Azul y blanco y negro

Fco. Javier SANCHO MAS

Miércoles 2 de junio de 2021

Ese día, 30 de mayo, de 2018, salimos en grupo, con amigos y familia, a acompañar a las madres que habían perdido a sus hijos por culpa de la represión gubernamental. Nos unimos casi por la rotonda de la Centroamérica. Nunca vi en el país una concentración tan multitudinaria bajo una única bandera azul y blanco. No había colores de partidos ni de organizaciones ni de otros intereses o grupos. Solo el negro de luto que vestían las madres. Azul y blanco, y negro.

Por supuesto, oíamos las amenazas de que la marcha podía mancharse de sangre al llegar la noche, pero al ver ese ambiente esperanzador de frases nuevas, de ideas nuevas, de abrazos nuevos, quién iba a pensar o creer que eso pudiera suceder. El doctor Gustavo Porras había lanzado el mensaje a gritos de “tomarse las calles”, en cumplimiento de las órdenes de Murillo y Ortega. Un llamado que para fanáticos significa violencia. No pudieron ante la avalancha pacífica, azul y blanco de luto que inesperadamente inundó la Carretera a Masaya.

Quién iba a atreverse a disparar, desde posiciones elevadas con armas de gran calibre a esa cantidad de gente de conciencia libre. Pero se atrevieron. Solo puede disparar así quien no da un peso por la vida de los otros ni por la suya propia, sencillamente porque ninguna forma de vida tiene valor para él.

Cuando llegamos a la rotonda de Metrocentro, pensamos que era mejor salirse de la manifestación para no entrar en la zona más estrecha, frente al portón de la UCA. Un muchacho se subió por el mástil de la gran Bandera de Nicaragua de aquella rotonda y la dejó a media asta. Al poco tiempo, sonaron las primeras ráfagas. Nos aturdieron los parlantes de una camioneta que ampliaba en directo la señal de una estación de radio. Todo el mundo se tiró al suelo o buscó un hueco donde ocultar a los suyos.

Poco después, de noche ya, nos vimos dentro del predio de la Catedral donde se refugiaron cientos de personas, muchas venidas desde comunidades remotas. A un lado y otro pasaban vehículos que dispararon ráfagas sobre nuestras cabezas. Y otra vez nos tuvimos que tirar al suelo. Las ambulancias entraban y salían para llevar heridos a los hospitales.

En medio del caos, pudimos salir de allí. Pasamos junto a las instalaciones de la Policía de Plaza El Sol, justo cuando salían varias furgonetas repletas de antimotines, que todavía no habían acabado de ponerse el uniforme. Llevaban el miedo en la cara. Y eso los hacía aún más peligrosos. No hicimos ningún gesto que lo justificara, pero uno de aquellos nos apuntó a la cabeza y pusimos nuestras manos en la nuca. Por fortuna, el vehículo siguió adelante y aquel antimotín decidió no disparar. Si lo hubiera hecho, estoy seguro que habría quedado impune. Fue su decisión. Quizá no quiso malgastar munición o quizá fue realmente una decisión de conciencia. No lo sabré. Pero aquel policía que durante un segundo (que fue un siglo) tuvo nuestras cabezas en la mira de su arma se ha quedado en esta memoria de uno de los días que no podrá olvidar el país.

Así que por mucho que las fuerzas del régimen se empeñen en inventar un relato que trastorne los hechos y la realidad, no podrán hacer olvidar que decenas de miles de personas estuvimos ahí, de pie, contra el suelo, o con las manos en la nuca.

El fracaso absoluto de un liderazgo es cuando no puede resolver los problemas si no es con el derramamiento de sangre. La pregunta para los policías y parapolicías que todavía dudan de aquello es si valió la pena. ¿Valió la pena matar a tantos jóvenes para que el régimen siguiera en el poder?

Mancharon de sangre el Día de las Madres, atacaron y profanaron iglesias, encarcelaron, asesinaron y mandaron al exilio a miles. No hay marcha atrás, aunque quieran normalizar el régimen con unas elecciones, como si no hubiera pasado nada. Presentarse a esas elecciones manchadas de sangre, también sería actuar como si no hubiera pasado nada.

La costurera de los pijamas azules

Gracias a la visita del grupo de eurodiputados la semana pasada a las prisiones, pudimos comprobar nuevamente la enorme dignidad que reside en los presos políticos por ejercer la libertad y los derechos más fundamentales.

Fue conmovedor ver en los ojos de jóvenes como Amaya Coppens la resistencia. Y también reencontrar a Lucía Pineda Ubau, nuestra “Chilindrina”, el rostro pálido, junto a compañeras, animando a resistir desde su cárcel. Y descubrir sin tapujos la enorme crueldad ejercida contra el periodista Miguel Mora para dejarle sin la luz del sol ni la luz eléctrica con la que leer una Biblia. Fue lo único que pidió el eurodiputado Ramón Jáuregui a la dirección del Chipote: “Luz y una Biblia para Miguel Mora”. ¿Habrá eso llenado de vergüenza o conmovido algún resorte de la lectora de la Biblia Rosario Murillo, y de quienes aún la siguen?

Otro eurodiputado, Javier Nart, volvió a encontrarse con viejos compañeros de guerrilla y reconoció que valió la pena jugarse la vida por un pueblo cuya reserva moral se transmite de generación en generación.

No vimos a Medardo, ni a Edwin Carache, ni al maratonista Alex Vanegas. No vimos a tantos que aún permanecen en la oscuridad de esta noche roja y negra que se va quebrando con el alba. De algunos, seguramente olvidaremos sus nombres y sus historias pasarán a contarse en familia. Pero habrá algo que nunca olvidaremos: cómo nuestras hermanas y hermanos de los pijamas azules siguen sosteniendo la sonrisa, como si recogieran las de aquellos que perdieron sus vidas y esperanzas, las de los golpeados y abusados o los que ya no tienen fuerza de abrir los labios. Entendimos el mensaje invencible de la sonrisa blanca sobre pijamas azules, colores de bandera de este país-revolución.

No sé quién cose y plancha los pijamas azules que llevan nuestras hermanas y hermanos presos. Sea quien sea, me gustaría pensar que los cose como caricias. El día de mañana, esos pijamas serán parte de un museo de la dignidad. Ni siquiera sé si son hombres o mujeres los encargados de coser esos pijamas.

Me atrevo a sospechar que son mujeres. Aún arrastramos demasiado machismo como para imaginarlo de otro modo. Mi propia madre también cosió mucho tiempo y sé del amor que hay detrás de ese oficio. Así que imagino a una mujer cosiendo de noche esos pijamas azules, y le encomiendo una aguja que no hiera, una plancha que no queme. Estoy seguro que algún día, usted, madre (si así me permite llamarle), también contará la historia de cómo los doblaba, recién lavados con olor a patio de primeras lluvias; de cómo los enviaba con cuidado. Hágalo con honor, madre, no se avergüence. Esos pijamas van a vestir la piel de la dignidad de un pueblo.

Publicado en La Prensa, versión digital