LOS FRUTOS EXTRAÑOS DE LEILA GUERRIERO

Podcast. Entrevista en Radio3. Efecto Doppler. Carátula y Más.

No permitía que la distrajéramos ni un segundo. Cuando ella estaba entrevistando a alguien. Toda su concentración estaba en la mujer que le hablaba. Estábamos en Zimbawe para un reportaje. Le acompañábamos el fotógrafo Juan Carlos Tomasi y yo. Y hubo alguna ocasión que nos pidió que saliéramos para dejarla sola con la mujer que había perdido un hijo, víctima del sida.

Eso nos cayó mal. Que fuese tan seria en su trabajo. Como si una entrevista fuese una cirugía a corazón abierto. Luego, la vi salir, grabadora en mano, hablando sola. Iba describiendo cada cosa que había visto en una choza donde no había nada. Sólo aquella mujer y el dolor. Leila Guerriero no tomaba notas. Sólo utilizaba, y sigue utilizando, como nos confirmó en la entrevista que reproducimos más abajo (en podcast) un grabador. Lo hace para no perder la mirada, para no dejar de fijarse en los ojos.

Y luego, viene el resto del trabajo. El combate con las palabras. Hay quien para escribir se pone guantes de boxeo, se calza zapatillas y se sube a un ring. Empezar un texto, encontrar la palabra, la frase justa (si es que existe tal cosa), a veces, cuesta sangre, sudor y lágrimas. Otras, llega en vuelo, como dada. Pero, en general, suele ser producto de un martilleo constante. De ese combate nos habla Leila Guerriero al inicio de Frutos extraños, recientemente reeditada por Alfaguara, donde compila algunas de sus crónicas y perfiles de las dos últimas décadas.

Ese texto de inicio se titula “Mi diablo”, y es su testimonio acerca de cómo se le metió la escritura en las venas. En esta entrevista desentrañamos con ella el arte de la escritura periodística, labrada con el mismo esmero que se dedica a la alta literatura. Es una maestra de la crónica. Nos corrió de aquella choza porque le desconcentrábamos. No olvidaré la vergüenza y el respeto que me hizo sentir ese día por el oficio de contar.

Julieta Laso. Martingala. “Fantasmas”

#Reto 100 Novelas Para Siempre (2)

M.Proust. En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swan (I) (A la recherche du temp perdu. Du coté de chez Swan. 1913)

“Pereceremos; pero nos llevaremos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parecerá menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable”.

Esta es la felicidad: anochece, y un niño en cama espera que suba la madre a su cuarto para darle el beso de buenas noches. El niño que espera es el adulto que después recordará esos momentos. Ambos tiempos son la felicidad. Ni siquiera el beso, sino la espera, el deseo del niño y, después, la recreación infinita del recuerdo en el adulto. No se trata de un beso, sino de las mil formas de felicidad en esperarla o recordarlo. Después de gozar así, ya nada importa que la realidad se parezca o no a lo que la memoria y la imaginación crean.

Tras el primer pico superado del Ulises de Joyce, ahora tocará el recorrido por uno de los grandes monumentos literarios del siglo XX, al que asisten con veneración y recogimiento muchísimos escritores y lectores de nuestro tiempo para bautizarse o confirmar su fe verdadera en el poder creador de la palabra. Decíamos que el Ulises de Joyce abría las puertas de un nuevo estilo, una manera de enfocar la realidad, y así lo hace también la otra gran obra que inaugura la literatura contemporánea, En Busca del Tiempo Perdido, serie formada de siete volúmenes publicados desde 1913 a 1927 del escritor francés Marcel Proust (París. 1871-1922).

La lectura de esta obra requiere de la misma paciencia y tiempo que un paseo con un amigo de toda la vida. A ese placer se le puede comparar porque es con un amigo o amiga en movimiento cuando se pueden, a veces, descubrir con él o ella lo que nos estuvo oculto durante mucho tiempo. Se pueden resolver algunos misterios y hasta despejar el sentido de los detalles pequeños. Esa es la maravillosa tarea que Proust se impuso antes que la muerte le llegara: aprehender el tiempo que nos pasa por dentro.

Para tal labor se requiere la técnica de la introspección con la consiguiente minuciosidad y vehemencia en querer siempre llegar más allá del interior, comprender hasta la médula la fragilidad del hombre y la mujer, y de todo lo que les rodea. A veces, el autor se vuelve hacia el lector utilizando el “nosotros” y nos invita a compararnos con lo que se está observando para continuar después con el relato como si asistiéramos a un teatro costumbrista de apariencia, pero que es mucho más que eso.

La obsesión de Proust es la fugacidad de todo, y la incapacidad congénita de gozar de los momentos en total plenitud, sin poder desterrar esa sensación perenne de que siempre nos falta algo. En su obra Proust halla la felicidad, no en los hechos que suponemos que nos la dan.

A Don Quijote no le importaba que Aldonza Lorenzo fuera una mujer ruda y vulgar sin nada de feminidad en sus atributos porque su memoria y su imaginación la creaban al estilo de Dulcinea del Toboso. Proust cree adivinar que probablemente la única realidad es la de la memoria, ya que en ella podemos recorrer lo que los límites de los espacios y los tiempos no nos permiten.

Comprender algunas cosas que nos pasaron puede otorgarnos la benevolencia y la ligereza de poder caminar sin mochilas pesadas a la espalda. En la primera de las novelas, Por el Camino de Swam, Proust halla al tiempo como algo recobrable; vence al olvido definiendo como nadie los sentimientos captados en momentos concretos. Nos describe con una bondad y una comprensión enormes las razones ocultas de un personaje enfermo de celos, las del amor verdadero y silencioso, las de las mentiras, y hasta ofrece una maravillosa exposición de un acto de sadismo envuelto en una atmósfera de necesidad de amor.

Dentro de la memoria con la que Proust vence al olvido y a la muerte, está el reino de las sensaciones del gusto y del olfato que guardan el pasado como describe en uno de esos momentos de la literatura para siempre: cuando al tomar una magdalena mojada en té, se le devuelve la infancia:

“Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”.

Para construir este enorme edificio de quince volúmenes, Proust luchó contra el asma que le trajo la muerte. Él no conoció el éxito hasta el final de su vida y fue gracias a un amigo Leon Daudet que le descubrió como escritor. Ganó el prestigioso premio Goncourt de novela, tres años antes de morir. Su personalidad era tremendamente sensible. Dicen que no podía salir de un café sin regalar propinas a todos los camareros, incluso aunque no le hubiesen servido porque no estaba en él soportar el figurarse que alguien podía sentirse marginado.

Debido a su enfermedad salía poco de los cuartos de su casa o de hotel donde escribía sin descanso. Admiraba la naturaleza en la distancia y tenía que ser apartado hasta de un ramillete de flores que le mandaran de regalo pues le incrementaba los ataques. Quizá por eso los paisajes campestres de su obra son tan idealizados, parecidos a los de los cuadros. Sus críticos le denuestan la visión unilateral de un mundo burgués que conocía muy bien, pero la realidad es que, no importa en qué mundo o universo se ubique el narrador, siempre que nos abra la puerta a ese otro mundo interior y compartido por todos. Kafka encontró la llave de esa puerta. Ello lo convierte en el escritor más influyente junto a Joyce, Kafka y Borges del Siglo XX.

Proust murió pensando que el amor de la gente le era vedado por su reclusión, igual que el amor de Dios “porque nadie le enseñó a conocerlo”. Sin embargo, su obra es una obra de amor a la humanidad a través de su pequeño mundo burgués.

El tiempo es relativo y al leer el primer volumen al menos, uno se descubre, hasta con pudor, por dentro y se quiere un poco más, y quiere recuperar lo que estaba perdido. Pero el Proust inconformista enfrenta, al final del primer volumen, un choque con la realidad al querer suplantarla por el recuerdo. De ese primer choque queda vencido. Y uno quiere seguir con él, presenciar cómo se levanta de la lona, saber si es posible vencer a la realidad cuando esta nos falla y hallar, como titula a su último volumen, El Tiempo Recobrado.

Advertíamos al principio que leer esta obra requiere tiempo, pero al final recompensa aprender a mirar nuestro pasado e incluso las horas muertas o el tiempo perdido. Qué maravilla recobrar esos paisajes de la infancia, que Saramago insistía en llevar con uno, y las sensaciones invisibles del arte y de la música que apresamos mientras con-vivimos. De esto nos da una idea, una frase feliz de la novela que invitamos a recorrer:

“Pereceremos; pero nos llevaremos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parecerá menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable”.

Recomendaremos de entre todas las ediciones, la traducida al español por el poeta Pedro Salinas (¿el mejor del 27?)

#Reto 100 Novelas Para Siempre (1)

ULISES (Ulysses 1922)

James Joyce. (Dublín. Irlanda 1882- Zürich. Suiza 1941)

No es de extrañar que después de abrir las páginas de esta novela y de las que vendrían después durante todo el siglo XX, los críticos más pesimistas, que gustan de frases con las que tirar la piedra de la polémica, dijeran que la novela había muerto. Y de hecho no es ocioso afirmar que después del Ulises, y de En Busca del Tiempo Perdido de Proust nada en la novela ni en la literatura sería igual.

Fijémonos en el año de su aparición: 1922, el mismo año en que Eliot publica su Tierra Baldía (Waste Land) que provoca un revuelo similar en poesía, aunque no de tanto alcance como la del Ulises. El mismo T.S.Eliot declara a Joyce “el mejor escritor de prosa vivo” de su tiempo, y en conversaciones privadas va más allá y dice que era el “único” escritor vivo de su tiempo. La admiración que Joyce obtuvo de Eliot le costó conseguirla de las editoriales y del público.

Estamos en una Europa que todavía trata de curar las heridas que dejó la Primera Guerra Mundial, y que después se volverán a abrir en una segunda. Hay una generación de talentosos escritores a la que se le llamó la generación perdida, precisamente por los estragos de una guerra y sus secuelas que vinieron a romper y despertar a un mundo que todavía dormía en un romanticismo antiguo. La psicología y la tecnología asaltan la vida del hombre para hacerse indispensables. Estados Unidos se erige como estandarte de un progreso en Occidente que al final de la década del Ulises, enseñará en su cara más cruel la

falacia del sueño americano, que saltaba desde las ventanas de Wall Street el fatídico Martes Negro.

Y en medio de ese mundo, surge Joyce, un irlandés con gafas gruesas (sufría de glaucoma), nacido de familia pobre y educado con el esmero y la rigidez de los jesuitas. Su lucha contra la pobreza no le abandonará nunca. Pero él se deja poseer por la incógnita y el caos de la vida del hombre y lo esboza en una novela, el Ulises, que fue después censurada en muchos países por observarse en ella obscenidades, sexo sin vestiduras (a como debe ser), insinuaciones que profanaban las tradiciones heredadas de la época victoriana.

Es un compendia de diatribas que nacen del monólogo interior y sincero de los personajes, una técnica, si no nueva, sí explorada hasta sus límites más lejanos por primera vez en esta novela. A través de ella, Joyce pudo afrontar muchos temas que, de otra forma, no hubieran podido expresarse sin caer en lo ñoño o caricaturesco.

Para construir la novela, Joyce se basa en sus recuerdos y en la ayuda de un hermano que le envía datos y planos sobre las calles de Dublín que los dos personajes centrales habrían de recorrer. El autor se despide y deja que sus personajes hablen y actúen como quieran.

A diferencia del Retrato del Joven Artista, en esta ocasión Joyce enfoca la novela desde tres ángulos, elaborando una continua emisión de monólogos, diálogos o reflexiones que se desarrollan en la mente de sus personajes, sin orden aparente, según le va pasando por la cabeza a medida que actúa. Es el reflejo del stream of consciosusness con que el cerebro recibe y emite esa mezcla de imágenes pertenecientes a la vida real o a la ilusoria que se imbrican en nuestra caja de recuerdos conscientes o inconscientes.

El primer personaje es Stephen Dedalus, que, de vuelta a su lugar de origen, Dublín, afronta nuevamente la vida de su círculo de amigos, y las estrecheces de su ambiente familiar. Su visión del mundo, de una intelectualidad refinada, se contrapone a la de Leopold Bloom, un judío dublinés mucho más apegado a las preocupaciones mundanas. Todas las acciones y expresiones de ambos se ven contrapuestas a las de un tercer personaje, Molly, esposa de Bloom. Ellos interrelacionan sus vidas con la cotidianeidad de Dublín en un único día: el 16 de Junio de 1904. Aparentemente, la novela reinventa el mito de la Odisea, siendo Bloom el Odiseo o Ulises que vuelve a Ítaca (vale Dublín), en la que Stephen es Telémaco, y Molly, Penélope. Esta última es la que menos se mueve en la novela, pues permanece en su cama en un constante monólogo interior o entreteniendo a un amante con el que le es infiel a Bloom después de un largo celibato.

Cuando Bloom y Stephen se encuentran, los dos han recorrido un largo camino por Dublín y por la vida. Ambos están borrachos y se reconocen

como peregrinos. Ambos han luchado interiormente, como cuando al contemplar un escaparte, emerge el sentimiento católico de la culpa. En Stephen, es el de no haber rezado ante el lecho de muerte de su propia madre. En Bloom, supone una mezcolanza de recuerdos de ritos y frases judías con la imagen un hijo muerto o con la rutina de la ciudad que le sirve de escenario.

La aceptación posterior que tuvo esta novela fue tal que ya forma parte de los símbolos del pueblo irlandés y, particularmente, de Dublín. La celebración del Bloomsday, atrae todos los años, en el mismo día en que se desarrolla la novela, a peregrinos cerveceros que procesionan religiosamente de pub en pub, reproduciendo el mismo itinerario de la novela.

Con esta obra, se puede decir con Castellet que ha llegado “la hora del lector”. El éxito de el Ulises y de las obras de Joyce, estriban en que requieren la atención y cooperación del lector. Apelan a su inteligencia o creatividad, sin la cual, no se puede reconstruir el universo propuesto por el autor, convirtiéndose así la novela en una obra abierta como exclama Umberto Eco.

Es necesario advertir que esta novela es más legible que comprensible. Para disfrutar realmente de ella se requiere de la eliminación de todo prejuicio racionalista que la quiera ordenar al modo tradicional. Se sucumbe ante ella o se acepta de ante mano que dejará muchas lagunas entre el absurdo y el misterio. Se trata de un ir y venir por los ingredientes que componen nuestra cultura occidental. No le falta la ironía más punzante, la violencia, el sarcasmo, la contradicción, el drama, el humor, la fantasía y el sentimentalismo, o la revisión subjetiva de la historia. En fin, es un tesoro a nuestro alcance, siempre y cuando nos dejemos llevar como de la mano de un mago y sepamos que estamos pagando para que nunca se nos revele el truco.

Siempre recomendable es avanzar con una traducción que les ayude a superar las trampas del lenguaje. Aunque es imposible su perfecta traslación a nuestra lengua, fue loable la titánica edición de José María Valverde. En cualquier caso, si le echan un ojo durante un tiempo prudencial, les prometo que es algo que no olvidarán. Todo lo demás, les parecerá un camino llano.

EL RETO DE LAS 100 NOVELAS PARA SIEMPRE

Por Francisco Javier SANCHO MÁS.

¿En qué consiste?

Leerse y comentar 100 novelas en dos años y un mes. Este reto surgió la década pasada, mientras vivía y trabajaba en Managua. Tuve la fortuna de que el suplemento cultural del Nuevo Diario me abriese la puerta y su director, el poeta Luis Rocha, lo acogiese. Durante 25 meses, cada sábado, publicaríamos una invitación o provocación a la lectura de una de las 100 novelas para siempre que se hubieran escrito en el siglo XX. Disponía de libertad de criterio para seleccionar las que debía leer, o releer en algunos casos. Fue un tiempo de felicidad casi absoluta. Muchas personas siguieron el reto, leyendo y releyendo con nosotros aquellas obras de las que hablaba en el suplemento. Finalmente, las 100 reseñas se publicaron en la editorial LEA. Ahora vuelvo a lanzar el reto, periódicamente, en este blog, esperando provocar el interés por dichas obras en alguna lectora o lector, y animarles a secundarlo y aportar sus variantes.

¿Por qué del siglo XX y por qué para siempre?

No ha habido otra centuria igual para la novela. Experimentó una revolución sólo comparada a la aparición del Quijote en el siglo XVII, o las novelas picarescas, o a la del Tristram Shandy en el XVIII. Y al mismo tiempo, como en toda época de cambio, muchos preconizaron su final. Otros prefirieron verlo como el comienzo de un nuevo caminar adaptado a la senda y el ritmo por el que evolucionaba la sociedad industrializada, en vertientes desconocidas y con una rapidez inusitada. La aparición frenética de innovaciones, durante finales del XIX y del primer cuarto del siglo XX, es un preludio espejo de nuestro primer cuarto del siglo XXI. El arribo de una nueva ciencia, la psicología, vino a hacer más compleja la forma de observar y percibir la experiencia vital del ser humano, y también a tratar de expresarla y entenderla de un modo más acorde con dicha complejidad.

La enorme vitalidad e impulso que se produjo en el período de entreguerras a nivel cultural y educativo desembocó en una experimentación constante en la forma de escribir, así como en el desarrollo de las diversas disciplinas artísticas. La irrupción de los diferentes ismos anticipaba un siglo de creatividad colosal. Esto no significa que en ese tiempo se escribieran grandes novelas, sino que se estaban sentado las bases de nuevas formas de expresión o traslación artísticas. Lamentablemente, la sucesión de diferentes conflictos (desde

la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial) y sus brutales y masivas consecuencias, mermaron, creo, las condiciones para el desarrollo de la cultura y del género novelesco. Sin embargo, en las décadas siguientes, la novela ha tenido ciclos de mucha altura dejando también obras para siempre (un “para siempre” que sólo es una mera ilusión).

¿Bajo qué criterio?

Estas obras son tan imprescindibles como lo pueden ser otras. No nos basamos sólo en la propia opinión o gusto, sino que nos dejamos guiar, en algunos casos, por el consenso de la crítica, o por las circunstancias en las que se publicaron en aquel tiempo y lugar. Pero principalmente elegimos aquellas que tenían algo en común: la capacidad de imprimirnos una sensación: la de que, “al final”, no estamos solos en medio del laberinto de nuestra existencia. Todas esas palabras que se vestían con el hábito del relato novelesco nos podían prestar un hilo de Ariadna para andar de noche por el laberinto.

Empezamos por lo más difícil. Luego, ya todo será más llano.

La literatura está para decir cosas que no se pueden decir ni explicar de otra manera. Desde la antigüedad, el relato oral y escrito ha sido nuestra herramienta más sofisticada. En el siglo XX, la novela se ha convertido en el espacio de libertad más absoluta para conocernos mejor, y de ese modo quizá amarnos, o salvarnos la vida, al decir de Sócrates. Empezamos con una novela muy difícil. Es más, les animo a saltársela, cambiarla por otra, o leer sólo algunos de sus fragmentos para darse una idea de la propuesta técnica y estética que supuso. El Ulises de Joyce no retribuye con placer inmediato, a no ser que seamos un poco masocas. Pero los caminos que abre a la posibilidad de la traducción de nuestro múltiple, poliédrico y disparatado, a veces, discurso interior (o flujo de la conciencia) merecen que sea el pórtico de este reto. Ni antes ni después se ha escrito algo igual a esta obra de Joyce.

La recompensa del reto: la bondad.

Llegados a este punto, sólo puedo decirles que la experiencia de conocer, en general y con amplitud, las mejores obras del siglo XX, deja una sensación de bondad en el ánimo. Y una certeza absoluta: la de no poder juzgar al ser humano, expuesto a una fragilidad completa en medio del laberinto.

Si se animan, anúdense el hilo fuertemente al dedo corazón, y caminen con nosotros a lo largo de esta serie por obras que no se olvidarán. Todas ellas forman una vida contada, que pasa por dos guerras mundiales y otras aledañas, por la desolación y por la felicidad inesperada, y por una gran y extraordinaria historia de amor. Como se dijo al principio, esto es sólo una invitación a que nos acompañen. A que nos acompañes. Y tráete en la mochila los libros que quieras.

Las voladoras

Imagina. Uno de tus miedos surca el vaho de la ventana y escribe tu nombre. Puedes romper el cristal, echar los restos de valentía y estrellarlos contra él. Gritar. Y después, el baile de la libertad o la locura de haber vencido, o del miedo a que aparezca otra vez tu nombre escrito en algún rincón oscuro que no quieres saber.

Ahora estás en la cordillera andina, o cerca de ella, en el Ecuador. Eres una mujer. Eres varias mujeres que danzan alrededor de las víctimas de la violencia o del abuso. Mujeres que se sacan la cabeza y danzan. O eres un padre, y además un chamán, que quiere resucitar el cuerpo de su hija. O eres una hermana que pregunta a su gemela: “¿A qué te sabe la sangre?”, y ella te responde: “Me sabe a lenguaje”.

A este universo onírico, de pavores telúricos nos lleva la joven escritora ecuatoriana Mónica Ojeda con su nuevo libro de relatos Las Voladoras, editado por páginas de espuma. Y nuevamente, da rienda suelta a la voz de mujeres que se enfrentan como víctimas o victimarias a los deseos más íntimos o al horror con la inmensa ternura de una prosa que seduce y acaricia. Mónica es una poeta que escribe en prosa, verso a verso. Le queda mucho universo por delante. ¿Seguirá buceando, como en sus novelas Mandíbula, o Nefando en las zonas más oscuras que no se pueden contar si no es a través de la literatura? Ayer le pregunté, recordando aquella frase de Nietzsche “si miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devolverá la mirada”. Le pregunté en @EfectoDopplerR3, en la sección de Carátula y Más, si no le daba miedo escribir tan adentro del miedo. Aquí la entrevista

Dos amantes suicidas

Las hermanas López-Baralt ahondan en la conexión metafísica entre el puertorriqueño Luis Palés Matos y el español Pedro Salinas.

La quería tanto. La quería toda. Más allá de la carne. Pedro Salinas el autor de La Voz a ti debida, ansiaba eternizar a su amada y amante (hoy ya sabemos su nombre, Katherine Reding, después de que la hispanista norteamericana lo confesara al final de su vida). El poeta español (1881-1951), que pasó muchos años en el exilio, entre Estados Unidos y Puerto Rico, le dedicaría sus versos más encendidas con la voluntad de despojarle de la mortalidad de la carne. Y eso pasaba por matarla. “Me estoy labrando tu sombra”, le dirá; “Te mato el paso”, le dirá.

Pedro Salinas (España, (1881-1951)

Un recurso al fin de corte neoplatónico que no sorprende tanto en Salinas, que busca confundirse en la esencia del amor. Pero sí sorprende el influjo que pudo ejercer en el mayor poeta puertorriqueño del siglo XX: Luís Palés Matos (1858 – 1959). Fue más conocido por su ciclo de poesía afroantillana y por el “diepalismo”, ese estilo que imponía el ritmo y los sonidos onomatopéyicos del caribe sobre el verso. Una sensualidad que encantó a García Lorca, por ejemplo, que solía recitarlo. Es menos conocido por su poesía metafísica de madurez, que como recientemente alumbraron las hermanas y filólogas boricuas (Mercedes y Luce) López-Baralt, dialoga con la de Salinas. Y fue a tanto ese diálogo, que Palés Matos se convirtió en cómplice del homicidio poético al que le instigó Salinas. (Un favor en este punto: eviten si pueden interpretaciones de lecturas de género o a connotaciones crueles. Estamos hablando sólo de poesía. Y aunque la poesía no sea inocente, permitan un margen a otra mirada).

El mayor poeta puertorriqueño del siglo XX: Luís Palés Matos (1858 – 1959).

El cuerpo muere y el verso vuela: La poesía metafísica de Pedro Salinas y Luis Palés Matos, es un ensayo literario que tiende un nueve puente entre ambas orillas del Atlántico. Y en ese puente, si físicamente fuera posible, debería lucir una placa en reconocimiento al trabajo de las López-Baralt. Mercedes, más experta en Palés; y Luce, más ducha en Salinas, emprendieron esta aventura de descubrirnos el más que posible diálogo poético entre ambos autores. Y lo más relevador, por supuesto, lo encontraron en sus obras.

Las fuentes documentales eran escasas. Así que las López-Baralt indagaron en archivos y testimonios diversos para extraer la inevitable relación que establecieron ambos poetas. Salinas fue profesor invitado en la universidad de Puerto Rico. Palés era un poeta residente. Hay recuerdos de quien los vio caminando por San Juan, platicando extasiados, olvidados de todo.

“(Los puertorriqueños) somos un enigma”

Para Luce López-Baralt, uno de los propósitos adicionales de este nuevo ensayo es “el de devolver a Palés a los lectores de España y de otros países para un mejor conocimiento del mayor poeta, sin duda, de Puerto Rico”.

Luce tuvo la atención de dedicar unos comentarios a Carátula, a su paso por Madrid, el año pasado, antes de que la pandemia trastocase los planes del mundo entero. Esta plática se quedó rezagada en su publicación y además no pudo contar con la voz de la coautora, Mercedes, a causa de un pequeño accidente que le impidió asistir a la presentación de la obra editada por Mandala.

Palés, cuya vida, desde su nacimiento en el 98, está ligada a la historia de Puerto Rico, ha sufrido también el olvido de ese territorio de la cultura hispana tan especial. “La literatura puertorriqueña viaja mal”, afirma Luce. “No la conocen en Estados Unidos, no la conocen en España. Un editor me decía: ‘Si tú firmas una novela, y pones en tu biografía ‘Ciudad de México, Nueva York o Buenos Aires’, te leen con más interés que si pones ‘San Juan de Puerto Rico’. Somos un enigma. A eso se añade que no tenemos embajada, ni instituciones de promoción cultural, aunque tengamos una cultura constituida”.

El ciclo dedicado a “Filí-Melé” (el seudónimo que utiliza Pales Matos para su amada, al contrario que la innombrada de Salinas) apunta hacia el mismo destino irreversible que resolvió su colega español. “Yo te maté, Filí-Melé”, le dirá. Ambos, Salinas y Palés, no renuncian a la belleza de la piel. No quieren hacerlo. Tampoco a la esencia espiritual de sus amadas. Lo quieren todo, junto, al mismo tiempo, y rechazan el destino de la muerte. Por eso las esculpen en versos, para tener la ilusión de inmortalizarlas. Renuncian incluso al goce y al dolor de no sentirlas cerca.

Que la obra de Palés Matos no fuese tan conocida como hubiera merecido en su tiempo también puede deberse a que el autor viajó poco. “Nunca fue a España. Sin embargo, la generación del 27 lo conoció bien”, afirma Luce, que ha indagado en las resonancias de la obra de su compatriota. “Vicente Aleixandre escribió páginas preciosas sobre él, al igual que Alberti; García Lorca lo recitaba, después de que conociera su poesía en La Habana, especialmente la del ciclo negroide. Y lo declaró el maestro del ritmo en lengua española. En 1930, durante un evento de recaudación de fondos para los presos políticos de América Latina, recitó la Danza Negra de Palés. Y le pedían que lo repitiese. Lo conté en la Residencia de Estudiantes, de Madrid, y casi nadie conocía la anécdota”.

“Calabó y bambú.
Bambú y calabó.
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.
Es la danza negra de Fernando Poo”.

Esos versos de Palés Matos quedan lejos de cualquier parecido con la obra de Salinas. Donde los autores se encuentran es en la poesía metafísica que el puertorriqueño desarrolla al final de su vida. ¿En qué momento entran en contacto? Luce nos da algunos detalles: “Se conocieron en la universidad. Palés era residente en la universidad. No hay demasiada información porque no se han conservado muchos documentos al respecto. Pero sí sabemos que eran amigos, que Palés asistía a la lectura de las obras de teatro de Salinas, la mayoría escritas en Puerto Rico. Hemos conocido a grandes amigos de Palés. Su hija recuerda que, una vez, Salinas y su padre caminaban dialogando con tal concentración e intensidad que ella se quedó unos pasos detrás, sin atreverse a interrumpirles. Lamentablemente, muchos de los que conocieron a ambos poetas ya no están vivos. Conocimos a gran parte de ellos, antes de albergar la idea de escribir este libro. Sin embargo, hicimos una investigación exhaustiva para poner a dialogar de nuevo a estos dos poetas en el libro.

Quién fue la amante de Palés Matos.

Si bien acabamos conociendo a la amante de Pedro Salinas, la destinataria de La Voz a ti debida, Katherine Reding, no sabemos quién fue Filí-Melé. Pero Las López-Baralt sí tienen esa información:

“¿Filí-Melé? Sí, la conocimos”, afirma Luce. “Mi hermana y yo le pedimos que hablase sobre Palés, y prefirió no hacerlo. No revelamos su nombre por respeto a su decisión. Nos dijo que ella no había escrito literatura puertorriqueña, pero la había protagonizado. Palés Matos la asesina en su célebre poema:

“Yo te maté, Filí-Melé: tan leve
tu esencia, tan aérea tu pisada,
que apenas ibas nube ya eras nieve,
apenas ibas nieve ya eras nada.

Cambio de forma en tránsito constante,
habida y transfugada a sueño, a bruma…
Agua-luz lagrimándose en diamante,
diamante sollozándose en espuma…

En cuanto a Salinas, parece ser que Katherine Reding decidió acabar con la relación amorosa al enterarse de que la esposa del poeta había intentado suicidarse. Las cartas que se conservaron son una versión en prosa apasionada de La Voz a ti debida. En ella se inspiró la autora Julieta Soria para escribir una pieza teatral: Amor, amor, catástrofe, que se estrenó en 2019.

El acto homicida de los poetas, explica Luce, “no es algo que va contra la mujer, sino un gesto de amor para eternizar a la amada en la poesía. Lucrecio decía que la carne es separadora. Los poetas querían renunciar a las amadas para escribirlas. Es una reflexión sobre el hecho literario”.

Este nuevo ensayo de las López-Baralt arroja un desafío a la investigación literaria: el enorme campo de estudio que hay sobre la influencia de los poetas españoles de la generación del 27 que se exiliaron en América.

“Una de las grandes preguntas que se hacen los críticos es qué dejaron tantos poetas del 27, como Lorca, Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, en América. Eso no se ha estudiado tanto. Esperamos que este libro sea una contribución para ello. En Puerto Rico, al menos, sabemos que Salinas, además de sobre Palés Matos, influyó en Julia de Burgos o en Matos Paoli. El contemplado de ese grandísimo poema de Salinas es el mar de Puerto Rico frente al que está enterrado.

Queda el guante echado por las hermanas y académicas López-Baralt para quienes deseen recogerlo. Mientras, tanto, algunos, como el que esto escribe, hemos tenido la suerte de bucear por primera vez en la obra de Palés Matos, un autor que empezó escribiendo bajo la influencia de Darío o Lugones, desencadenó los versos poniéndolos a bailar al ritmo del Caribe, y acabó siendo coautor y cómplice de la mejor poesía amorosa y metafísica de todos los tiempos.

El milagro secreto

El tiempo de los sueños. Borges con un joven Vargas Llosa

Javier SANCHO MAS

En uno de los mejores relatos de Borges, El milagro secreto, Jaromir Hladík es detenido en Praga por las tropas alemanas. Corre el mes de marzo de 1943. Hládic es condenado a muerte por ser escritor y judío. Su ejecución se fija el 29 de marzo a las 9 a.m. Además del pánico a la muerte, Hladík lamenta que su vida, enteramente dedicada a la literatura, terminará sin haber podido concluir un drama en verso que justificaría y daría sentido a su existencia. Si tal concepto existe (el sentido de la existencia) y si Dios existe, piensa Hladík, no puedo morir sin concluir esa obra. Calcula que necesitaría un año de tiempo. Le pide a Dios que se lo conceda, de la manera que Él pueda. Si los milagros existen estos pueden deconstruir el tiempo y el espacio que limita la materia.

Una noche de noviembre, en la carretera hacia Boma, al oeste del Congo, Juan Carlos Tomasi y yo íbamos bombardeando a preguntas a Vargas Llosa. Desde Kinshasa era un viaje largo. Estábamos en medio de un reportaje con escritores sobre emergencias en las que trabajaba Médicos Sin Fronteras. Vargas Llosa fue el primero en apuntarse para, a su vez, tomar notas para su próxima novela sobre Roger Casement (El Sueño del Celta). Durante el camino, nos iba contando cómo le atenazaban los nervios en sus primeros años de París, cuando se acercaba a conocer a los autores que más admiraba. Con Neruda, por ejemplo, fue tan fuerte la impresión que se quedó sin voz ante el poeta chileno. A Borges lo conoció en 1963, con motivo de una entrevista para la radio francesa. El joven periodista Vargas Llosa le abordó lleno de miedo a no estar a la altura. Pero se encontró con un Borges muy sencillo y accesible, cuando para el mundo Borges aún no era Borges. Eso nos cuenta en Medio siglo con Borges, publicado este año por Alfaguara y también en las anécdotas que nos compartió en la sección Carátula y más en el programa Efecto Doppler de Radio 3.

Pudimos rescatar algunos fragmentos del programa de Panamericana TV, de Perú, en el que, en 1981, Vargas Llosa presentaba un programa dominical. Para ello acudió al apartamento de Borges en Buenos Aires y allí le entrevistó. Después publicó un artículo recreando esa visita y enfatizando la austeridad en la que vivía el sabio ciego. Se fijó en las humedades. Y eso enfadó mucho a Borges, que ya, al parecer, nunca más quiso hablarle.

La magia del tiempo y de la voz nos permitió viajar hasta ese momento. Aquí se pueden escuchar fragmentos de la entrevista

El boom latinoamericano removió muchas cosas en el mundo de las ideas, la imaginación y las letras en español. Y también alumbró a autores que podrían haber quedado injustamente en el olvido. Debemos a ello que podamos disfrutar de Borges, que sin duda, se ha adueñado y puesto nombre a algunos de nuestros sueños, como lo hicieron los clásicos.

Medio siglo con Borges contiene entrevistas y artículos del último gran representante vivo del Boom sobre el maestro argentino. Aunque sus obras difieren en gran medida, ambos construyeron relatos sobre planos de tiempo paralelos e hicieron posible que asistiéramos a muchas historias al mismo tiempo.

Y hablando de desdoblar el tiempo, ¿qué le ocurre a Hladík, el protagonista de El milagro secreto. ¿Se le concede su petición finalmente?

Los días y noches avanzan hacia la mañana del 29. Hladík imaginó miles de muertes. Y la noche antes de la ejecución, soñó que se ocultaba en una de las naves de la impresionante biblioteca del Clementinum, hoy biblioteca nacional de Praga. “Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: “¿Qué busca?”. Hladík le replicó: “Busco a Dios”. El bibliotecario le dijo: “Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola.”

Al despertar, Hladík fue llevado al paredón. El pelotón cargó sus armas y cuando iban a dispararle, el universo físico se detuvo y, por tanto, el tiempo. Tras algunas comprobaciones, Hladík comprendió que un año le había sido concedido. Se puso de inmediato a elaborar la obra en su cabeza. A completar su existencia.

Borges creaba ilusiones con palabras, experiencia que sólo son posibles en los sueños lúcidos. El Aleph, por ejemplo, bebe y se emparente con leyendas como la de la mesa de Salomón que se albergó en Toledo, en la que el rey podía observar todos los secretos del Universo, entre los que estaba el nombre secreto de Dios que sólo es pronunciable para crear, o para morir.

Conocí el libro de Vargas Llosa sobre Borges en una edición que encontré en París, publicada por L’Herne, en 2004, así que es una alegría que en este pandémico 2020, Alfaguara lo haya publicado en español y nos permita viajar en el tiempo con estos dos autores.

Vargas Llosa, más allá de las controversias políticas que generen sus posicionamientos, contribuye a modernizar la literatura y el modo de pensar literario. Y ha estimulado el conocimiento de otros autores imprescindibles como Onetti, García Márquez, o el propio Borges.

En un encuentro, con motivo del medio siglo de la editorial, que sostuvieron Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte, junto a Pilar Reyes, se produjo un momento inolvidable en que

Pérez Reverte le pregunta a Vargas Llosa qué se siente siendo el que cerrará la puerta y apagará la luz de un período histórico de la literatura. Está a partir de 1:11:42.

Todos los Cortázar, Borges, García Márquez, Fuentes o Roa Bastos, creyeron con el autor de Conversación en la Catedral que la literatura, la palabra “es fuego”. Tal vez vayan quedando lejos, pero aún queda vivo uno que lo recuerda. Peco de injusticia al decirlo, pero siento la falta de ese mismo ímpetu y valentía en la literatura actual para sacar las palabras y las historias a la calle. Enfrentarlas desde la imaginación al poder. Tener la ilusión de que las palabras se convierten en seres humanos. Ponerlas a remover la imaginación y las ideas, ponerlas a caminar con la gente, hasta habitar los sueños.

Y sí, a Hladík le fue concedido el tiempo necesario, un año, para concluir su obra, nos cuenta Borges. Cuando la acabó, el universo volvió a ponerse en movimiento. Una “gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hládik murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”. Dos minutos de la vida humana, un año en el tiempo de Dios, que es el de los sueños.

El muerto viviente

“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el fin de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”

Simón Bolívar. Congreso de Angostura. 1819.

En una sesión ante un grupo de jóvenes que habían sufrido agresiones de todo tipo, la terapeuta dijo una frase consabida que se recita seguramente en muchos libros de autoayuda. Y me gustó: “Si hago planes para un día con sol, y amanece lloviendo, sé que es frustrante porque no puedo cambiar la lluvia, pero sí mi actitud ante la lluvia”.

Después de dos años de intentos por vías pacíficas, políticas o diplomáticas, cuando despertamos, el dinosaurio sigue ahí, “aunque nos duela”. Sobrevivir a las balas, a la pérdida de seres queridos, a la posibilidad de la muerte y el horror, deja secuelas y traumas que alargan la existencia de un fantasma que habita en todos nosotros. Su ser real y vivo puede haber desaparecido hace mucho más tiempo del que imaginamos, pero nuestros miedos o el recuerdo del dolor, lo revive y hace que los sintamos de veras muy cerca.

Daniel Ortega es un muerto viviente. Todo él es pasado. Y todo lo que toca, él y su círculo zombi, se envenena con la muerte. No hablo de la persona, porque esa persona no sé si existe, hablo de esa imagen que sale del castillo del Carmen de tanto en tanto con ruidos de cadenas y de muerte.

Lleva medio siglo generando muerte. Desde que ingresó a las filas sandinistas le rodea la muerte. No ha podido manejar la administración del Estado sin que provoque muertes o enfrentamientos violentos. Toda la paz y el amor que vocifera su esposa a su paso no hace más que incrementar el desfile macabro. Salen de las tumbas de un pasado al que Nicaragua sigue sometida. Ortega y Somoza son el mismo fantasma de un pueblo al que se le ha negado el derecho a convivir en paz y democracia y a tratar de salir de la pobreza por vías dignas y respetuosas. La necesidad de un macho-líder con rango militar sigue atenazando el futuro, rodeado por zombis. Desde la lejanía, la advertencia de Bolívar se derrumba en este país desafortunado.

Quedan solo cuatro dictaduras en el mundo que hablan español, tres en América Latina (y las tres se autoproclaman socialistas: Cuba, Venezuela y Nicaragua) y una en África (Guinea Ecuatorial). Tanto el guineano Obiang como el nicaragüense Ortega tomaron el poder hace más de cuarenta años. Los Castro, en Cuba, más de medio siglo. A derechas e izquierdas siempre el mismo patrón, sin ninguna diferencia.  Todas las dictaduras están soportadas por un ejército y policía a la orden y servicio de sus líderes, todos hombres por supuesto. Un ejército de zombis, como los que vimos salir a las calles de Managua a disparar a niños y niñas, a jóvenes y ancianos, a iglesias y universidades.

En aquellos días del levantamiento de abril y mayo, cuando parecía cercano el fin de la era de los muertos vivientes, imaginé, en una duermevela, que el pueblo entraba en las dependencias del Carmen, que atravesaba los jardines y salones del partido y las habitaciones de quienes allí vivieron. Y para su sorpresa, descubría que todo estaba lleno de telarañas, como si allí no hubiese vivido nadie en medio siglo. Y entonces nos dimos cuenta que habíamos convivido con un gobierno de fantasmas.

Por eso, cuando los medios empiezan a especular sobre hipótesis de enfermedades o sobre por qué Ortega no sale a hacer declaraciones durante semanas y meses, vuelvo a pensar en ello. ¿Y si se le ignora completamente, como hizo de hecho gran parte de la población durante los días del pico de la pandemia?

Los muertos vivientes no tienen nada que decir. Sólo pueden traer pasado del pasado. Es aconsejable no jugar a la güija con ellos. No reclamar su presencia, si no es para llevarlos ante la justicia de la vida. Sólo pueden ofrecer podredumbre y miseria. Como ahora. Ante un crimen atroz de un perturbado contra dos niñas, la única respuesta es sacarse leyes del pasado, porque en la muerte no hay imaginación ni vida. Aprovecharse de un hecho atroz, en un país que ellos mismos han degradado, para cargar contra la oposición, comparando un crimen atroz con un levantamiento popular, es el recurso violento y desesperado de quien necesita de la sangre de los otros para seguir viviendo.

La superación de los traumas atraviesa fases de convivencia con el horror. La dura enseñanza de amaestrarlo, de endurecer la piel hasta, finalmente, perderle el miedo no es un camino fácil. Pero viendo a decenas de personas que, sin afiliación ni organización política ninguna, se enfrentan solas, absolutamente solas, a la policía zombi de la familia dictatorial de Nicaragua, compruebo la capacidad de resistencia de la vida frente a la muerte. Siempre hay alguien que graba parte de ese enfrentamiento en su celular y nos permite observar, por unos segundos, a través de las redes, la valentía y la audacia con que la gente defiende su libertad. Puede ser una vendedora del mercado con banderas azul y blancas, o un hombre trabajador en su moto. Puede ser una joven estudiante en la prisión, o una anciana que no dobla su rodilla, aunque la arrastren o la empujen hasta una camioneta. Esas personas aún nos mantienen en la esperanza de encontrar juntos el antídoto para curar al país de los zombis del pasado.

Un fantasma, un dictador pequeño y manipulador, como es Ortega, se alimenta del miedo, porque ya no le queda ningún resquicio de ideal o épica a la que agarrarse. Ha sido la causa directa o indirecta de miles de muertos, miles exiliados, y miles de heridos. Más de 40 años con pocos momentos sin violencia.

Un día de estos, no será dentro de mucho, cuando despertemos, el dictador no estará ahí. Veremos que los fantasmas sólo sobreviven en el miedo, la necesidad o la cobardía. El Carmen, veremos, será un viejo complejo de edificios vacíos y polvosos. No sabremos cuánto tiempo habrá pasado. Cuándo dejó de existir. Cuánto tiempo pasó infectando a otros hasta rodearse de su ejército de muertos vivientes.  Ellos, fantasmas de uniformes del pasado, quieren robar el futuro de un pueblo. Son parte de una pesadilla de la cual despertaremos, aún aturdidos, magullados, doloridos, sin saber cuánto tiempo hará pasado. Abriremos los ojos. Y no estará ahí. Será entonces el tiempo de la justicia y la verdadera reconciliación con el presente y el futuro. Y tendremos que cambiar muchas cosas, cuidarnos nuevamente para que no vuelvan a despertarse los muertos cuando nos quedemos dormidos.

Ese dolor, ese amor del 73

Escuchar Podcast (desde el minuto 43)

Pero mi amor se ha quedado aquí:

Pegado a las rocas, al mar y a las montañas

Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.

Canto a su amor desaparecido.

Raúl Zurita.

Fco. Javier SANCHO MAS

En un diálogo de la película El cartero de Neruda, dos discuten sobre si el poeta chileno es el poeta del compromiso o el poeta del amor. No recuerdo si dicho diálogo está en la obra original de Antonio Skármeta, pero esas dos mismas vertientes irradiaron en muchos de los poetas posteriores. Así los Cardenal, Benedetti, Claribel Alegría o Raúl Zurita. Este último, compatriota de Neruda y último premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Para quien no lo conozca, será un verdadero encuentro con una voz, una voz que arrastra cuerpos. 800 fueron los cuerpos de los presos con los que habitó en la bodega de un barco que sólo estaba habilitada para unas pocas decenas. De aquellos días y noches de tortura, de 1973, tras el golpe de Pinochet, Zurita extrajo una herida y un compromiso con la palabra y con la vida.

Fue en ese mismo año de 1973 cuando el uruguayo Mario Benedetti tuvo que emprender el camino del exilio por otro golpe militar. Y es en este, de 2020, centenario de su nacimiento, cuando dos obras, Un Mito discretísimo, de Hortensia Campanella, y una antología reunida por Joan Manuel Serrat, editada por Visor y Alfagura, que lo pondrán de nuevo en primera línea de vitrinas.

Fueron tantas las vidas que quedaron marcadas ese año crucial de 1973 que hasta produce temblor decir que uno nació entonces, con el baby boom, en ese año de tantas noches en el mundo, y que quedó en la historia como 2001, o 2008 o 2020. Es como haber nacido pidiendo perdón.

De Raúl Zurita hablamos en la sección #Carátula y Mas de @EfectoDopplerR3 y pudimos escuchar su voz “pegada a las rocas, al mar y a las montañas”.

Se me quedaron un par de frases del poeta que tienen que ver con la vida y la literatura:

“No busques el horror, porque, luego, lo acabarás encontrando y no escribirás un puto poema”. Porque tantos escritores han querido acercarse peligrosamente a lo que después sería imposible trasladar a palabras.

Y esta otra: “El horror es más grande que la palabra horror; pero el amor también es más grande que la palabra amor”.

Todos ellos, los Zurita, las Claribel, los Benedetti, Galeano o Ernesto Cardenal, nos han dejado citas para la memoria del amor y del dolor. Ya van quedando menos, muy pocos, de los que se enfrentaron con la piel y las palabras a aquel horror que sobrevino con ruido de sables en 1973, para acabar encontrando que el amor siempre es más grande que las palabras que lo dicen.

De ese modo, no me extraña que Zurita haya encontrado junto a su larga enfermedad de Parkinson otro motivo, otra relación con la que darle forma a su poesía: el rock. Con la banda chilena González y los asistentes, se ha subido a los escenarios a dejar huella de sus versos entre el aullido de guitarras eléctricas.

Estoy deseando ver el documental de Julieta Carmona sobre la vida y obra de Zurita. Se titula Verás no ver, como uno de sus veros.

Sin ser un gran lector de su obra, como le dije en su día a Claribel, le agradezco que me haya dejado al menos un verso, que es al fin la gloria de un poeta: que alguien recuerde alguna vez uno de sus versos y exprese lo que lleva dentro.

Para cuando me sienta hundido, fustigado, humillado, vencido. Para cuando no parezca que pueda recomponer mis pedazos o no quede nada de mí, tendré esos versos que dijo Zurita, amparándome, sabiendo que “mi amor se ha quedado aquí, pegado a las rocas, al mar y a las montañas. Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas”. Y estará a buen recaudo.

Ensayos de Toni Morrison – Efecto Doppler, Radio 3 por Fco. Javier Sancho Mas

El pasado jueves, 3 de septiembre hablamos en efecto Doppler, de radio 3, @efectodopplerR3 del último libro, editado en español, de Toni Morrison, La fuente de la autoestima, una recopilación de ensayos, artículos o discursos. La sección en la que colaboro con Esther Ferrero está dedicada a la literatura iberoamericana sin fronteras. Tanto sin fronteras que empezamos hablando de una vecina del norte, que nos dejó en 2019. Aquí el podcast del programa y también lo que escribí sobre ella en la obra Cien novelas para siempre del siglo XX.

Toni Morrison. The Bluest Eye (1970)

Las Cien Novelas Para Siempre. De Fco. Javier Sancho Mas

Ahora soy consciente del riesgo que corro en decirles lo que les voy a decir. No sé si acabaré arrepintiéndome de intentar explicar lo que no se puede explicar en una crítica literaria. Les pido tengan paciencia y sepan perdonar mis pocas luces para llegar al meollo. Y les pido la colaboración y el beneficio de no tomar en cuenta mis palabras al pie de la letra, sino lo que ellas, con mi torpeza, quieren decir.

Comenzaré por advertir que en esta novela se encuentra una de las escenas más impactantes que haya podido leer nunca, que es en la que se narra la violación de la niña protagonista por su propio padre. Como resultado, la niña queda embarazada y el final del bebé es previsible. Seguiré comentando que esa escena contiene elementos de violencia, desesperación, que son siempre parte de un hecho criminal como este, pero también de ternura. Y de una compasión que escapa a todo prejuicio que se forme en un tiempo y lugar diferentes a los que concurren cuando se produce el hecho tan imaginario como real.

El padre pasa de cuestionarse la culpabilidad por la infelicidad de su hija a tener deseos de violarla, sin hacerle “demasiado daño”, como si fueran compatibles la mezcla de lástima, furia, lujuria y ternura, un remolino que lo está volviendo loco. Así mismo, terminaré asegurando que, en esa escena, por extraño que parezca, encontré mi propio argumento para explicar esta vocación de compartir parte de la vida con la literatura, tanto al leer como al escribir. En ella se halla contenido el sentido de esta artesanía y oficio de palabras: si de algo sirve es precisamente para contar aquello que no se puede decir de otra manera.

Descubrí a Toni Morrison hará más de veinte años, cuando estaba en el culmen de su carrera literaria, después de que le hubieran otorgado el premio Nobel. La primera mujer afroamericana de Estados Unidos en obtenerlo. Leí entonces su primera novela y después, no dejé de volver a ella, como la fuente de toda su esencia.

Toni Morrison recogió y expandió la tradición, ambiente y evolución de la cultura negra norteamericana desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Y aunque nos dejó en 2019, quedó como un tótem de la literatura afroamericana para siempre. Habría que buscar muchos otros antecedentes que fueron glorias más efímeras, como el poeta Paul Laurence Dunbar, tal vez el primer escritor de color que se ganó la vida con la literatura, o contemporáneas como Maya Angelou.

Las bases de esa tradición literaria están en el dolor, en la herencia de la esclavitud y la opresión a la comunidad afro. Pero la voz para contarlo había estado principalmente en boca de blancos, como Harriet Beecher Stowe y su Cabaña del Tío Tom, o Mark Twain, por ejemplo, con Mark Twain o Huckleberry Finn, ambas causantes de controversias aún en nuestros días, pero de un valor indudable en cuanto a retrato vívido de la relación de los afroamericanos con el resto de la sociedad estadounidense de la segunda mitad del XIX.

Imagino que el Premio Nobel otorgado a nuestra escritora llevaba consigo más nombres: el de todos los autores de su país que habían puesta la imaginación y la voz para contar la epopeya negra de Norteamérica, trasladando al papel la expresión de un largo sufrimiento.

La Nobel Morrison tuvo el acierto de tocar la médula de los conflictos raciales (aunque ella rechazaba la categoría de “razas”, al solo existir una raza, la humana), que vuelven y se revuelven, como estamos viendo en estos días de la era Trump.

Morrison escribió sobre los resentimientos que quedan por las formas grotescas de relación entre las comunidades blanca y negra. Hoy, la comunidad latina ha superado en número a la comunidad afro nacida en Estados Unidos. Figuras literarias como Julia Álvarez han trazado ya un camino al que le queda mucho por asfaltar hasta llegar a la potencia de la literatura negra. Ambas comunidades, aun mirándose con recelo, comparten en gran medida la marginalización de muchos de sus vecindarios, los nombres de los soldados muertos en combate muy lejos del país, los nombres y números de los internos en las prisiones de EE.UU., o muchos de los caídos en las Torres Gemelas.

En las novelas de Morrison se despliega una cultura plagada de complejos, de risas, de lazos indisolubles, de pasiones, de pastores adornados con sus collares de oro macizo influenciando políticamente a la comunidad a través de la religión; veremos las supersticiones y las creencias mágicas heredadas de los ancestros del otro lado del Atlántico. Y algunos momentos nos olerán a realismo mágico (por esa sintonía que se estableció entre la literatura sureña, sobre todo Faulkner, y el latir de los García Márquez o Isabel Allende). En Beloved se sentirá algunos aires que recuerdan a la Casa de los espíritus.

Veremos en Morrison violencia, mucha violencia, que no ha dejado de acompañar a esta institucionalización de la marginalidad en que ha vivido esta otra cultura en EE.UUU. Pero lo que Morrison destaca y saca a la luz no es precisamente el conflicto anglosajón-afroamericano, sino los conflictos internos de su comunidad, la búsqueda desesperada de la identidad entre los mismos negros (“Hay que quitarse ese hombrecito blanco que te acompaña por encima del hombro”, solía decir).

Y es ahí, donde la obra de Morrison se convierte, paradójicamente, ya no en una representación de la cultura negra, sino que tiene un alcance mucho más amplio. Habla de todos nosotros y nosotras. Su escritura parece nacer de un vientre materno, repleto de historia. Morrison denuncia con la misma fuerza las cadenas foráneas y las propias. Y contiene en sus obras la justa ambigüedad, que es la característica común de las obras literarias que valen la pena. Sula; Beloved; Jazz; Paraíso, en todas estas novelas vamos a encontrar la misma raíz de una obra que no se puede reducir a una sola novela.

Yo creo que es en la primera, The bluest eye, donde Morrison expone con más frescura y naturalidad la sensación de incomprensión, de vacío, confusión, frustración, mutilación e inocencia de una humanidad que viene al mundo y es desechada desde el principio, sin ninguna explicación. Una humanidad que tiene que ponerse a caminar donde nadie le acepta. Esta humanidad está contenida en la pequeña Peccola, en su historia, en su familia rota, en sus vecinas: las tres inolvidables prostitutas que hacen las veces de maestras de vida un tanto peculiares.

En sus oraciones y deseos de tener ojos azules, para que así la gente la mirara, la quisiera, como a Shirley Temple, hemos estado todos algunas veces. Todos hemos sido Peccola. Es fácil verla ahí, en medio de la calle, en algún semáforo con la mirada perdida, bajo el vacío inmenso de un cielo que es el único lugar que queda al que dirigir la pregunta: ¿por qué vivir en un mundo que te rechaza sin razón lógica y aparente? ¿Por qué vivir para sufrir las deudas de un lugar y un tiempo anterior?

La voz narradora de Claudia, la niña que cuenta la historia de Peccola, dice que al no poder enfrentarse y entender el porqué de los hechos, es mejor buscar refugio en el cómo. Tal vez en el relato, en el proceso de contar, se encuentran algunas respuestas.

Cuando releía The Bluest Eye, yo estaba en Managua, ciudad en la que entonces vivía. Mi novia era residente en un hospital al que había llegado una niña que acababan de encontrar junto al lago. La habían violado. Quisieron los doctores hacer un regalo. Al preguntarle, expresó que su deseo era tener una muñeca con el mismo color de su pelo, “y que fuera nueva”, sin ninguna mancha o arruga en el vestido. Tenía siete años. Fui a comprarle la muñeca y a llevársela. Me incliné sobre la cama donde estaba para darle un beso en la mejilla. Hasta ese instante no caí en la cuenta de que aquel gesto podría haberle producido una reacción de espanto.

Al contrario, la niña se abrazó a la muñeca y no se asustó. Como decía al principio, no sé cómo explicarlo. Siempre se fracasa con las palabras. Sentí que la novela de Morrison seguía escribiéndose con la misma crudeza de una realidad latente que nos deja atónitos, pero también con la sorprendente aparición de la ternura, que es el único traje con el que a veces se viste la esperanza.