poco masocas. Pero los caminos que abre a la posibilidad de la traducción de nuestro múltiple, poliédrico y disparatado, a veces, discurso interior (o flujo de la conciencia) merecen que sea el pórtico de este reto. Ni antes ni después se ha escrito algo igual a esta obra de Joyce.

La recompensa del reto: la bondad.

Llegados a este punto, sólo puedo decirles que la experiencia de conocer, en general y con amplitud, las mejores obras del siglo XX, deja una sensación de bondad en el ánimo. Y una certeza absoluta: la de no poder juzgar al ser humano, expuesto a una fragilidad completa en medio del laberinto.

Si se animan, anúdense el hilo fuertemente al dedo corazón, y caminen con nosotros a lo largo de esta serie por obras que no se olvidarán. Todas ellas forman una vida contada, que pasa por dos guerras mundiales y otras aledañas, por la desolación y por la felicidad inesperada, y por una gran y extraordinaria historia de amor. Como se dijo al principio, esto es sólo una invitación a que nos acompañen. A que nos acompañes. Y tráete en la mochila los libros que quieras.

Las voladoras

Imagina. Uno de tus miedos surca el vaho de la ventana y escribe tu nombre. Puedes romper el cristal, echar los restos de valentía y estrellarlos contra él. Gritar. Y después, el baile de la libertad o la locura de haber vencido, o del miedo a que aparezca otra vez tu nombre escrito en algún rincón oscuro que no quieres saber.

Ahora estás en la cordillera andina, o cerca de ella, en el Ecuador. Eres una mujer. Eres varias mujeres que danzan alrededor de las víctimas de la violencia o del abuso. Mujeres que se sacan la cabeza y danzan. O eres un padre, y además un chamán, que quiere resucitar el cuerpo de su hija. O eres una hermana que pregunta a su gemela: “¿A qué te sabe la sangre?”, y ella te responde: “Me sabe a lenguaje”.

A este universo onírico, de pavores telúricos nos lleva la joven escritora ecuatoriana Mónica Ojeda con su nuevo libro de relatos Las Voladoras, editado por páginas de espuma. Y nuevamente, da rienda suelta a la voz de mujeres que se enfrentan como víctimas o victimarias a los deseos más íntimos o al horror con la inmensa ternura de una prosa que seduce y acaricia. Mónica es una poeta que escribe en prosa, verso a verso. Le queda mucho universo por delante. ¿Seguirá buceando, como en sus novelas Mandíbula, o Nefando en las zonas más oscuras que no se pueden contar si no es a través de la literatura? Ayer le pregunté, recordando aquella frase de Nietzsche “si miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devolverá la mirada”. Le pregunté en @EfectoDopplerR3, en la sección de Carátula y Más, si no le daba miedo escribir tan adentro del miedo. Aquí la entrevista

Ese dolor, ese amor del 73

Escuchar Podcast (desde el minuto 43)

Pero mi amor se ha quedado aquí:

Pegado a las rocas, al mar y a las montañas

Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.

Canto a su amor desaparecido.

Raúl Zurita.

Fco. Javier SANCHO MAS

En un diálogo de la película El cartero de Neruda, dos discuten sobre si el poeta chileno es el poeta del compromiso o el poeta del amor. No recuerdo si dicho diálogo está en la obra original de Antonio Skármeta, pero esas dos mismas vertientes irradiaron en muchos de los poetas posteriores. Así los Cardenal, Benedetti, Claribel Alegría o Raúl Zurita. Este último, compatriota de Neruda y último premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Para quien no lo conozca, será un verdadero encuentro con una voz, una voz que arrastra cuerpos. 800 fueron los cuerpos de los presos con los que habitó en la bodega de un barco que sólo estaba habilitada para unas pocas decenas. De aquellos días y noches de tortura, de 1973, tras el golpe de Pinochet, Zurita extrajo una herida y un compromiso con la palabra y con la vida.

Fue en ese mismo año de 1973 cuando el uruguayo Mario Benedetti tuvo que emprender el camino del exilio por otro golpe militar. Y es en este, de 2020, centenario de su nacimiento, cuando dos obras, Un Mito discretísimo, de Hortensia Campanella, y una antología reunida por Joan Manuel Serrat, editada por Visor y Alfagura, que lo pondrán de nuevo en primera línea de vitrinas.

Fueron tantas las vidas que quedaron marcadas ese año crucial de 1973 que hasta produce temblor decir que uno nació entonces, con el baby boom, en ese año de tantas noches en el mundo, y que quedó en la historia como 2001, o 2008 o 2020. Es como haber nacido pidiendo perdón.

De Raúl Zurita hablamos en la sección #Carátula y Mas de @EfectoDopplerR3 y pudimos escuchar su voz “pegada a las rocas, al mar y a las montañas”.

Se me quedaron un par de frases del poeta que tienen que ver con la vida y la literatura:

“No busques el horror, porque, luego, lo acabarás encontrando y no escribirás un puto poema”. Porque tantos escritores han querido acercarse peligrosamente a lo que después sería imposible trasladar a palabras.

Y esta otra: “El horror es más grande que la palabra horror; pero el amor también es más grande que la palabra amor”.

Todos ellos, los Zurita, las Claribel, los Benedetti, Galeano o Ernesto Cardenal, nos han dejado citas para la memoria del amor y del dolor. Ya van quedando menos, muy pocos, de los que se enfrentaron con la piel y las palabras a aquel horror que sobrevino con ruido de sables en 1973, para acabar encontrando que el amor siempre es más grande que las palabras que lo dicen.

De ese modo, no me extraña que Zurita haya encontrado junto a su larga enfermedad de Parkinson otro motivo, otra relación con la que darle forma a su poesía: el rock. Con la banda chilena González y los asistentes, se ha subido a los escenarios a dejar huella de sus versos entre el aullido de guitarras eléctricas.

Estoy deseando ver el documental de Julieta Carmona sobre la vida y obra de Zurita. Se titula Verás no ver, como uno de sus veros.

Sin ser un gran lector de su obra, como le dije en su día a Claribel, le agradezco que me haya dejado al menos un verso, que es al fin la gloria de un poeta: que alguien recuerde alguna vez uno de sus versos y exprese lo que lleva dentro.

Para cuando me sienta hundido, fustigado, humillado, vencido. Para cuando no parezca que pueda recomponer mis pedazos o no quede nada de mí, tendré esos versos que dijo Zurita, amparándome, sabiendo que “mi amor se ha quedado aquí, pegado a las rocas, al mar y a las montañas. Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas”. Y estará a buen recaudo.