Ensayos de Toni Morrison – Efecto Doppler, Radio 3 por Fco. Javier Sancho Mas

El pasado jueves, 3 de septiembre hablamos en efecto Doppler, de radio 3, @efectodopplerR3 del último libro, editado en español, de Toni Morrison, La fuente de la autoestima, una recopilación de ensayos, artículos o discursos. La sección en la que colaboro con Esther Ferrero está dedicada a la literatura iberoamericana sin fronteras. Tanto sin fronteras que empezamos hablando de una vecina del norte, que nos dejó en 2019. Aquí el podcast del programa y también lo que escribí sobre ella en la obra Cien novelas para siempre del siglo XX.

Toni Morrison. The Bluest Eye (1970)

Las Cien Novelas Para Siempre. De Fco. Javier Sancho Mas

Ahora soy consciente del riesgo que corro en decirles lo que les voy a decir. No sé si acabaré arrepintiéndome de intentar explicar lo que no se puede explicar en una crítica literaria. Les pido tengan paciencia y sepan perdonar mis pocas luces para llegar al meollo. Y les pido la colaboración y el beneficio de no tomar en cuenta mis palabras al pie de la letra, sino lo que ellas, con mi torpeza, quieren decir.

Comenzaré por advertir que en esta novela se encuentra una de las escenas más impactantes que haya podido leer nunca, que es en la que se narra la violación de la niña protagonista por su propio padre. Como resultado, la niña queda embarazada y el final del bebé es previsible. Seguiré comentando que esa escena contiene elementos de violencia, desesperación, que son siempre parte de un hecho criminal como este, pero también de ternura. Y de una compasión que escapa a todo prejuicio que se forme en un tiempo y lugar diferentes a los que concurren cuando se produce el hecho tan imaginario como real.

El padre pasa de cuestionarse la culpabilidad por la infelicidad de su hija a tener deseos de violarla, sin hacerle “demasiado daño”, como si fueran compatibles la mezcla de lástima, furia, lujuria y ternura, un remolino que lo está volviendo loco. Así mismo, terminaré asegurando que, en esa escena, por extraño que parezca, encontré mi propio argumento para explicar esta vocación de compartir parte de la vida con la literatura, tanto al leer como al escribir. En ella se halla contenido el sentido de esta artesanía y oficio de palabras: si de algo sirve es precisamente para contar aquello que no se puede decir de otra manera.

Descubrí a Toni Morrison hará más de veinte años, cuando estaba en el culmen de su carrera literaria, después de que le hubieran otorgado el premio Nobel. La primera mujer afroamericana de Estados Unidos en obtenerlo. Leí entonces su primera novela y después, no dejé de volver a ella, como la fuente de toda su esencia.

Toni Morrison recogió y expandió la tradición, ambiente y evolución de la cultura negra norteamericana desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Y aunque nos dejó en 2019, quedó como un tótem de la literatura afroamericana para siempre. Habría que buscar muchos otros antecedentes que fueron glorias más efímeras, como el poeta Paul Laurence Dunbar, tal vez el primer escritor de color que se ganó la vida con la literatura, o contemporáneas como Maya Angelou.

Las bases de esa tradición literaria están en el dolor, en la herencia de la esclavitud y la opresión a la comunidad afro. Pero la voz para contarlo había estado principalmente en boca de blancos, como Harriet Beecher Stowe y su Cabaña del Tío Tom, o Mark Twain, por ejemplo, con Mark Twain o Huckleberry Finn, ambas causantes de controversias aún en nuestros días, pero de un valor indudable en cuanto a retrato vívido de la relación de los afroamericanos con el resto de la sociedad estadounidense de la segunda mitad del XIX.

Imagino que el Premio Nobel otorgado a nuestra escritora llevaba consigo más nombres: el de todos los autores de su país que habían puesta la imaginación y la voz para contar la epopeya negra de Norteamérica, trasladando al papel la expresión de un largo sufrimiento.

La Nobel Morrison tuvo el acierto de tocar la médula de los conflictos raciales (aunque ella rechazaba la categoría de “razas”, al solo existir una raza, la humana), que vuelven y se revuelven, como estamos viendo en estos días de la era Trump.

Morrison escribió sobre los resentimientos que quedan por las formas grotescas de relación entre las comunidades blanca y negra. Hoy, la comunidad latina ha superado en número a la comunidad afro nacida en Estados Unidos. Figuras literarias como Julia Álvarez han trazado ya un camino al que le queda mucho por asfaltar hasta llegar a la potencia de la literatura negra. Ambas comunidades, aun mirándose con recelo, comparten en gran medida la marginalización de muchos de sus vecindarios, los nombres de los soldados muertos en combate muy lejos del país, los nombres y números de los internos en las prisiones de EE.UU., o muchos de los caídos en las Torres Gemelas.

En las novelas de Morrison se despliega una cultura plagada de complejos, de risas, de lazos indisolubles, de pasiones, de pastores adornados con sus collares de oro macizo influenciando políticamente a la comunidad a través de la religión; veremos las supersticiones y las creencias mágicas heredadas de los ancestros del otro lado del Atlántico. Y algunos momentos nos olerán a realismo mágico (por esa sintonía que se estableció entre la literatura sureña, sobre todo Faulkner, y el latir de los García Márquez o Isabel Allende). En Beloved se sentirá algunos aires que recuerdan a la Casa de los espíritus.

Veremos en Morrison violencia, mucha violencia, que no ha dejado de acompañar a esta institucionalización de la marginalidad en que ha vivido esta otra cultura en EE.UUU. Pero lo que Morrison destaca y saca a la luz no es precisamente el conflicto anglosajón-afroamericano, sino los conflictos internos de su comunidad, la búsqueda desesperada de la identidad entre los mismos negros (“Hay que quitarse ese hombrecito blanco que te acompaña por encima del hombro”, solía decir).

Y es ahí, donde la obra de Morrison se convierte, paradójicamente, ya no en una representación de la cultura negra, sino que tiene un alcance mucho más amplio. Habla de todos nosotros y nosotras. Su escritura parece nacer de un vientre materno, repleto de historia. Morrison denuncia con la misma fuerza las cadenas foráneas y las propias. Y contiene en sus obras la justa ambigüedad, que es la característica común de las obras literarias que valen la pena. Sula; Beloved; Jazz; Paraíso, en todas estas novelas vamos a encontrar la misma raíz de una obra que no se puede reducir a una sola novela.

Yo creo que es en la primera, The bluest eye, donde Morrison expone con más frescura y naturalidad la sensación de incomprensión, de vacío, confusión, frustración, mutilación e inocencia de una humanidad que viene al mundo y es desechada desde el principio, sin ninguna explicación. Una humanidad que tiene que ponerse a caminar donde nadie le acepta. Esta humanidad está contenida en la pequeña Peccola, en su historia, en su familia rota, en sus vecinas: las tres inolvidables prostitutas que hacen las veces de maestras de vida un tanto peculiares.

En sus oraciones y deseos de tener ojos azules, para que así la gente la mirara, la quisiera, como a Shirley Temple, hemos estado todos algunas veces. Todos hemos sido Peccola. Es fácil verla ahí, en medio de la calle, en algún semáforo con la mirada perdida, bajo el vacío inmenso de un cielo que es el único lugar que queda al que dirigir la pregunta: ¿por qué vivir en un mundo que te rechaza sin razón lógica y aparente? ¿Por qué vivir para sufrir las deudas de un lugar y un tiempo anterior?

La voz narradora de Claudia, la niña que cuenta la historia de Peccola, dice que al no poder enfrentarse y entender el porqué de los hechos, es mejor buscar refugio en el cómo. Tal vez en el relato, en el proceso de contar, se encuentran algunas respuestas.

Cuando releía The Bluest Eye, yo estaba en Managua, ciudad en la que entonces vivía. Mi novia era residente en un hospital al que había llegado una niña que acababan de encontrar junto al lago. La habían violado. Quisieron los doctores hacer un regalo. Al preguntarle, expresó que su deseo era tener una muñeca con el mismo color de su pelo, “y que fuera nueva”, sin ninguna mancha o arruga en el vestido. Tenía siete años. Fui a comprarle la muñeca y a llevársela. Me incliné sobre la cama donde estaba para darle un beso en la mejilla. Hasta ese instante no caí en la cuenta de que aquel gesto podría haberle producido una reacción de espanto.

Al contrario, la niña se abrazó a la muñeca y no se asustó. Como decía al principio, no sé cómo explicarlo. Siempre se fracasa con las palabras. Sentí que la novela de Morrison seguía escribiéndose con la misma crudeza de una realidad latente que nos deja atónitos, pero también con la sorprendente aparición de la ternura, que es el único traje con el que a veces se viste la esperanza.